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Mariana de la Cueva y Benavides, la pintora del Barroco con una historia que contar


  • Escrito por Ana María Gómez Román
  • Publicado en Historalia
(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)
‘San Jerónimo en el desierto’, de Mariana de la Cueva. 1672. Foto: Adrián Contreras. Hermandad de la Caridad y del Refugio, Granada, Author provided ‘San Jerónimo en el desierto’, de Mariana de la Cueva. 1672. Foto: Adrián Contreras. Hermandad de la Caridad y del Refugio, Granada, Author provided

Mariana de la Cueva y Benavides nació en Guadix (Granada) en febrero de 1623 en el seno del matrimonio conformado por Pedro de la Cueva y Benavides y Carvajal y Juana María de Barradas Figueroa y Villarroel. Se habían desposado un año antes y solo tuvieron dos hijas: nuestra artista y Catalina, quien posteriormente abrazaría el celibato como monja en el monasterio de las clarisas de Santiago de dicha localidad.

Sin embargo, aunque la vida familiar de Mariana parecía transcurrir plácidamente, hubo un suceso que marcó tanto su infancia como su adolescencia y que sería uno de los principales motivos para tener que abandonar la ciudad que la había visto nacer.

El incidente al que nos referimos fue la muerte el 5 de octubre de 1635, y en extrañas circunstancias, de su progenitor. Este hecho supondría que su madre se retirase junto con sus hijas al monasterio de Santiago de Guadix.

Lo hacía porque Pedro de la Cueva había dejado establecido en sus últimas voluntades que, en base a las bulas que permitían el ingreso de seglares en este tipo de recintos y por el mucho “amor que tenía hacia su mujer”, debían permanecer allí hasta que sus hijas tuvieran la edad de tomar estado.

En consecuencia, Juana de Barradas, acompañada de Mariana, Catalina y su fiel esclava Jacinta, ingresaba como seglar a los cinco días de la pérdida de su esposo, el 9 de octubre de 1635. De todo ello, y tal como era preceptivo, tuvo conocimiento el cabildo de la catedral accitana.

Una muerte que lo cambia todo

No obstante, la realidad de todo el asunto era bien distinta. La noticia relativa a que la muerte de Pedro de la Cueva se había producido en circunstancias singulares había llegado a oídos de la Chancillería granadina.

Esta decidió enviar a la ciudad accitana al juez oidor Pedro Ordóñez de la Real para que hiciera todas las averiguaciones al respecto. Sus arduas pesquisas le llevaron hasta las autoras materiales del crimen: la madre de Mariana y su esclava Jacinta. Las dos fueron acusadas de haber envenenado al hombre mediante hechizos.

Monasterio de clarisas franciscanas e iglesia parroquial de Santiago, Guadix (Granada). Ana Gómez Román, Author provided

Por consiguiente, el 26 de julio de 1636 Ordóñez se presentó ante las puertas del recinto claustral acompañado de un nutrido grupo de testigos para proceder con la detención de las culpables. Sin embargo, con esta acción lo que se generó fue un gran escándalo en Guadix. Las religiosas se negaron a recibirle y Ordóñez se vio obligado a “romper las puertas” del edificio claustral para llevar a cabo su cometido.

Finalmente, la solución fue desterrar a Juana de Barradas de la ciudad, quedando sus hijas al cuidado de las expresadas religiosas.

Matrimonio, Granada, y su reconocimiento como pintora

Cuando Mariana entró en edad casamentera, y dada su condición de primogénita, su abuelo le buscó un pretendiente acorde a su estatus. De esta manera, contrajo nupcias por poderes en 1639 con el granadino Pedro de Ostos de Zayas y Torres y Torres y Arias de Mansilla, quien había sido nombrado caballero de Calatrava ese mismo año.

La artista iniciaba así una nueva vida en la ciudad nazarí, alejada de cualquier señalamiento social vinculado a los tristes episodios anteriormente narrados. Llegaba con la confianza que le reportaba el que su flamante marido fuera dueño de varias propiedades urbanas. Entre estas se encontraba la solariega casa familiar de los Ostos, hoy conocida como Palacio de los Olvidados, emplazada en la albaicinera cuesta de Santa Inés.

Un hombre vestido de fraile se arrodilla y medita.

San Francisco arrodillado en meditación, de Mariana de la Cueva y Barradas. Museo Nacional del Prado

En cuanto a su faceta como pintora, desconocemos con quien realizó su formación. No se descarta que recibiera sus primeras nociones artísticas en clausura, aunque fue en Granada donde pudo practicar la pintura plenamente. En todo caso, su propia vida y los trágicos sucesos que motivaron su ingreso en el monasterio de Santiago fueron los condicionantes que marcaron las líneas generales de la temática de sus lienzos y el hecho de que se decantara por la pintura devocional, es decir, aquella relacionada con imágenes religiosas.

Aunque la calidad de sus cuadros es desigual, no deja de sorprender el recurso que hizo de las fuentes grabadas con la idea de reforzar el carácter piadoso de los mismos. Para ello tuvo como referentes más directos a pintores de la talla de El Greco o José de Ribera, convirtiéndose de esta manera en una diestra copista.

Dentro de su producción artística la primera obra suya que hasta ahora tenemos datada es el óleo de Cristo a la columna (Monasterio de carmelitas calzadas, Granada, 1656). La segunda sería el cuadro que en 2017 adquirió el Museo Nacional del Prado, San Francisco arrodillado en meditación (1664?).

A las obras anteriores deberíamos sumarles los seis cuadros que pintó en 1672 para la Hermandad de la Caridad y del Refugio de Granada, una asociación de piadosos caballeros de la que había formado parte su marido y que regentaba un hospital de mujeres. Estos lienzos, que tenían en origen como destino la iglesia de dicho recinto asistencial, son: La lamentación sobre Cristo muerto, San Francisco de Asís, San Francisco de Paula, San Juan Bautista en el desierto, Liberación de San Pedro y San Jerónimo en el desierto.

Liberación de San Pedro, de Mariana de la Cueva. 1672. Foto: Adrián Contreras. Hermandad de la Caridad y del Refugio, Granada., Author provided

La vida de Mariana de la Cueva y Benavides se apagó el 16 de septiembre de 1688 en la ciudad que la había acogido. Fallecía viuda y sin sucesión. Recibió sepultura, siguiendo su voluntad, en el monasterio de la Santísima Encarnación de monjas del Carmen Calzadas.

Su estela como artista sería recuperada en el siglo XVIII por el pintor y tratadista cordobés Ascisclo Antonio Palomino a través de las páginas de su Museo Pictórico y Escala óptica: “fue excelente pintora en Granada”. Y con ese mismo interés que dicho autor tuvo en su día hacia esta pintora hemos querido recuperar su figura en el IV centenario de su nacimiento.The Conversation

Ana María Gómez Román, Profesora de Historia del Arte, Universidad de Granada

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

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