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El primer carlismo: algunas opiniones enterradas. IV


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Por otra parte, es interesante la opinión de la época, concretamente la del progresista George Villiers, embajador británico en Madrid, que se reunía frecuentemente con Álvarez Mendizábal, cuando en diciembre de 1835 escribía a uno de sus hermanos lo siguiente: «La mayoría de la gente es honesta, pero es carlista, odian lo que se llama gobierno Liberal, instituciones liberales, y hombres liberales [...] La gente se gobierna ella misma a través de algunas antiguas costumbres; tanto les hace la ley o los decretos reales [...] Todo lo que quieren es que el Intendente no les robe tanto, y que el alcalde no les moleste demasiado. Si esto se diera, la gente sería completamente feliz [...] Es un engaño suponer que el clero regular es detestable. Esto es verdad en las grandes ciudades, pero no lo es en el campo. Los monjes son los propietarios residentes, los caballeros del campo de España. Ellos alimentan, dan trabajo y consuelan a la gente; son, además, la aristocracia de los pobres». (Rodríguez, Concha, 1989, 29).1

Abundando en este tema, David Algarra transcribe un párrafo de Karl Marx de un artículo publicado el 21 de noviembre de 1854 haciendo referencia a un fragmento de la Guerra Civil en España, de Evaristo Fernández de San Miguel, que dice: «Ni la reducción de los diezmos a la mitad ni la venta de las fincas de los monasterios contribuyeron a mejorar la situación material de las clases agrícolas inferiores. La última medida, por el contrario, al poner la tierra de manos de los indulgentes frailes en manos de calculadoras capitalistas, empeoró la situación de los antiguos arrendatarios, debido a la elevación de las rentas, con lo que la superstición de esta numerosa clase, instigada ya por enajenación de los bienes de la Iglesia, obtuvo más pábulo por el impacto de los intereses materiales lesionados» (Algarra, 2015, 191)

Pero esto parece que no importaba demasiado a los revolucionarios burgueses, pues, como nos recuerda Pérez Garzón, «si en algo eran unánimes los liberales era precisamente en doblegar el poder eclesiástico y en ampliar la clase de propietarios a expensas de los dominios y posesiones clericales» (Pérez, 1997, 79). Porque, por otra parte, como nos recuerda José Maria Javierre, al fin y al cabo, como decía el cardenal Merry del Val «el liberalismo económico e intelectual manejó la miseria popular contra la Iglesia para no afrontar la cuestión socia» (Javierre, 1961, 390). Y es que, «el liberalismo progresista, con el corazón a la izquierda y el bolsillo a la derecha, inventó el anticlericalismo para evitar el corrimiento de las bases progresistas al socialismo» (Orella, 2015, 168).

Y volviendo a George Villiers, si este hacía aquella definición del clero regular, Pedro Rújula nos habla de la influencia del clero secular, porque, al estar situado «en los escalones más bajos de la jerarquía eclesiástica era un punto de referencia para la comunidad agraria en la que vivía. Por lo general no disfrutaba de elevadas rentas y su condición social bien podía equipararse a la de las clases populares». (Rújula, 1995, 355-356). Porque es evidente que los carlistas, pero más aún, y antes que ellos, «las partidas realistas contaron con la presencia abrumadora de clérigos no sólo como capellanes, sino como cabecillas y guerrilleros activos» (Pérez, 1997, 76). Al igual que anteriormente lo habían sido durante la Guerra de la Independencia.

