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El Senado de los EE.UU. I


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Mucho antes de acceder a la Presidencia, John F. Kennedy publicó una obrita “Profiles in Courage” (Perfiles de valor o coraje) que ganó el Premio Pulitzer. En ella, además de sucintas biografías de políticos estadounidense, que habían demostrado un especial valor, en el desempeño de sus funciones, también historió los cambios que había ido sufriendo la institución del Senado, desde su fundación hasta los días en que él accedió al mismo.

En 1803 Washington no era más que un rústico pueblecito. En el aún no terminado Capitolio, se reunía el Senado de los EE.UU. que era ya muy diferente del que había ocupado hasta entonces, los escaños del viejo Ayuntamiento de Nueva York en 1789. Y más diferente todavía, del cuerpo originalmente planeado por los redactores de la Constitución de 1787.

Los llamados “padres fundadores”, no habrían podido imaginar que el servicio en el Senado, pudiera conceder una oportunidad al “valor político”, por el que algunos políticos pondrían en peligro o concluirían su carrera, al resistirse a la voluntad de sus electores. Pues para aquellos, su concepto del Senado, en contraste con la Cámara de Representantes, era el de un cuerpo que no estaría sujeto, a las presiones del electorado. Cada Estado, sin tener en cuenta su extensión o población, habría de tener el mismo número de senadores (dos), como si fueran embajadores de los gobiernos estatales soberanos, ante el Gobierno federal, y no representantes del electorado. Los senadores no habrían de ser reelegidos cada dos años – incluso Alexander Hamilton sugirió que el cargo fuera vitalicio – y se propuso un mandato de seis años, para aislarlos de la opinión pública.

Tampoco tendrían, los senadores, que ser elegidos por el voto popular. Fue a las legislaturas estatales, a las que se asignó esa tarea, pensando que ellas estaban más dotadas, para resistirse a las “locuras de las masas”. De esta manera, dijo el delegado John Dickinson en la Convención Constitucional, el Senado “estaría formado por las personalidades más distinguidas, por su rango en la vida y por la cuantía de sus bienes, y ofrecería tanta semejanza con la Cámara de los Lores británica, como fuera posible”.

Por otra parte, el Senado tenía que ser, no tanto un cuerpo legislativo como un consejo ejecutivo, aprobando designaciones y tratados, y aconsejando generalmente al Presidente, sin galerías publicas ni siquiera un diario de sus propias sesiones. Los prejuicios locales, decía Hamilton, habrían de ser olvidados en el recinto del Senado, ya que de otra forma sería simplemente, una repetición del Congreso continental.

Los primeros veintidós senadores de los Estados Unidos, al reunirse en Nueva York en 1789, parecieron, en principio, satisfacer las esperanzas de los redactores de la Constitución, particularmente en lo que respecta a su semejanza con la Cámara de los Lores. Constituido por una distinguida y brillante reunión, de eminentes y experimentados estadistas, el Senado, en comparación con la Cámara de Representantes, era en su conjunto mucho más pomposo y formal, sus salas mucho mejor presentadas, y sus miembros mucho más preocupados por la elegancia en el vestir y por el rango social.

Pues eso.

(Continuará)

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.