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Casandra, tú y yo


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Hablar con mi propia voz: lo máximo. No quise más, ninguna otra cosa»

Casandra, 1983, Christa Wolf

Casandra parte del mito griego de la hija del rey troyano Príamo, que rechazó nada más ni nada menos que a Apolo (la testosterona elevada a la máxima potencia) y este, en venganza, deshizo el don concedido de la profecía para que, dijera lo que dijera, nunca fuera creída. Además, era mujer en una sociedad dominada por el patriarcado contumaz, así que para qué creerla. Casandra, condenada al ostracismo profético, siempre entre mujeres fuertes, incluso la que sabe que le dará la muerte. Tragedia griega clásica, pero revisada.

Christa Wolf es alemana y vive el difícil periodo de la guerra fría y la separación del país y sabe que las mujeres siempre son y han sido parte del botín de guerra, poco más. Pero también sabe que las mujeres son necesarias para levantarse en contra de las armas, que aunque se dude de la existencia de Helena en Troya, o aunque Casandra predique en el desierto, sus voces son semillas, y que la gloria del guerrero y los cantos eternos de Homero, y sobre todo Esquilo, (Agamenón) del que parte Wolf para su novela sobre esta heroína trágica, representa a tantas mujeres silentes que, a pesar de todo, siguen conservando sus afectos y su fuerza creadora. En un largo e intimista monólogo interior en primera persona, Casandra-Christa va desgranando su pasado sin futuro. Asume y encarna el peso de ser testigo sin voz de la historia común de las mujeres arrastradas y humilladas, esclavizadas y violadas, sabedoras de verdades que no les libraron de la destrucción. Christa construye desde estos oscuros cimientos una historia que analiza y advierte de los falsos ideales heroicos, de la guerra y de la carga añadida sobre las mujeres. Pero ante todo, es la novela sobre el poder de la palabra. Una palabra mantenida contra viento y marea que será cárcel y desgracia por atreverse a decir y mantener la verdad. La Casandra apartada, tenida por loca, va hacia su propia y anunciada muerte con ese fatalismo tan griego y europeo del qué le vamos a hacer. Pero también existe férrea la voluntad de no callar, de decir la verdad al viento aunque este se lleve las palabras. Porque no se debe silenciar lo incómodo, seamos conscientes de ello. Y miremos a qué nos sigue abocando hacerlo, sepamos discernir y mantener la memoria, aunque no nos guste, para poder cambiar las cosas.

Ahora se nos pide ser testigos lúcidos, y no volver a relegarnos, para cumplir un destino que nos vaya devolviendo a la res publica de una Europa con tintes de tragedia clásica, con armas de plumas lúcidas que den poder al razonamiento de mujeres con voz propia y que se atreven a decir que no. O que sí.

Mujeres que vivieron las guerras de todos los siglos y que nos avisan, con su voz sabia y afónica de tanto gritar, de la que se nos avecina, mientras seguimos actuando como si las casandras fueran lunáticas de atar. Casandra es, también, un grito femenino, el aviso claro a la rebelión contra el autoritarismo, y un ejemplo de ejercicio de la virtud de la paciencia, de la que ya no andamos muy sobradas.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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