Refiriéndose a los voluntarios realistas, a quienes el catedrático Josep Fontana considera ya como carlistas, escribe que, según los embajadores franceses «los voluntarios eran más revolucionarios potencialmente, que las viejas milicias del constitucionalismo, que, al fin y al cabo, estaban integradas por hombres medianamente acomodados y no por “proletarios”, como lo eran buena parte los voluntarios: marginados de las grandes transformaciones económicas del tiempo, artesanos sin trabajo debido a la competencia de la industria moderna, pobres urbanos […] y en cierta medida campesinos arruinados por la crisis» (Fontana, 1993, 117-118). O tal y como nos recuerda también Pérez Garzón, «la revolución burguesa antifeudal significó desvinculación de la tierra y de la producción gremial, con la consiguiente proletarización de la fuerza de trabajo» (Pérez, 1982, 72). Y en otro lugar recuerda que los realistas con «semejante agitación insurreccional —extendida por una amplia geografía— se puede valorar como una auténtica jacquerie anticonstitucional, no sólo contra la desposesión de bienes, que afectaba tanto a los frailes como a los propios campesinos sometidos a nuevos propietarios, sino también contra las costumbres y valores que suponía el carácter burgués del régimen. Por otra parte, en esta insurrección campesina también tuvieron cabida aspectos antifeudales para cuya abolición, sin embargo, no vislumbraron el apoyo eficaz de unos liberales más obsesionados con acceder a los flamantes bienes nacionales que al mejorar la condición secularmente subordinada del campesinado, salvo excepciones de una minoría liberal». Y si se dice esto refiriéndose a la revuelta realista, al hablar sobre la posterior revuelta carlista dirá que «las partidas guerrilleras (de latro-facciosos las calificaba significativamente la prensa liberal) se extendían por toda la península. Se trataba de una insurrección campesina tan antiliberal como antifeuda1, de mayor envergadura que la de 1822, con la cuestión señorial de trasfondo y espoleada por el empobrecimiento y miseria que se recrudecían con la sequía de estos meses y por una epidemia persistente de cólera. Por otra parte, afluían a las ciudades las denominadas oficialmente clases menesterosas, objeto tanto de temor social como de atención política con programas de obras públicas y de beneficencia, medidas insuficientes, sin embargo, para desterrar el desasosiego y la exasperación social». (Pérez, 1997, 76, 90).

Pero hay más, muchos de los voluntarios carlistas, campesinos pobres, habían sido víctimas de las desamortizaciones de las cuales no sacaron provecho alguno. Y es que las desamortizaciones liberales desde finales del siglo XVIII hasta las del siglo XIX fueron un gran negocio tanto para las clases acomodadas como para la aristocracia. Porque las tierras que antes administraba la aristocracia, fueron desvinculadas pero no expropiadas. Por eso quizás fuera la nobleza terrateniente la que más se benefició de la desamortización, pues, a cambio de unos derechos señoriales que a menudo eran puramente simbólicos, ganó la propiedad plena de las tierras. La idea inicial era la incautación por parte del Estado de bienes raíces que eran de la Iglesia y de los municipios o bienes comunales. Estos bienes incautados o «nacionalizados», fueron después vendidos en pública subasta. Pero el campesinado pobre, que en parte vivía de aquellos bienes, no podía participar en las subastas por falta de capital y por eso las propiedades desamortizadas fueron a parar a los poderosos que los convirtieron en bienes particulares arrojando a buena parte de los campesinos en paro o formar parte del proletariado. Por tanto, tal y como dice el catedrático de economía Gabriel Tortella, «las víctimas de la desamortización fueron la Iglesia, los municipios, y los campesinos pobres y proletarios agrícolas. Los primeros, por razones obvias. Los segundos porque muchos de ellos habían venido beneficiándose de la propiedad Eclesiástica o comunal (ya fuera en forma de caridad, de aprovechamiento de pastos y montes, de buenos términos de arrendamiento, etc.). En ellos se ha visto el origen de las rebeliones campesinas de signo carlista o anarquista que se repiten a lo largo del siglo». (Tortella, 1993, 37).

1Manuel Rodríguez Alonso hace una traducción diferente pero que viene a decir lo mismo (Rodríguez Alonso, 1985, 58).

Josep Miralles Climent. Licenciado en Geografia e Historia por la UNED. Doctor en Historia (UJI). Autor de numerosos artículos y libros de historia del carlismo, entre los que podríamos destacar:

Los heterodoxos de la Causa, Huerga y Fierro editores, Madrid 2001, 160 pp.

El carlismo frente al Estado español: rebelión, cultura y lucha política, BPC, Madrid 2004.

Estudiantes y obreros carlistas durante la dictadura franquista. La A.E.T., el M.O.T. y la F.O.S., Ediciones Arcos, Madrid 2007.

Carlismo y represión franquista. Tres estudios sobre la guerra civil y la posguerra, Arcos, Madrid 2009.

El carlismo militante (1965-1980). Del tradicionalisme al socialismo autogestionario. Tesis doctoral, UJI, 2015.

Montejurra 1976-2016. 40 años después. Ediciones Arcos, Madrid, 2016.

La rebeldía carlista. Memoria de una represión silenciada. Enfrentamientos, marginación y persecución durante la primera mitad del régimen franquista (1936-1975), Schedas, Madrid, 2018.


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