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Isidro a la madrileña: pradera, milagros y más santos


La pradera de San Isidro de Francisco de Goya. / Wikipedia. La pradera de San Isidro de Francisco de Goya. / Wikipedia.

Hace tiempo alguien me dijo que Isidro era el más vago de todo el elenco santoral; y que le habían otorgado el patronazgo de la capital de nuestro país por dormirse en los laureles; a mí me dejó mosca esa rotunda afirmación. Luego, revisando vida, obra y milagros de algunos compañeros suyos, observé que muchos de ellos no tuvieron vidas edificantes ni ejemplares, condición que parece necesaria para ser elevado a los altares, sino que después de una trayectoria vital muy azarosa, se caen del caballo y ven la luz al final del túnel; y de ahí al nimbo coronado todo es un fluir.

El 15 de mayo, feriado en Madrid, entre otros muchos lugares, honramos a este santo que ha pasado a la historia por su pereza. Me imagino a Goya pintando su pradera luminosa y tenebrosa, recorriéndola entre sombrillas y parasoles, frufrús y juegos inocentes, sin distancia de seguridad en el aquel entonces, todos arracimados y bebiendo agua milagrosa del manantial afamado por tan mágico elixir.

Creo que se escucha el cacharrilleo del organillo, como si de una voz atiplada e impostada se tratara, metálica y estridente, melodiando los chotises sin que haya espacio para que corra el aire entre los danzantes: en la ermita del santo.

Cuentan que Isidro antes de apodarse san, era labrador y casóse con su “santa”, la suya, María; de esta manera el maridaje adquiría alianza de suma perfección.

Ella nunca encontró la olla vacía, sino que entre rezos e idas y venidas del esposo a la heredad para trabajarla, aunque fuera con retraso, siempre rezumaba cocido y potaje para dar y tomar a cuantos se reunieran a la mesa. Y daba igual que fuera invierno nevado o primavera resplandeciente, su santo no cejaba en el empeño: compartía y compartía grano y molienda, con pajarillos, mendigos o gentes que se le acercaban, y parecía que la saca no tenía fondo y se reproducía el alimento como las setas en el campo: por generación espontánea.

Yo nunca me he vestido de chulapa. No sé cómo luciría con un clavel reventón incrustado en la testa y amojamada o ajamonada en un traje tan lleno de costuras que me iba a deshacer las mías, pero sí es cierto que resulta pintoresco y teatrero eso de subirse encima de una baldosa o de un ladrillo como dicen los castizos para menear los pies sin que se muevan y se descalabre el esqueleto humano.

Este buen Isidro se dedicaba a ser una Ong ambulante desatendiendo sus quehaceres labriegos pues parece que tenía emisarios celestiales que se ocupaban de tal misión: hordas de ángeles araban las hectáreas que le correspondían a él mientras repartía su salario (¿o era jornal por aquel entonces?) entre los más desfavorecidos.

Hermano cofrade siempre obraba el milagro de la comida infinita; fácil suponer que en aquella sociedad gastronómica estaban ahítos de manjares y cansados de esperar al orante santo saciaban su hambre a sabiendas de que luego habría más: comida, claro.

¿Cómo no iba a caer rendido? Se le atribuyen casi 500 milagros.

Le va que ni pintiparado este mes de mayo tan lleno de fiesta, flores, primavera, jolgorio callejero…desde las Vistillas, a la Plaza Mayor, parques y calles del Madrid de toda la vida, el de Goya y el de otros tantos pintores, se llena de conciertos, música y rosquillas. Hoy se han ampliado los perímetros por eso de facilitar engorrosos encontronazos y andamos celebrando un año más los isidros.

Algunos decidimos “mirar los santos” como decía mi madre, en los libros y en los periódicos: esas estampas gráficas que remontan la imaginación a otros tiempos y a otros lares.

Ya vendrán más santos, ya: Cayetano, Lorenzo y Paloma…esto es un no parar.

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