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Del asesinato considerado como una de las bellas artes al coronavirus


«Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente»

Del asesinato considerado como una de las bellas artes, Thomas de Quincey

Y esto lo dice un autor hace casi 200 años. Hoy, estaría en la cárcel. Por varios motivos, pero fundamentalmente por la incapacidad actual de considerar que el texto sea una retórica irónica y una reflexión moral desde el punto de vista teórico del asesino. Pero qué se puede esperar del autor de Confesiones de un inglés comedor de opio…por culpa del dolor de muelas y la neuralgia crónica. Lo dicho, hoy Thomas de Quincey, el gran clasicista amigo de los mejores románticos ingleses, y muy admirado por el gran Borges, estaría en la trena disfrutando de su facultad para soñar espléndidamente a la manera de su Suspiria de profundis. Bueno, en realidad sí estuvo preso, pero por otros motivos más prosaicos, sus deudas siderales.

En nuestro mundo aséptico y aureado por una censura sutil no escrita pero virulenta como pocas, no podemos disfrutar de esta obra de literatura provocativa, afectiva, poderosa y destinada a provocar emociones encontradas en el lector, sin que inmediatamente surjan talibanes del pensamiento, eso contando con que leyeran la obra y no se quedaran en el título, cosa que me temo. Tomo esta obra como ejemplo de reflexión (a la vista del mundo en el que estamos) en la cual la gran cuestión es plantearse la teoría de cómo se puede justificar estéticamente algo moralmente condenable como es el homicidio, sabiendo y aceptando que no es algo ajeno, pues nadie está eximido de sufrir un impulso violento, y algo fundamental: que este texto es un ejercicio narrativo de ironía inglesa. Tampoco es necesario asumirlo en términos reales para darnos cuenta de lo muy asesinaditos que ya estamos, que ya nos lo adelantaban Miguel Mihura y Álvaro de Laiglesia.

Tras un civilizado siglo XX plagado de horrores, guerras y exterminios, sabemos que lo que de verdad da miedo no es la literatura sobrenatural de ficción, sino de lo que es capaz el ser lo humano en la práctica: de lo mejor y de lo peor. Y que en la era COVID-19 tenemos muchos delitos, nada teóricos y sin arte, como los que se han saltado las reglas para vacunarse ellos, sin importarles lo que esto suponga para otros más débiles ̶ y ya me gustaría que fuera una invención. Tenemos más: las crispaciones ciudadanas que desembocan en violencia disparada sin medida que si matan, pues mueren, no pasa nada, se trata de los demás. Es sí, ellos tienen derecho porque defienden sus valores.

A ver cómo lo encajo. No sé yo lo que Quincey nos diría si, después de toda la violencia que tenemos y ejercemos, aún nos empeñáramos en escandalizarnos con él. Creo que cargaría su pipa y nos repetiría con todo su spleen: «Puedo mirar a la muerte, ya de frente y sin estremecerme, porque sé qué es la vida humana». Y se quedaría tan ancho.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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