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El sistema de partidos políticos norteamericanos hasta la guerra de secesión


Foto de archivo de Abraham Lincoln / Foto coloreada por El Obrero. Foto de archivo de Abraham Lincoln / Foto coloreada por El Obrero.

El sistema político que se diseñó en la Constitución de 1787 no supuso más que el comienzo de un proceso complejo y duro para asentarlo, perfeccionarlo y, sobre todo, ponerlo en práctica, cuestiones nada fáciles.

El régimen era presidencialista y no sólo por lo que estipulaba el texto constitucional sino por la propia voluntad de su primer presidente, George Washington. Esta opción pretendía crear un poder fuerte frente a las fuerzas disgregadoras de los Estados. El presidente tenía grandes competencias constitucionales, especialmente a través del derecho al veto sobre leyes aprobadas en el Congreso, pero también es cierto que el poder legislativo norteamericano conservaba mucho poder porque la mayor parte de las políticas y las decisiones que habría que tomar necesitaban siempre la ratificación de las dos cámaras.

En Estados Unidos se produjo uno de los capítulos más importantes de la historia de los sistemas políticos contemporáneos, el que tiene que ver con el nacimiento de los partidos políticos, organizaciones que pretendían estructurar y coordinar posicionamientos ideológicos, intereses y aspiraciones comunes ante los poderes de la nación. Es cierto que ya había partidos en Inglaterra –whigs y tories- pero será al otro lado del Atlántico donde se estructuren más claramente, sin olvidar la experiencia francesa de los clubes en la Revolución. Surgieron dos formaciones, el Partido Federal y el Partido Republicano. El Federal sufrió una crisis muy temprana, al surgir dos sectores, como tendremos ocasión de comprobar. Los republicanos, por su parte, eran defensores de la independencia de los Estados, frente al poder federal. A partir de los años veinte pasaría a denominarse Partido Demócrata. Los inicios de los partidos estuvieron marcados, como comprobamos, por crisis y titubeos, y eso obedece a que se trataría de organizaciones muy pragmáticas y no tanto teóricas. Así pues, se adaptan y cambian, por lo que no parece extraño que durante algún tiempo bajo una misma etiqueta política pudieran cobijarse programas distintos y hasta contradictorios. En este sentido, por ejemplo, los primeros republicanos no tendrían nada que ver con los republicanos de mediados del siglo XIX.

A finales del siglo XVIII los federalistas eran centralistas y los republicanos (los que luego serían los demócratas, como hemos visto) anticentralistas. Pero esta diferencia crucial no era la única, también les separaba la política económica a emprender después de los graves problemas que la guerra de independencia había provocado. Pero, además, el conflicto y las competencias o atribuciones de cada Estado habían generado un claro desbarajuste, como el de la existencia de distintas monedas, que tendría mucho que ver con el vertiginoso aumento de la inflación, además del déficit por los gastos militares. Hamilton, a la sazón secretario del Tesoro, propuso medidas centralizadoras como la creación de un Banco nacional, y la consolidación de la deuda de los Estados bajo la responsabilidad del Gobierno federal. El secretario de Estado, Jefferson, en cambio, no era partidario de estas medidas.

Por otro lado, los federalistas estaban desunidos por cuestiones políticas. Los hamiltonianos, entre los que estaría el propio Washington, mantienen posiciones conservadoras, de control oligárquico del sistema político, frente a los moderados, con Adams a la cabeza, que conectaban con el campesinado. Aunque el Partido dominase la escena política desde la independencia hasta 1800 estas tensiones económicas y políticas internas provocarían su declive y el triunfo de sus rivales.

En 1792, Jefferson había fundado el Partido Republicano. Frente a las posturas centralizadoras de los federalistas existía otra tendencia, muy pronunciada en los estados sureños, que defendía el poder de los Estados. Jefferson recogió estas aspiraciones y consiguió el apoyo de los pioneros del Oeste y los pequeños propietarios rurales frente a los grupos de poder económico del noroeste, que tenían en Hamilton a uno de sus principales valedores. El Partido Republicano obtiene en 1800 estos apoyos citados sino también los de los moderados federalistas enfrentados a Hamilton. Jefferson es elegido presidente. Los republicanos se asentaron en el poder durante un largo período gracias, además, a la desunión entre los federalistas, como hemos tenido oportunidad de comprobar, pero, también porque los republicanos llegaron a incorporar a sus políticas parte del programa de los federalistas.

El país entró en una fase de clara expansión hacia el oeste, incorporándose nuevos Estados, algo que se convirtió en un nuevo factor que afectó a los partidos políticos, que debían tener en cuenta la nueva situación. En este sentido, Jackson remodeló el Partido Republicano en un sentido democratizador, y lo transforma en el Partido Demócrata en 1829. El nuevo partido controlará la vida política norteamericana hasta 1860.

Por su parte, en 1856 se produjeron movimientos importantes en la Asamblea de Pittsburg y en la Convención Nacional de Filadelfia, donde nació el moderno Partido Republicano. Se trataba de una formación que recogía las aspiraciones de distintos grupos pero que tienen en común tres principios: nacionalismo, antiesclavismo y prohibicionismo. Sus bases se encontraban entre los empresarios e industriales del noroeste y los antiguos federalistas seguidores de Hamilton. Accedieron al poder supremo en 1861 con la victoria de Abraham Lincoln.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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