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El primer estreno de Galdós: Realidad en el Teatro Español (Parte II)

Doña Emilia Pardo Bazán en el valiosísimo artículo titulado “Realidad. Drama de Don Benito Pérez Galdós”11 hace una exposición fidedigna y con propiedad del momento en que Galdós se decide a estrenar su primera obra, “ésta arreglada de novela”. Pero el acto quinto fue el más controvertido y que mayor suspense podría crear en el público por lo que tiene de revolucionario como dice la escritora: “El público advertía que allí se encerraba algo muy grande, tal vez muy revolucionario, y rendía culto al Dios todavía ignoto”12.

En La Correspondencia de España, López Ballesteros escribía, con fecha 16 de marzo de 1892:

El primer acto fue escuchado con gran interés y silencio religioso. El público saborea el diálogo, acoge con murmullos de aprobación, ya una frase feliz, ya un detalle ingenioso, y aplaude complacido al terminar esta primera jornada, que viene a ser la exposición, aunque no completa, del asunto.

En el entreacto, la animación crece, los críticos discuten y la expectación generalmente. Vuelve a reanudarse la representación. Las escenas que se desarrollan en los dos cuadros son espinosas y difíciles. El ingenio de Pérez Galdós vence, las manifestaciones de agrado son cada vez más entusiastas, y al caer el telón la junta de rabadanes, la crítica reanuda de nuevo, en solemne tribunal, manifiesta que el hueso de la obra está salvado. Actores y actrices nos declaran, no obstante, que aún queda “el hueso por roer”. Mariquita Guerrero dice a todo el que la quiere oír, que tiene mucho miedo, y el autor, ¡ah!, ¡el autor! Fuma pitillo tras pitillo, va y viene sin darse cuenta de lo que hace, y exclama de cuando en cuando: “sea lo que Dios quiera”.

...Y Dios quiso que gustara mucho el tercer acto, y que al finalizar el cuarto recibiera don Benito una ovación ruidosa, prolongada, casi imponente. (Nunca mejor que ahora deben prodigarse los adjetivos.) El telón no caía. Pérez Galdós asustado, sacado a la luz casi violentamente, hacía expresivas señas al tramoyista para que bajara la cortina. La ovación hería su modestia. Es un ejemplo bien raro.

Desde este momento, los aplausos no cesaron, siendo más nutridos al finalizar la obra. Las señoras aplaudían y agitaban sus pañuelos, sin que nadie abandonara, durante gran espacio, las localidades. La jornada estaba ganada. ¿De qué modo? ¿Con qué elementos?No pudiendo juzgar a Pérez Galdós, me reduzco a admirarle13.

La propia Pardo Bazán hace eco de la disparidad de la crítica, en este tipo de obras que “encrespan y remueven al público”, alabando la capacidad que tienen los autores en provocar y desencadenar “borrascas”. Escribe la escritora gallega:

Los críticos, se han dividido en dos bandos: ditirámbicos, que volcaron el saco de las hipérboles, y examinadores, que dieron a Galdós, como autor dramático, un aprobado o un suspenso, previas las formalidades que marca la ley. Toda mi admiración por Galdós no impedirá que me incluya entre los segundos, por considerarles más útiles a la educación de ese público que ha de sostener la vida de la escena14.

Continúa añadiendo que, los periodistas deberían escribir artículos sin grandes pretensiones literarias, porque como ya he señalado, por lo general no aciertan en sus criterios porque pecan de subjetividad. A pesar de ello, asistieron también críticos de reconocido ejercicio, que sí valoraron con mayor acierto la nueva posición de Galdós. Entre los más reconocidos de la época destacan la asistencia al estreno de Valera, Menéndez Pelayo, Balart y, por supuesto, Clarín con sus ambigüedades. Éste último reseña en La correspondencia de España el 17 de marzo y refiriéndose a los prestigiosos críticos citados, que:

aplaudían...y explicaban el motivo de sus aplausos; quien diciendo, como Valera, que el final del cuarto acto de Realidad era de gran fuerza dramática y el lenguaje de la obra, en general, una saludable novedad y un adelanto de la verosimilitud escénica sobre antiguos y gastados procedimientos de convencional estilo; quien, como Balart, señalando con gestos de sincera admiración los pasajes culminantes de aquel hermoso quinto acto en que encontraba toda la fuerza teatral, en lo patético y profundamente humano que pudiera desear el más descontentadizo, que fuera, además, hombre de reflexión, sentimiento y gusto. Y en cuanto a Menéndez Pelayo, ese crítico poeta cuya inspiración es la armonía; el más expresivo, tal vez por ser más joven, dejaba que en sus ojos, en el color con que la emoción pintaba su rostro y sus ademanes, en sus exclamaciones, se reflejase todo el efecto que en espíritu tan alto y escogido iba produciendo, como una victoria, el arte noble y sencillo, poderoso en su pureza; de aquel mágico casi inconsciente que llega a las más íntimas y poéticas regiones del misterioso ideal, y que en Realidad en el quinto acto, sin vulgares recursos, con cierta temeraria candidez de neófito de la escena, se atreve a ofrecernos la sublime desnudez de la virtud heroica, para hacernos contemplar y amar la hermosura moral, por ella misma, sin más, artificio que el verla retratada en el alma de un poeta...-¡Este es nuestro Ibsen, así le queremos!-exclama Menéndez Pelayo15.

