La Declaración Schuman
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
En estos tiempos de problemas en relación con la Unión Europea recordamos uno de los hechos más importantes que impulsó la integración en el continente, la Declaración Shuman.
Desde la recién creada República Federal Alemana, el can ciller Konrad Adenauer manifestó el descontento alemán por el agravio que suponía que ciertas zonas fueran apro vechadas de forma unilateral por los Aliados, especialmen te por Francia. Charles de Gaulle terminó por atender a esta demanda. En ese contexto, desde Francia se planteó la Declaración de Schumann, buscando también superar el marco franco−alemán, al abrirse la coordinación económica de la producción y distribución del carbón y del acero a otros Estados. Pero, no cabe duda, que Schumann tuvo que trabajar arduamente en su país como primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores, porque en Francia no todas las sensibilidades políticas estaban por la labor de dejar de ocupar o controlar las fundamentales zonas del Ruhr y el Sarre. En la Asamblea Nacional fran cesa los gaullistas, los más ultranacionalistas y hasta los comunistas se enfrentaron a los cambios que el ministro quería introducir en favor de una relación más estrecha y positiva con Alemania.
La Declaración que lleva su nombre, se hizo pública 9 de mayo de 1950, una fecha que fue elegida posteriormente para conmemorar el Día de Europa. El político francés afirmó que la paz mundial no se podía salvaguardar sin desarrollar unos esfuerzos equivalentes a los peligros que la amenazaban, es decir, estaba defendiendo un claro ejercicio de voluntad. La contribución que una Europa organizada podía aportar a la civilización era indispensable para que se desarrollaran relaciones pacífi cas. En la Declaración recordaba el acervo francés de dos décadas en esta idea, y que nosotros hemos confirmado en el estudio del período de entreguerras. Como Europa no se había organizado la guerra había estallado.
Era consciente de que la construcción de Europa debía hacerse con realizaciones concretas, y en ese sentido, Francia y Alemania tendrían una clara responsabilidad con junta en superar definitivamente su secular rivalidad por que la agrupación de las naciones exigía ese entendimiento.
Schumann anunciaba que el Gobierno francés proponía trabajar sobre lo que calificó de un punto limitado pero decisivo. Se proponía que se sometiera el conjunto de la producción franco−alemana de carbón y acero bajo una alta autoridad común, pero en una organización abierta a la participación de los demás países europeos.
La puesta en común de estas dos producciones garantiza ría en sí misma y casi de forma automática la creación de bases comunes de desarrollo económico, como una pri mera etapa para la construcción de la federación europea, modificando definitivamente del destino de tantas regiones que durante mucho tiempo se habían dedicado a la fabricación de armas de guerra, siendo ellas mismas víctimas de los propios conflictos.
La producción debía ser ofrecida a todo el mundo sin ninguna distinción con el fin de contribuir al aumento del nivel de vida y al progreso. Con sus medios propios Europa podría, en consecuencia, proseguir la realización de una de sus tareas esenciales, el desarrollo de África.
Schumann insistía mucho en que la fusión de intereses para la creación de una comunidad económica se estaba poniendo las bases o el fermento de una comunidad más amplia y más profunda entre países que se habían opuesto durante mucho tiempo y además de forma sangrienta.
Francia se comprometía a iniciar negociaciones sobre unas bases. En primer lugar, la misión encomendada a la Alta Autoridad común consistirá en garantizar, en el plazo más breve posible, la modernización de la producción y la mejora de su calidad, pero también el suministro, en iguales condiciones, del carbón y del acero en los merca dos francés y alemán, así como en el de los Estados que se fueran adhiriendo, del desarrollo de la exportación común al resto de países, y la equiparación y mejora de las condiciones de vida de los obreros de estas industrias, es decir, que no olvidaba la dimensión social de un acuerdo económico.
Para alcanzar estos objetivos a partir de las evidentes condiciones dispares de los países del acuerdo, había que plantear algunas disposiciones con carácter transitorio con el fin de poder aplicar un plan de producción y de inversiones, mecanismos de estabilidad de precios y la creación de un fondo de reconversión para facilitar una producción racional. Además, la circulación del carbón y del acero entre los países del acuerdo debía liberarse, es decir sin derechos de aduana. Schumann defendía también que con el tiempo y de forma progresiva había que plantear una serie de condiciones para que las cuestiones de producción y productividad se garantizasen de forma espontánea.
La organización no debía confundirse, bajo ningún concepto, con un cártel internacional que buscase explotar los mercados mediante prácticas restrictivas ni la búsque da de enormes beneficios, sino que se planteaba para la fusión de mercados y la expansión de la producción.
Todo lo expuesto debía ser fijado en un tratado firmado por los Estados. Con el fin de facilitar las negociaciones que precisasen las normas de aplicación se debía recurrir a un árbitro designado de común acuerdo, cuya misión consistiría en velar para que los acuerdos tomados se ajus tasen a los principios tomados, y en caso de desacuerdo que no pudiera superarse, plantear una solución.
La Alta Autoridad del tratado, y que tendría como misión el funcionamiento de todo el sistema, debía estar compuesta por personalidades independientes designadas sobre bases paritarias por parte de los Gobiernos de los Estados, y que después elegirían a un presidente de la misma. Las decisiones de esta Alta Autoridad tendrían efecto ejecutivo, aunque se garantizaban también las vías para posibles recursos contra sus decisiones, es decir, siempre se procedía a plantear mecanismos garantistas. En ese contexto, un representante de las Naciones Unidas ante la Alta Autoridad debía encargase de realizar, dos veces al año, un informe público ante la ONU sobre el funcionamiento del nuevo organismo, especialmente en relación con la salvaguardia de sus fines pacíficos. El sis tema garantizaría el régimen de propiedad de las empresas, y debía tener en cuenta las facultades otorgadas a la auto ridad internacional del Ruhr y las obligaciones de todo tipo impuestas a Alemania, mientras éstas subsistiesen.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.