¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XVIII)
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Historalia
La gran virtud de los clásicos es que sus obras, pese al tiempo transcurrido, parecen escritas ayer. Eso también sucede con el catalán Jaime Balmes (1810-1848), un hombre al que muchas veces se ha identificado, erróneamente, con una mentalidad reaccionaria. No es así, por más que el franquismo intentara apropiarse de su pensamiento. En Los muchos callan y los pocos gritan (Rosamerón, 2023), una antología a cargo del filósofo y pedagogo Gregorio Luri, comprobamos la actualidad de un hombre que tuvo, entre otras virtudes, la de predicar concordia en un país quebrado por las guerras civiles. Podemos ublicarlo, por ello, dentro de la “tercera España”, por más que este concepto no se acuñara hasta muchos años después de su muerte.
Balmes se situaba dentro del espíritu de su época y aceptaba la democracia liberal. Comprendía que era un error obstinarse en vivir en el pasado porque la historia es, por definición, cambio. La misma tradición se originó, en su momento, a partir de una reforma. Lo que ayer fue positivo, hoy puede ser nefasto. De ahí que lo más sensato sea adaptarse a la modernidad. Las instituciones, por tanto, deben permanecer vigilantes para responder a las necesidades del presente. Un cambio a tiempo puede evitar un cataclismo.
Pero evolucionar no implica rechazar en bloque lo antiguo ni idolatrar la novedad por la novedad. Lo viejo y lo nuevo cuentan con facetas positivas y negativas. De lo que se trata es de distinguirlas y de quedarnos solo con lo que merece la pena.
Nos encontramos ante un filósofo que, en lugar de refugiarse en su torre de marfil, en la comodidad del mundo abstracto de las ideas, trata de exponer sus ideas de un modo claro para que las entienda el público general. Quiere influir en la vida pública y aportar unas gotas de sensatez, siempre desde la moderación, el respeto al adversario y los buenos argumentos. Aunque sus razonamientos pueden parecer, en ocasiones, contradictorios, lo que sucede es que nos encontramos ante un pragmático consciente de que la verdad y la mentira se diferencian por la dosis. ¿Es sano el escepticismo? Depende. En una proporción justa, nos ayuda a desconfiar de verdades absolutas que, vistas de cerca, pueden resultar cuestionables. En cambio, si abusamos de la duda hasta el punto de que cualquier certeza se vuelva imposible, caemos en una perfecta insensatez.
Balmes apuesta por una filosofía del sentido común. Acepta que la razón es necesaria, pero piensa que no siempre resulta imprescindible una demostración palpable para que aceptemos una afirmación. Se opone así a los vicios de cierto tipo de intelectuales, los que gustan de hacer castillos en el aire con la fuerza de su ingenio, más atentos a los sofismas que a la verdad.
Las convicciones de nuestro hombre eran profundamente monárquicas, sin renunciar por ello al sentido crítico, hasta el punto de que, en cierta ocasión, cansado de las indignidades de la Corona, reconoce que “es preciso tener muy arraigada la monarquía en las convicciones para que no caiga del corazón”. Contrario al viejo absolutismo, proclama que los reyes son para el pueblo y no el pueblo para los reyes.
Como filósofo, está profundamente interesado en el arte de gobernar. De ahí que advierta contra determinadas patologías políticas que encuentra especialmente inquietantes. Una de ellas, el militarismo. Considera que no se puede gobernar una nación como si fuera un cuartel. La represión, en la práctica, demuestra debilidad, no fuerza, puesto que no es a punta de bayoneta como se conquistan los corazones.
Su denuncia del autoritarismo alcanza una formidable intensidad, como cuando arremete contra los dirigentes que calumnian a los ciudadanos al atribuirles una irresistible tendencia al desorden. Para Balmes, este tipo de argumentos es propio de líderes incompetentes, más habituados de suscitar problemas que a resolverlos. Su confianza se dirige, sobre todo, al pueblo, que ha demostrado su cordura frente los desvaríos de sus gobernantes. Ese pueblo, como bien nos recuerda, es el de toda la nación. España no debe identificarse, en ningún caso, con Madrid.
El filósofo de Vic nos anima a ir a la sustancia de las cosas y no solo a su apariencia, para que no caigamos en la tentación de confundir la teoría con la realidad: “lo que no tiene más existencia que la puramente legal es una estatua inanimada”. No se trata, fijémonos bien, de despreciar la ley. Lo que sucede es que ella sola nunca será suficiente si detrás no hay un apoyo social que le insufle vida.
Liberal para los reaccionarios, reaccionario para los liberales, Balmes se arriesgo a exponer públicamente sus ideas en un momento en el que se necesitaban, más que nunca, voces que hablaran desde la serenidad. La suya es una apuesta por la razón y, a la vez, por los sentimientos. ¿Inconsecuencia, tal vez? No, solo lucidez, porque… ¿De qué nos sirve la lógica más aplastante si carecemos de fuerza y pasión para llevar a la práctica lo que nos dicta nuestra cabeza?
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.