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El inicio de las Ragged Schools


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Las escuelas para pobres o Ragged Schools tuvieron en el zapatero John Pounds (1766-1839) su precursor, siendo el gran impulsor de las mismas el filántropo y predicador Thomas Guthrie (1803-1873).

Estas escuelas eran centros escolares para niños pobres que podían fácilmente caer en la delincuencia, y donde se enseñaban las nociones básicas de leer, escribir, las operaciones aritméticas, principios morales y religiosos, un hábito de trabajo y de vida que les pudiera ser útiles en la vida.

El adolescente Pounds sufrió un grave accidente al caer de un dique en su trabajo de carpintero de barcos. Eso le obligó a dejar este trabajo para dedicarse a otro con menos riesgo físico, el de zapatero.

Y en esta nueva ocupación comenzó a desarrollar su vena filantrópica, porque en Portsmouth, su ciudad natal y donde trabajaba, se dedicó a recoger a niños pobres y sin hogar, una verdadera legión en la época de la Revolución Industrial, en su taller para enseñarles lo básico, como hemos expresado al inicio de este artículo. Para atraerlos les ofrecía comida a base de patatas, el alimento que, como sabemos, salvó tantas vidas en el siglo XIX. Llegó a tener a la vez hasta cuarenta niños-alumnos.

El escocés Guthrie procedía de otro ámbito social y cultural. Fue un destacado predicador, ya que dejó pronto sus estudios de cirugía y anatomía por los de teología. Fue muy famoso como orador, y uno de los líderes de la Iglesia Libre de Escocia, además de un acusado defensor de la templanza. Pero, sin lugar a dudas, su gran papel en la Historia ha quedado vinculado a las escuelas que aquí reseñamos.

Estableció un claro plan de estudio básico, en la línea de lo que hemos expuesto, pero además había que alimentar a los muchachos, vestirlos, darles una formación técnica y, por supuesto, instrucción religiosa. En este sentido, la Biblia era la guía, pero también es cierto que Guthrie no fue un fanático ni un intransigente en materia religiosa. También estableció detalladamente el horario diario. La jornada comenzaba a las ocho de la mañana, y terminaba hacia las siete de la tarde.

En principio, todas estas normas podían hacer pensar en una rígida disciplina, pero Guthrie no era muy partidario del castigo corporal tan extendido en el sistema educativo británico. Creía más en la persuasión del docente frente a unos niños que venían de la calle o de familias con graves problemas de todo tipo. Y no sólo por bondad, sino porque, precisamente, al venir de esos ambientes tan duros el empleo de la violencia o las malas palabras no conseguía nada y era hasta contraproducente.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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