Sobre la formación de los partidos socialistas
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
¿Por qué había que crear partidos obreros o socialistas? La respuesta debemos buscarla en el pensamiento de Marx y de Engels que, en todo caso, evolucionó en el tiempo. También es cierto que ni Marx ni Engels definieron nunca de una forma sistemática una teoría del partido obrero. En el Manifiesto Comunista se hablaba de la clase obrera organizada como tal, como partido político, pero no parece que se definiera como una organización realmente articulada, sino asimilado al conjunto de la masa obrera. En 1865, Engels hablaba del partido como la parte más consciente de la clase, una especie de vanguardia, concepto que, como sabemos, luego le servirá a Lenin en su teoría sobre la revolución y su preparación.
El surgimiento de los partidos socialistas es uno de los fenómenos más importantes de la historia del movimiento obrero, y de la historia en general porque las clases trabajadores irrumpieron en el panorama político justo en el momento en el que parecía que la democracia podía modificar a los Estados liberales occidentales, y cuando entraban en crisis aquellos sistemas políticos más autoritarios y menos liberales de la Europa central y del este.
Los partidos socialistas surgirían, como hemos señalado, en aplicación de los principios marxistas sobre la importancia de la conquista del poder político. Nacieron con un evidente espíritu revolucionario para transformar la sociedad, pero terminaron adoptando una práctica política participativa en el juego político establecido y con un programa esencialmente reformista, aunque mantuvieran en lo teórico los principios revolucionarios.
Las experiencias de la Primera Internacional, la Comuna y, en cierta medida, de los movimientos cantonalistas en la España de la Primera República, podrían interpretarse, en principio, como favorables a la corriente anarquista o bakunista en el movimiento obrero internacional. Pero, fracasaron, y eso debe tenerse en cuenta para entender que la alternativa marxista pudiera comenzar a despegar en Europa.
En primer lugar, la disciplina de los marxistas ayudó de forma evidente para controlar el gobierno del internacionalismo. Además, esos fracasos aludidos, especialmente el de la Comuna, sirvieron para que los socialistas criticasen la supuesta falta de organización y disciplina del primer gobierno obrero de la historia, compuesto por una diversidad de corrientes en la izquierda, abogando por una mayor disciplina. Esa diversidad se relacionaría también con las constantes querellas y disputas en el seno del anarquismo. Para empeorar su situación los gobiernos ya en la década de los años setenta comenzar a desarrollar una intensa política represiva contra todo tipo de activismo anarquista.
Los marxistas optaron por una estrategia, tanto de unidad, como hemos indicado, como de serenidad con el fin, precisamente, de poner en marcha organizaciones estables. El socialismo marxista siempre consideró como un valor casi sagrado la formación, consolidación y protección de la organización, tanto de los sindicatos, como de los partidos. De ese modo, empezaron a formarse cuadros y estructuras que terminaron por desembocar en la formación de partidos y sindicatos a partir de la segunda mitad de la década de los setenta. Los partidos comenzaron siendo pequeños, con la excepción alemana, y hasta perseguidos, o surgieron en la clandestinidad, como es el caso español. Pero su disciplina sirvió para que se consolidasen y para crecer, con una estrategia propia frente a las fuerzas republicanas, radicales o progresistas, pero también frente a los anarquistas. En algunos países su crecimiento fue más potente que en otros, atendiendo a las distintas características socioeconómicas, es decir, según el grado de desarrollo económico en plena Segunda Revolución Industrial, y de la fuerza del anarquismo en cada país. Pero al comenzar el siglo XX los partidos socialistas constituían fuerzas políticas muy potentes en los países occidentales europeos.
Efectivamente, los partidos socialistas se convirtieron en agentes y elementos claves en muchos estados y sistemas políticos. Pero también es cierto que vivieron, y eso es casi paradigmático en el caso alemán, una tensión interna, o más bien una contradicción intrínseca. Por un lado, mantuvieron una ideología y unos objetivos claramente revolucionarios, es decir, de radical transformación del sistema capitalista, pero, por otra parte, renunciaron a la Revolución y a la violencia que solía acompañar a a misma, por la participación plena en las instituciones representativas de unos Estados liberales que, con distintos ritmos, se estaban democratizando, es decir, en los poderes locales, regionales y en los parlamentos nacionales. Los partidos socialistas terminaron por canalizar gran parte del descontento social, a través del juego político, lo que supuso un evidente proceso de integración social, al contrario de lo que propugnaba el movimiento obrero anarquista.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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