El destino de los prisioneros de guerra soviéticos en la Segunda Guerra Mundial
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
La historia de los prisioneros de guerra no es muy conocida del público en general, pero constituye una cuestión de creciente interés por su dimensión humana que, a fin de cuentas, es la más importante cuando se estudia una guerra. En este artículo haremos algunas reflexiones sobre la situación de los prisioneros de guerra soviéticos en la Segunda Guerra Mundial, una de las más trágicas de un conflicto en el que es casi imposible hacer una escala de los horrores cometidos. ¿Y por qué es tan intensa esta historia? Creemos que por tres razones. En primer lugar, por el elevado número de prisioneros. En segundo lugar, por el durísimo trato que recibieron de Alemania, y por fin, por las represalias que sufrieron por parte de Stalin, posteriormente. Fueron víctimas de la guerra y de dos totalitarismos que no sintieron ningún respeto por la vida humana. Y sin olvidar la responsabilidad occidental en este martirio.
El rápido avance alemán desde que comenzó la invasión de la URSS provocó el derrumbe del ejército soviético en la segunda mitad del primer año de la contienda. Las cifras de muertos, heridos y desapariciones fueron escalofriantes. En relación con los prisioneros los números también fueron impresionantes, ya que se calcula que a finales de diciembre de 1941 más de tres millones de soldados estaban en manos de los alemanes. Sin lugar a dudas, este hecho desbordó al Alto Mando alemán. La situación empeoró cuando los alemanes constataron que, a pesar de sus victorias, la guerra se adivinaba mucho más larga de lo que se había estimado en un principio. Los soviéticos terminaron por plantear una férrea resistencia, como se demostró en Moscú, y el invierno añadió un factor clave en esta guerra. El número de prisioneros siguió creciendo, aunque no con la velocidad de 1941. Las fuentes alemanas hablan de un total de 5.160.000, mientras que las soviéticas elevan la cifra a 5.734.000. En todo caso, estaríamos hablando de más de cinco millones de personas.
Se calcula que un sesenta por ciento de los prisioneros soviéticos estuvo en campos de concentración en Alemania y Polonia. El cuarenta por ciento restante estuvo internado en campos en la Rusia conquistada. Los prisioneros soviéticos fueron los más duramente tratados por los alemanes, con una clara diferencia en relación a los prisioneros de los países occidentales. Recibían una escasa ración de comida, y fue habitual que muchos de los jefes de los campos de concentración prohibieran dar alimentos a los rusos hasta el límite de la muerte. Pero el calvario para un prisionero ruso no comenzaba en el campo de concentración, sino que empezaba en el mismo momento de su captura, ya que tenían que marchar a pie en interminables jornadas y no se les proporcionaba ningún tipo de sustento. Si no podían marchar al ritmo establecido eran fusilados de inmediato. Las condiciones climatológicas en invierno eran terribles y sin abrigo, alimentos, atención sanitaria, ni con unas mínimas condiciones higiénicas no era raro que murieran muchos.
Los prisioneros soviéticos padecieron el racismo de una forma clara por su condición de eslavos, solamente un peldaño por encima de la de los judíos, según la escala de “pueblos inferiores” diseñada por los nazis.
Regresando a las cifras, se piensa que unos dos millones de prisioneros soviéticos murieron entre junio de 1941 y mayo de 1945.
Por una serie de documentos desclasificados del Foreign Office, sabemos que Stalin exigió la repatriación forzosa de los prisioneros de guerra rusos que hubiera en los campos de concentración alemanes. No había ningún motivo humanitario en el dictador soviético cuando planteó esta cuestión. La venganza era el motivo de su exigencia a los aliados occidentales. Llevaba mucho tiempo considerando a los prisioneros como culpables de dos delitos. Unos lo serían por no haber luchado hasta la muerte frente al invasor nazi, y otros, los que terminaron por colaborar con los nazis, como fueron parte de los cosacos, habitantes del Cáucaso y militares destacados como el general Vlasov, eran considerados pura y llanamente traidores.
Al terminar la guerra, había unos dos millones de soviéticos que no querían regresar a su país frente a un millón, aproximadamente, que deseaban la repatriación voluntaria. Los primeros se llevaron una terrible sorpresa cuando comprobaron que los aliados occidentales habían aceptado la exigencia de Stalin de que todos los soviéticos deberían volver a la URSS. Fueron obligados a regresar en trenes destinados para este fin desde Europa o en barcos desde puertos ingleses. No fue raro el suicidio de muchos rusos porque sabían cuál iba a ser su destino. A finales de los años setenta, la prensa británica reconoció esta tragedia y la responsabilidad, especialmente de Gran Bretaña, en esta historia.
El diez por ciento de los dos millones de prisioneros de guerra que se habían negado a regresar fueron fusilados nada más poner un pie en la URSS. El resto terminó en campos de concentración y trabajo en Siberia.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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