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2 de noviembre de 1917: la declaración Balfour


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La Declaración Balfour fue una carta enviada el 2 de noviembre de 1917 por el ministro de Relaciones Exteriores británico, Arthur Balfour, al barón Lionel W. Rothschild, un conocido líder de la comunidad judía en el Reino Unido. En ella, reconocía que era una declaración de apoyo a las aspiraciones de los judíos sionistas que había sido aprobada por el gobierno y le pedía que la comunicara a la federación sionista. Se veía favorablemente el establecimiento en Palestina de un Hogar Nacional para el pueblo judío y el gobierno usaría "sus mejores esfuerzos para facilitar el logro de este objetivo, quedando claramente entendido que no debe hacerse nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político que disfrutan los judíos en cualquier otro país". Esta última frase tenía por objetivo proteger los derechos civiles y religiosos de la mayoría de la población, los árabes palestinos.

Unos años antes, el gobierno británico había barajado la posibilidad de entregar un territorio en África para el mismo fin, teniendo en cuenta la persecución a la que se había sometido a las comunidades judías en algunos lugares, como el Imperio ruso. Sin embargo, las circunstancias habían cambiado tras el comienzo de la Primera Guerra Mundial en el verano de 1914. Alemania resistió con gran energía las ofensivas de británicos, franceses, italianos y rusos que se desarrollaron durante los siguientes tres años. En 1917, los alemanes estuvieron a punto de derrotar a los Aliados mediante la guerra submarina, lo cual provocó la entrada de los Estados Unidos, que tardaron en enviar tropas a Europa. Los británicos intentaron una ofensiva en agosto en el frente occidental pero fracasaron. La revolución rusa había provocado una situación favorable a los alemanes en el Este, por todo lo cual Londres buscó todo tipo de ayudas para derrotarles. En este contexto, se pensó que la declaración Balfour facilitaría al apoyo humano y económico de los judíos de Estados Unidos y del Imperio británico a sus esfuerzos para ganar la guerra. Además, Londres creyó que la influencia de los judíos en el nuevo régimen ruso podría facilitar el mantenimiento de la guerra en el frente europeo-oriental contra Alemania.

Tras la victoria de los Aliados en 1918, el Imperio Otomano fue destruido y Constantinopla fue la única capital de los países perdedores que fue ocupada por sus tropas. Se reconoció la independencia de nuevos estados árabes, mientras otras regiones del antiguo imperio era puestas bajo el mandato de la Sociedad de Naciones -precedente de las actuales Naciones Unidas- que las cedió, para que las prepararan para su futura independencia, a Francia y Gran Bretaña. De esa manera, Siria y El Líbano pasaron a administración francesa e Irak y Palestina a mandato británico. Esta última circunstancia fue considerada como uno de los esfuerzos para el logro de un Hogar Nacional judío, señalados en la declaración Balfour, que fue respaldada por 51 países en la Conferencia de San Remo en 1922.

Para los sionistas, la declaración Balfour fue considerada como la confirmación del apoyo de una gran potencia -el Imperio británico- que avalaba el desarrollo y el crecimiento judío en Palestina. Tras la Gran Guerra, unos 100.000 judíos se establecieron, poco a poco, en Palestina, comprando propiedades e instalando sus negocios, aunque era un proceso ya iniciado. Así, para los cerca de 40.000 judíos que entre 1880 y 1917 habían emigrado y adquirido tierras para construir asentamientos, la emisión de la declaración fue considerada una confirmación de que su elección ideológica y material de retornar a la tierra de sus antepasados era una acción justa.

Sin embargo, no todos los judíos eran sionistas. Algunos consideraban que sólo la llegada del Mesías legitimaría la existencia real de Israel, mientras otros creían en la igualdad de los judíos o en la emancipación en las naciones donde vivían, no en un hogar nacional para los judíos. Sin embargo, al no estar suficientemente organizados, sus ideas no se hicieron sentir a corto o largo plazo. Además, para la elite británica resultaba necesario asegurar a Palestina como un colchón geográfico para la presencia de Gran Bretaña en Egipto y la protección del Canal de Suez. De esta manera, los intereses de los sionistas y los británicos coincidieron para crear una simbiosis práctica y viable.

Para las familias árabes que gobernaban y controlaban Palestina durante el Imperio otomano, la situación creada a partir de 1919 les afectó negativamente. La administración británica no pareció asegurar su monopolio social y político en el mandato, por lo que intentaron boicotear la declaración. No obstante, los árabes de la región participaron en algunas juntas, comisiones, consejos consultivos e investigaciones que evaluaban temas de políticas públicas en Palestina. En otras palabras, en público, el liderazgo político árabe protestaba con franqueza y con frecuencia contra la presencia británica y la defensa de la idea de un hogar nacional judío, mientras en la vida cotidiana muchos árabes cooperaron con los británicos.

Sin embargo, el crecimiento de la población judía provocó, a finales de la década de 1930, una reacción negativa por parte de la población árabe que se sintió amenazada, por lo que los británicos respondieron a ello imponiendo restricciones a la inmigración judía. Tras la Segunda Guerra Mundial, y con el impacto del Holocausto realizado por los nazis, se produjo la partición del territorio palestino en dos Estados. De esta manera, para muchos historiadores la declaración Balfour tuvo dos consecuencias indirectas: la aparición de un Estado judío en 1947 -no de un Hogar judío- y un estado crónico de conflicto entre árabes y judíos en todo Oriente Medio.

 

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.