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El juego de los abalorios predice el coronavirus


El juego de los abalorios predice el coronavirus</p«Recuérdalo: se puede ser un lógico estricto o un gramático y, al mismo tiempo, estar colmado de fantasía y de música. Se puede ser músico o jugador de abalorios y, contemporáneamente, estar entregado por entero a la ley y a la regla». El juego de los abalorios, Herman Hesse

Otra novela editada en pleno auge del nazismo, en 1943, y que nos toca el corazón en este 2020. En 400 años, si llegamos, estaremos en la era de Castalia, la fuente original de un elitista y acomodado mundo del pensamiento donde solo entran aquellos capaces de integrar todos los contenidos y valores de la cultura humana y de ensartarlos en algo tan aparentemente sencillo como un juego de abalorios. Castalia es el refugio ficticio e ideal de unos pocos elegidos por sus cualidades intelectuales excepcionales.

Creo que no hace falta esperar 400 años para verlo reflejado en nuestro mundo actual. Aquí tenemos casi el mismo juego de abalorios irreal, con reglas que tampoco están claramente definidas, pero tan reales como el contexto que hemos creado en torno a nosotros mismos, porque nosotros hemos trocado la utopía hesseniara en una chirriante distopía invadida por el coronavirus, un mundo cacofónico de gritos y ecos convulsos en donde las bolitas de esta enfermedad se han ensartado en nuestra vida, en todos los aspectos de nuestras vidas, como si fueran inocentes cuentas de cristales con las que casi podríamos hacer una larga sarta de abalorios encadenando la redonda figura del virus.

Nosotros también hemos creado un artefacto, una «Máquina Armónica» que no comprendemos. Lo que pasa es que empezamos a ser como el magister ludi Josef Knecht (que significa siervo en alemán, mira tú), un pensador adelantado que conduce el hilo del relato a la manera de un ensartador y que cuanto más aprende más se distancia de la vanitas del mundo y más se cuestiona la importancia e incluso de la legalidad de la sabiduría y del bien común, pues él también sabe que las cuentas que se insertan en alambres formando pentagramas solo son los restos de una antigua cultura superior que ha dado paso a un entretenimiento teórico cuya forma de interrelacionarse con el mundo tendrás que descubrirla tú.

Así que si en 2400 han perdido el norte, esperemos que no vengan a buscarlo a 2020. Y esperemos que la cordura final y esté aún por venir en esta cuña de tiempo calzada entremedias. Por ahora seguimos inmersos en un juego de abalorios heredado que no comprendemos y que a veces polariza la sociedad entre utópicos pensadores alejados de la realidad cerca y personas entregadas al aquí y ahora pero sin proyección futura. A lo mejor es que en este juego de abalorios nuestro solo tenemos que averiguar dónde queda el justo medio perdido y recuperar la salud de una sociedad y de un planeta endémico y enfermo en muchos más aspectos de los que deja entrever el coronavirus. Un abalorio es transparente, deja pasar la luz; el coronavirus es opaco, nos ha encerrado en la oscuridad del desaliento. Nos falta armonía y nos sobra anonimato en una era en la que jerarquías no siempre sanas se imponen sin que hayamos tenido tiempo para desarrollar un plan real y empírico que nos permita sobreponernos a lo que nos amenaza y rodea.

Podemos ponernos muchos collares de abalorios, pero seguimos siendo el mismo perro corriendo detrás del mismo hueso en la esperanza de que aún tenga sustancia que roer, aunque esté más viejo y seco que un mendrugo de pan. Al final, seguimos en la teoría, solo proyectamos los mismos deseos ̶ pero no tengo claro si los nuestros o los de la élite pensante.

A lo mejor ha llegado el momento de romper la sarta y jugar a las canicas…

 

Filóloga y traductora