Clarín habla sin tapujos en este artículo de diversas cuestiones que le preocupan. Una de ellas es el hecho en sí de que un drama de conciencia, de carácter psicológico y de orden ético haya podido interesar, conmover y llenar a un público educado para otro tipo de representaciones. Un público educado en el convencionalismo y en el amaneramiento conceptual del teatro. Porque en un principio -y en esto coinciden todos los críticos- las ovaciones y aplausos tan sinceros como ciertos, fueron sin duda en agradecimiento al escritor de todos, que cosechaba reconocidos méritos de antaño. Pero fue al llegar los actos cuarto y quinto, cuando las enloquecidas ovaciones se dirigían propiamente a la obra en si misma, al drama, a la tensión provocada, a esos personajes que sufren y que son de carne y hueso, a una realidad patentizada en la naturalidad de lo cotidiano, o como decía el propio Clarín “para reconocer la augusta castidad del arte, la estética lección moral, la austera palabra de la eterna sabiduría de la conciencia, que lo mismo resonaba, directamente en los labios de Orozco, que por contraste y lucha en los de su esposa y en los de Federico”16.

Como asiente Doña Emilia: "Se comprende, que no me propongo citar toda la prensa. Los artículos que conservo bastan para dar idea de que Realidad, como suele decirse, ha alborotado el gallinero, y que el tiempo no está completamente bonancible”17. Así fue ocurriendo en los sucesivos estrenos que de la obra se realizaron por toda España.

Se podría decir, que aunque el público asiduo estaba condicionado para reclamar y exigir ¡acción!, ¡drama!, Galdós comprendió que aún también en el público se estaba gestando materia de innovación en cierto modo, materia de una restauración provocada por los cambios que se avecinaban en aquella sociedad de ideales confusos. También tenía su huella en las actitudes de los espectadores, o al menos debería ser así, como de hecho fue por parte del público, este primer intento dramatúrgico de Galdós. Fue un éxito, insisto en ello, aunque críticos y espectadores, aún no entendían, lo que quería el autor, aún no sabían qué nombre poner a lo que estaba viendo. A pesar del tiempo, creo que aún hoy, la crítica tampoco pone ningún nombre a todo el trabajo que ha aportado Galdós al medio escénico. En “Razón y suceso de la dramática galdosiana” dice Gonzalo Sobejano:

Suelen los críticos definir la dramática galdosiana con títulos como “realismo”, “naturalismo”, “drama social” o “drama contemporáneo”. De poner un título, el más adecuado sería “realismo trascendental”. Es una dramática realista porque, salvo algún caso, los sucesos y personajes que ofrece pertenecen virtualmente a la sociedad española conocida por el autor...Pero este realismo es siempre trascendental; está animado y dirigido por una intención de trascender del tablado a la vida social. El teatro de Galdós no es puro espectáculo artístico no costumbrismo descriptivo, sino la ilustración dramática de unas ideas que, obrando en las conciencias, deben llegar a todos y levantar su nivel moral18.

Queramos o no, el problema de la naturaleza del género teatral19, fue tremendamente fecunda, algo más con el drama que con la novela, en la crítica del momento y eso no lo podemos obviar. A este respecto no faltaron incluso críticos que sintieron de cerca la invención, y respiraron verdadero drama, como asimismo relata Julio Burell en sus comentarios al periódico El Día, el 16 de marzo:

¡Qué triunfo!...Yo busco un juicio y no encuentro más que una impresión...Cuando yo anunciaba a los lectores de El Día la transformación de Realidad en drama representable, recuerdo que acababa diciendo: En la noche del estreno de Realidad , la sombra de Shakespeare vagará por el teatro”. Después de los dos últimos actos del drama, puede asegurarse que por el teatro de la Comedia pasó Shakespeare mismo, con su carne y con sus huesos, y lo que es más, con el genio que engendró las cóleras de Otelo y la figura extrañamente dramática de Cleopatra... No hubo anoche en el teatro de la Comedia representación teatral, sino verdadero alumbramiento. Algo muy grande nació a la vida del arte: la dramática nueva, hecha de nuestros combates interiores, de nuestras caídas en el arroyo , de esta sangrienta realidad, mezcla de grandezas espirituales y de reales impurezas que todos llevamos debajo de nuestra levita inglesa y de nuestro sombrero de copa, royéndonos el corazón como el buitre a Prometeo, pero más terrible que la dualidad clásica y más difícil de ser penetrada por un Esquilo que la cante. Galdós ha avanzado resueltamente20.

