Nicolás Salmerón: la crisis permanente y la República
- Escrito por Nicolás Salmerón
- Publicado en Historalia
Recordamos un artículo de Nicolás Salmerón del verano de 1872 sobre la crisis permanente de España y la solución republicana:
“Años há que cuantas situaciones se constituyen en España, se reconocen por todos como transitorias; y, amagados á cada instante de muerte, no aciertan á realizar nada sólido ni definitivo, arrastrando una efímera existencia.
Y es que, fundados los gobiernos constitucionales en la libre manifestación de la opinión pública y en la decisiva influencia de esta en la dirección de la sociedad, no se ha acertado aun, en nuestra patria, ó mejor dicho, no se ha querido que esta suprema condición se cumpla.
En tales circunstancias, ¿qué otro estado es posible más que la crisis permanente? Puede una situación durar cuatro, cinco ó más años; pero llevando la crisis siempre consigo, cuanto más larga sea su existencia, tanto mayor es la impotencia á que se halla condenada. La cosa es bien sencilla, sin embargo, porque se necesita para vivir no hacer nada, no pensar nada contra la reacción, siempre poderosa; y no es dable tampoco en nuestro tiempo marchar contra la opinión sin que un gobierno peligre.
El mal es grave: las sociedades no pueden vivir por mucho tiempo en la incertidumbre y en el desasosiego que estas continuas alternativas y estos juegos con la opinión pública producen. ¿Pero cuál es el remedio?
Los partidos políticos parecen destinados en el régimen representativo á facilitar el progreso, formulando soluciones que puedan practicarse cuando, mediante la libre manifestación de las ideas, sean aceptadas por la sociedad y reconocidas como justas y convenientes. Condiciones se necesitan para ello.
Es indispensable que se respete el derecho de asociación, para que todos los ciudadanos puedan concurrir pacíficamente á la constitución de esas entidades que, representando un sistema de gobierno, lo ponen diariamente á la consideración del país, á fin de que los principios que proclamen vayan penetrando en su vida y la renueven sin cesar; que solo así puede cumplirse racionalmente el progreso.
Si los que dirigen los pueblos comprendieran la grandeza de la renovación providencial que bajo la mano de Dios se opera incesantemente, prestarían á ella su concurso, y la humanidad avanzaría por el camino de su perfeccionamiento como una sociedad de sabios, sin trastornos violentos ni sangrientas luchas.
La oposición necesaria en la vida se manifestaría libremente en tendencias distintas, pero no contradictorias; no lucharían la reacción y la revolución, creyendo todos en la ley eterna del progreso; no se haría de la opinión arma de gobierno, ni de la violencia escudo de la justicia, reconociendo todos la libertad y respetando todos el derecho.
Mas esto, que no pasa hoy de ser un noble presentimiento, y que pedirlo ahora y en nuestra patria seria caer en la utopía, sí no pueden los gobernantes realizarlo, deben sí proponérselo como fin de sus aspiraciones, como ideal de sus actos.
Allí, donde esto se reconoce, donde los gobiernos siguen esta saludable ley de conducta, las crisis que el movimiento social produce no ponen en peligro las instituciones existentes, ni alteran el orden, ni perjudican el progreso. Inglaterra y Bélgica ofrecen ejemplos de esta prudente y bienhechora política.
Pero donde como en España parecen los gobiernos destinados solo á reprimir el libre desenvolvimiento de las fuerzas individuales y sociales; donde, lejos de ser la encarnación de la sociedad, pretende el poder convertirse en señor arbitrario, no hay adelanto posible sin revolución.
La libertad amenazada constantemente por la reacción, el orden inseguro por la violación del derecho, tal es la situación deplorable k que condenan a los pueblos los poderes que se niegan con torpe resistencia á favorecer aquel movimiento providencial de renovación y perfeccionamiento. La crisis está en la entraña de estas instituciones, que se oponen á la ley del progreso.
Hubo un tiempo en que las sociedades la cumplían por instinto; en nuestros días se realiza con conciencia. Por eso se hacen responsables ante la humanidad los que, conociéndola, la niegan ó contrarían; por eso también, sobre la esfera de la estricta legalidad que modelara un antiguo orden de cosas, existe una legalidad más alta y respetable, la que constituyen las leyes racionales de la vida, la cual es violada por aquellos que, inmediatamente, pretenden impedir el cumplimiento de los fines humanos.
A los que nos llaman revolucionarios y de este apellido se valen para proscribirnos y condenar nuestras doctrinas, debiéramos preguntarles si han pensado alguna vez en lo que es y significa la revolución. Y de seguro que ellos, que sostienen y alimentan la crisis perpetua, donde todos los males se condenan, y todas las pasiones se combaten, y todas las ambiciones se despliegan, y todas las iras se desatan, y toda la corrupción se amontona, no sabrán qué decir, como no sea lo que en sus ojos ictéricos ven.
¿Qué es la revolución?
Un progreso que se realiza en la vida de la humanidad de una manera violenta, porque las pasiones humanas se oponen á la trasformación regular de las instituciones y de las creencias. Decid ahora cuál será el remedio de la crisis permanente que puede afligir á las sociedades.
La cuestión es grave, como el mal que debe extirparse.
Piensen fríamente nuestros republicanos en ella; y en vez de proscribir á los que dan generosamente la voz de alerta, á los que, uno y otro día, inspiran en la sociedad las ideas que han de regenerarla, aprendan que nuestra salvación está en el triunfo de la justicia, en la realización pacifica del progreso.
Si los gobiernos persisten en rechazar toda reforma liberal; si pretenden prevenir la revolución con medios represivos; si ciegos, desconocen la fuerza incontrastable de las ideas, entonces continuará la crisis, y no es fácil predecir la solución.
Recordad al menos los que tenéis al partido republicano por una plaga, que va á cumplir medio siglo que decia uno de los pontífices del doctrinarismo en Francia:—«La República corre á torrentes por la sociedad europea,» y la humanidad no retrocede, ni las ideas desaparecen hasta que han dado su legítimo fruto.
No olvidéis lo que en el seno de la Representación nacional habéis dicho alguna vez:—«El porvenir es de la República;» y ya que disponéis de lo presente, si queréis hacer una obra meritoria, preparad lo porvenir que resolverá vuestras crisis.”
La Ilustración republicana federal, número 23, 19 de julio de 1872.