Talleyrand. La Venus suplicante. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
En los primeros tiempos de la unión de Charles-Maurice de Talleyrand Périgord con Catherine Noël Worlée, el primero, ante sus amigos, afirmaba que ella poseía “tres clases de dulzura”, que se manifestaban en su piel, su aliento y su carácter. Pero no pertenecía a su clase y nada tenía que ver con las aristócratas contagiadas por la Ilustración, que no hacía tanto tiempo giraban a su alrededor y, eran capaces de manifestar su opinión sobre Rousseau o Diderot, unas mujeres que, poco a poco, estaban regresando a París. Desde su parcialidad, Claire de Rémusat, buena amiga y confidente del antiguo abbé, nos recuerda en sus memorias que “aquella mujer hería constantemente a Talleyrand, con sus lugares comunes y salidas desafortunadas y, sus repentinos cambios de humor confundían su tranquilidad de espíritu”. Otras fuentes desmienten esos juicios tan negativos sobre la pobre Catherine, pero es difícil entrar en la polémica “por falta de pruebas”, al menos en mi caso.
Algunos se preguntarán con razón ¿cómo lidio Barras aquel espinoso episodio con los demás miembros del Directorio? Barras leyó la carta de Talleyrand a sus colegas del Directorio en una sesión secreta. La lectura desató un diluvio de injurias. Fue el jorobado La Révellière-Lépeaux el que gritó más, dirigiendo u sinfín de injurias contra el obispo y la Iglesia de Roma. La perversidad del culpable procedía de su educación eclesiástica. ¡Amar a una mujer rubia, bonita e inglesa! ¡Que indecencia! Luego tomó la palabra Philippe-Antoine Merlin de Douai. Empezó reprochando que un ministro de la República fuera a buscar una amante en Inglaterra. ¿Es que no había en Francia mujeres guapas? ¡En el fondo, la pretendida vinculación romántica, era política! ¡Talleyrand se había vendido a Inglaterra y Catherine Noël iba a ser el paquebote! Había que instruir muy en serio el “affaire”, porque afectaba directamente a un ministro y a la seguridad nacional
Jean-François Rewbell tronó a su vez: “¿Acaso no había suficientes putas en Francia?”. Solo François de Neufchâteau, reconocido masón y hombre conciliador, ministro del Interior y luego miembro del Directorio, entre septiembre de 1797 y mayo de 1798, al que Napoleón hizo “conde del Imperio”, osó invocar el respeto a la vida privada, que “era un santuario incluso en una república”. Su intervención logró rebajar la tensión que había dominado hasta entonces las discusiones y, Barras aprovechó la calma, para reenviar el asunto al ministro de Policía, para que lo concluyera según su buen criterio. Talleyrand permaneció donde estaba, pero con una piedra en el zapato, que no tardaría en empezar a dolerle. Faltaba un año para que Brumario lo cambiara todo, pero la piedra permaneció doce años en su zapato y acabó doliéndole mucho.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.