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Tiempo de silencio grito de coronavirus

Adaptación teatral a partir de la novela de Luis Martín-Santos / © Sergio Parra Adaptación teatral a partir de la novela de Luis Martín-Santos / © Sergio Parra

«Es un tiempo de silencio. La mejor máquina eficaz es la que no hace ruido. Este tren hace ruido. (…). Por aquí abajo nos arrastramos y nos vamos yendo hacia el sitio donde tenemos que ponernos silenciosamente a esperar silenciosamente que los años vayan pasando y que silenciosamente nos vayamos hacia donde se van todas las florecillas del mundo». Tiempo de silencio, Luis Martín-Santos

Tiempo de silencio contado en un tempo lineal de una España de posguerra depauperada y miserable que no puede avanzar ni es capaz de ayudar a los científicos en sus investigaciones contra el cáncer ni siquiera con una cepa de raquíticos ratones. Por eso la novela tuvo que esperar a 1980, cuando ya se podían decir y mostrar las cosas, para poder editarse completa y también para tener su versión cinematográfica, de la que se encargó Vicente Aranda en1986.

Resulta ser la vida de un hombre de ciencia que quiso ser investigador y fracasó. Resulta ser la historia de toda una generación (ya vamos por varias) de investigadores frustrados formados en nuestras universidades, los mismos que al final han tenido que salir de este país para poder vivir de su profesión con dignidad y avanzar en la ciencia. Resulta ser la continuación de aquella poco afortunada y peor citada frase de Unamuno «¡Que inventen ellos!». Resulta ser la historia cíclica de la generación perdida de unos profesionales a los que ahora añoramos y reclamamos. Resulta ser la misma historia que vemos cada día, ahora con un añadido perentorio: la carrera contrarreloj en busca de una vacuna contra el COVID-19.

El símil con nuestro tiempo salta a la vista, con el agravante de que aún seguimos con las jaulas vacías y los laboratorios a medio gas. Es ese recurso de introspección y comparación alejada del punto orbital real lo que precisamente nos permite traer de vuelta, al aquí y ahora, a esta novela de grandes voces polifónicas de referencia generacional. No se me ocurre mejor manera de definir a todas esas voces en constante monólogo entre sí y con su entorno, porque son las mismas que encontramos en el texto y ahora en el contexto que nos rodea, con versiones muy distintas según cada locutor y cada penuria, todas las nuestras contenidas en ellas, en una representación de prototipos frustrados a nivel generacional obligados a vivir de otra cosa, y eso con suerte. Se trata del condicionamiento social, esa inmensa sombra negra que lleva agobiándonos desde hace tantos años. Se trata de darnos cuenta de que de aquellas aguas estos lodos, que ya son muchos los años arrastrando estas carencias. La gran lección es ser conscientes del peso que nos aplasta, pero también la responsabilidad que tenemos al permitirlo. Salgamos de esa mala interpretación de las prioridades, asumamos nuestra parte de culpa ante la desidia de haber permitido que otros tomen las riendas de nuestro estado del bienestar y luego rectifiquemos para seguir avanzando.

Es momento de dejar el tiempo de silencio y apostar por el futuro, de empezar a inventar antes de que lo hagan ellos.

Filóloga y traductora