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Los socialistas contra la guerra en 1932


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Guerra a la Guerra

“Trabajadores:

Sobre los pueblos, todavía sangrantes, vuelve a flotar el trágico fantasma de la guerra. Afloran de nuevo en el lenguaje internacional las viejas y tremendas palabras con las cuales se empuja a los hombres a la locura del asesinato colectivo. Mientras los representantes de las naciones le hacen ofrendas líricas a la Paz en Ginebra, los Gobiernos se preparan silenciosamente para la guerra. La hipocresía diplomática reanuda su juego de muertes, fríamente, en el secreto de las Embajadas. La técnica, instrumento que los hombres crearon para su bien, está nuevamente al servicio de la brutalidad. Trabajan aceleradamente las fábricas de armamentos. Otra vez, como antes de 1914, la desconfianza, el engaño mutuo, la irritación agresiva, el egoísmo nacionalista, son los factores morales que juegan papel más importante en la política del mundo.

El capitalismo internacional, cuyos intereses privados y antagónicos están cada día más en oposición con el interés general de los pueblos, está impulsando otra vez el galope de los cuatro jinetes del Apocalipsis. De Oriente a Occidente, desde Asia hasta el continente africano, se están atizando los odios en el rescoldo de la gran hoguera de 1914. De nada han servido el dolor de los años pasados, la terrible experiencia de los días bárbaros, ni las vidas sacrificadas miserablemente en los campos arrasados de Europa. La paz vuelve a estar en peligro. En Oriente es el imperialismo japonés quien la amenaza, haciendo presa en la carne doliente de China, pueblo mártir cuyas entrañas han ido desgarrando los apetitos de las grandes potencias; en Occidente, son el nacionalismo alemán y el fascismo italiano los que invitan al mundo, como diez y ocho años atrás, a la danza macabra de la guerra. Una política sin horizontes ideales, carente por ello de toda generosidad, entregada de lleno a la baja concupiscencia de un materialismo económico desenfrenado, trata de resucitar un pasado histórico cuyas consecuencias lloran aún las generaciones presentes. Sobre la conciencia universal, como si hubieran muerto en vano los catorce millones de hombres sacrificados en la guerra anterior, gravita ya, densa y asfixiante, la sombra de una nueva contienda guerrera.

Al clarinazo bélico del capitalismo ha de oponerse, antes de que la tragedia se consume, el clarín de llamada del proletaria' do mundial. Guerra a la guerra, que es la única guerra que pueden permitirse los trabajadores. Este mismo grito de alarma lo lanzaban hace poco tiempo, desde Suiza, la Internacional Obrera Socialista y la Federación Sindical Internacional. En cada país debe alcanzar esa consigna una misma y profunda resonancia. Contra la guerra futura, la ofensiva presente de los trabajadores, con cuyas vidas hacen cálculos los financieros del mundo en las columnas aritméticas de la Muerte. La vil literatura guerrera con la cual se ha cantado tantas veces el heroísmo militar y un patriotismo agresivo y bestial que sirve sólo para abogar la sensibilidad de los hombres, debe ser condenada implacablemente. La guerra no es heroísmo ni aventura gloriosa. Es hambre, desolación, dolor para todos, brutalidad ciega, asesinato legalizado...

¡Trabajadores españoles! No es España uno de los pueblos que están amenazados de guerra. Pero el interés de los trabajadores del mundo es el interés nuestro; el dolor de los camaradas de otros países es el dolor nuestro. Con ellos sufrimos y con ellos venceremos en las batallas del porvenir. La solidaridad internacional, el ideal socialista que propugnamos, hasta los preceptos de la Constitución republicana de nuestro país, nos obligan a tomar posición de primera línea en el frente contra la guerra. En los mítines, en los manifiestos, en toda nuestra propaganda oral o escrita, debe ocupar lugar preferente el tema de ofensiva contra la guerra. Sólo la hermandad espiritual de los pueblos puede evitarla. Preparémonos a ser soldados de la paz antes de que se nos empuje a ser soldados de la guerra. Y si algún día nos vemos precisados a echar mano a las armas, que sea no para combatir a camaradas que piensan como nosotros, ni para defender estúpidamente intereses privados contra los cuales venimos luchando, sino para acabar más pronto con un régimen social que, por razón de sus propias miserias, está agonizando.

Madrid, Agosto de 1932.

Por la Comisión Ejecutiva del Partido Socialista. — Remigio Cabello, Manuel Albar, Manuel Cordero, Anastasio de Gracia, Wenceslao Carrillo, Antonio Fabra Ribas, Francisco Azorín, A. Fernández Quer, Manuel Vigil.

Por la Comisión Ejecutiva de la Unión General de Trabajadores.—Manuel Cordero, Wenceslao Carrillo, Enrique Santiago, José Días Alor, Rafael Henche, Antonio Muñoz, Antonio Génova, Manuel Alonso Zapata, Fermín Olivares, Felipe Pretel.”

(Fuente: en el número especial de agosto de 1932 de El Socialista sobre la guerra).


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