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¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XXIX)


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Los vínculos de España con la literatura peruana no empezaron con Mario Vargas Llosa en los años sesenta. Ya a finales del siglo XIX encontramos un importante influjo peninsular entre los escritores del país inca. Así, el historiador Riva Agüero reconocía en Menéndez Pelayo a su “maestro predilecto”, pese a los puntos de vista antagónicos entre un anticlerical limeño y un católico a machamartillo como el santanderino. Este último era uno de los pocos expertos españoles en literatura hispanoamericana, junto a Juan Valera y Miguel de Unamuno, un intelectual apasionado y paradójico llamado a ejercer un magisterio aún más notable en el Nuevo Mundo, bien documentado en su epistolario.

Ricardo Palma, el literato peruano más célebre de su tiempo, llegó a viajar por la antigua metrópoli con motivo de la conmemoración del cuarto centenario del descubrimiento de América. El autor de Tradiciones peruanas era un hombre bien relacionado con los círculos más selectos de las letras y la política. Lo mismo trabó amistad con los emblemas más o menos recalcitrantes de la España oficial que con aquellos que ofrecían alternativas políticas y culturales. Pensamos, sobre todo, en sus contactos con Cataluña. Se transforma así en un observador privilegiado de la conflictiva dinámica centro-periferia, con una clara apuesta por el dinamismo industrial de Barcelona frente al símbolo del estancamiento en que se ha convertido Madrid.

Durante su estancia coincidió con otros escritores latinoamericanos que también representaban a sus países, caso de Rubén Darío, Zorrilla de San Martín o Juan Ferraz, con los que acudía los sábados por la noche a la tertulia de Juan Valera. Trató, por otra parte, con la flor y nata de las letras españolas, ya hablemos de dramaturgos como Tamayo y Baus, poetas como Campoamor o novelistas de renombre, caso del citado Valera o de Emilia Pardo Bazán.

Su visión de la España canovista es francamente positiva: le parece un país con más libertad política que el resto de Europa y que muchos estados hispanoamericanos. Prueba de ello sería la práctica, sin obstáculos, del derecho de asociación: todos los partidos podían defender sus ideas y contar con sus propios órganos de prensa. La gente se enfervorizaba con la política, aunque, por suerte, sin llegar a extremos violentos. Todo lo contrario de lo que ocurría en Perú: “Mañana es día de gran ajitación (sic) en toda España, pues se realizarán las elecciones de diputados. Solo que aquí no hay cabezas rotas como entre nosotros”.

En esos comicios parlamentarios, los de 1893, los republicanos se alzaron con la victoria en Madrid, en el mismo corazón de la monarquía, por 26.000 votos contra 22.000 de los candidatos gubernamentales. A Palma, el hecho le pareció tremendamente significativo. Con un exceso de optimismo, le escribió a su mujer que todo hacía suponer que España acabaría el año convertida en República.

El país real, de hecho, no parece muy identificado con la Corona. Su titular, en esos momentos, es un niño de endeble constitución, Alfonso XIII. Pero a sus súbditos, más que por su mala salud, se preocupaban por la grave cornada que acaba de recibir un matador de toros, el Espartero, célebre por su inaudito valor. Así lo anota Palma, sorprendido, para concluir que en España vale más ser torero que rey.

También resultan jugosos sus retratos de la élite política del momento. En sus Recuerdos de España traza semblanzas amables, llenas de elogios que rozan el incienso. Lo realmente jugoso, sin embargo, es su manera de introducir comentarios críticos, a veces contundentes, sin perder la elegancia, la ligereza y la socarronería que siempre fueron su distintivo como escritor. Así, aunque simpatiza con los republicanos, los dibuja como una olla de grillos, un caos imposible de entender. De ahí su debilidad, aunque considera que disfrutan de una mayoría social que no son capaces de aprovechar por su misma fragmentación. Unos pretenden llegar a la república a través de una revolución violenta, otros por evolución, aunque se produzca en un futuro lejano. Entre éstos últimos se cuenta Emilio Castelar, retratado por Palma con muchos claroscuros. El peruano viene a afirmar que es un político demasiado acomodaticio, cuyos principios no son precisamente de la solidez del peñón de Gibraltar. Su falta de coherencia se refleja en su actitud hacia Cuba, al defender a machamartillo el dominio hispano. Si se trata la isla, no tiene empacho en renunciar a las ideas democráticas que profesa en otros contextos, al dejar que la fidelidad a España prime por encima de cualquier otra consideración. Su liberalismo, por eso, no se distingue por su buena calidad.

Nos encontraríamos, en resumen, ante una figura de gran talento, sobre todo literario, capacitada para muchas cosas menos… para la política. Por más obsequioso que intenta ser Palma, su conclusión acaba por imponerse devastadora: Castelar no sería sino otra “ilustre calamidad” de las que abundan en España.

En los carlistas, en cambio, sí percibe la unidad tan escandalosamente ausente entre los republicanos. Tal vez por eso lleguen a triunfar, pese al sectarismo político que los distingue, sobre todo teniendo en cuenta la anarquía que reina entre sus rivales. No obstante, de su líder y pretendiente al trono, don Carlos, habla en términos positivos. Lo había conocido durante su visita a Lima, al recibirlo en la Biblioteca Nacional. Le pareció un hombre muy ilustrado que no respondía al clásico arquetipo del reaccionario. Todo lo contrario, ya que no estaba “lejos de transigir con muchas de las ideas modernas que la marcha progresiva de la humanidad ha impuesto”.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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