Uno de los defectos, -como es sabido- que más han pesado sobre los hombros del Galdós teatral, es el carácter novelístico que presentan sus dramas. Con ello me refiero a la cuestión del tiempo real de las representaciones, algo extensa para el esfuerzo de concentración que se requiere en el espectador. De ahí la necesidad de “resumir”, de acortar, escenas, diálogos, personajes, -como es el caso de la criada de Augusta, y criados de Orozco- con el fin de hacer que la representación, que duraba más de seis horas, se redujera en extensión a unas cinco horas, y hacer que el ritmo propio de los espectáculos teatrales fuera todavía más palpable. La extensión de escenas, diálogos y monólogos fue y sigue siendo hoy muy criticado. Este peculiar aspecto, irá puliéndolo el escritor canario sutilmente, y ya en su producción posterior, se renueva hacia un ritmo más dinámico en las escenas, mayor brevedad de los monólogos, menor abuso del aparte...elementos ellos censurados a su obra Realidad, aunque si bien, ésta presenta ciertos elementos psicológicos de los personajes a tener en cuenta, que justifican esta profusión.

A pesar de todo, con respecto a esta particularidad, creo que Galdós lo hacía generalmente para retratar más fielmente lo natural y espontáneo, en algunos casos fue admitida como un elemento incluso positivo. Así, Francisco Fernández Villegas, Zeda, habla de esta peculiaridad en La Época con motivo del estreno de El abuelo:

Tal vez advierta la crítica detenida de El abuelo alguna lentitud en la marcha de la acción. Cierto; esta obra, como todas las comedias de Galdós descubren al novelista, que no se contenta con el rasgo característico, con la frase concisa, con la concentración dramática. Entre el género novelesco y el dramático creo yo ver una diferencia semejante a la que existe entre la brasa y la llama. La novela es más intensa, su calor más sostenido; el drama es más brillante, aunque su calor sea más efímero. Galdós no se contenta con esos resplandores...ahonda con detenimiento en el espíritu, analiza, amplifica, y esto, por fuerza, hace que la acción camine serena, sí, pero lenta.

Esto no obstante, o a causa de esto, ¡cuántas bellezas de pensamiento, cuánta frase feliz, cuántos rasgos de honda observación psicológica esmaltan el curso sosegado de la acción.

El mismo Villegas (Zeda) había comentado en aquellos días del estreno de Realidad lo siguiente:

Hay en ella algo del naturalismo español de buena cepa, de aquel que apareció en nuestra Celestina cuatro siglos antes de que lo “descubrieran” los franceses, y que dio vida a todo el género celestiniano, algo de la grandeza de Shakespeare y hasta de sus procedimientos y de sus crudezas; algo también de la moderna escuela simbólica. Todo ello, tal como ante el público se presenta, un tanto desordenado, un poco extravagante, atrevido y genial, podrá no ser todavía el drama del porvenir, pero señala, a no dudarlo, nuevos derroteros, como antes digo, al arte, vías aún no recorridas en el camino de la belleza artística. Galdós desde lo alto de su inteligencia, ha visto la tierra prometida; pero no ha llegado a ella; es un precursor del teatro de mañana, pero no ha encontrado la fórmula a que aquél ha de ajustarse.

A mi juicio, el estudio crítico más acertado realizado a la obra de Galdós, Realidad, es la publicada en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza21, escrita por Rafael Altamira, un experto en literatura y filosofía. El crítico valora en primer lugar la condición de obra dramática con todos sus derechos, no se trata de una adaptación novelesca, porque tal y como escribe: "la novela misma la concibió y la escribió el autor como drama"22. Destaca como desacierto el acto III. De este acto expone Altamira que aún utilizado para condensar mejor la atmósfera de motivos que precipitan a Viera a su trágico fin, sobra. A pesar de ello considera que gustó mucho al público por ser "una maravilla de gracia, de movimiento, de experiencia y observación mundanas, de intención y naturalidad en el lenguaje"23. Pero su mejor visión crítica se encuentra en la valoración que hace del acto V:

El acto quinto, trasunto del capítulo último de la novela, con el episodio de la sombra inclusive, produce un efecto muy raro, después de la explosión trágica del final cuarto. Algunos críticos han entendido que sobra, que distrae la atención, llevándola a otro problema, que es como otro drama; pero precisamente la idea del autor se contiene -a mi entender- en este acto quinto. Para él ha hecho los restantes; suprimirlo, sería borrar la originalidad y la intención de la obra24.

Transcribimos a continuación la crónica resumen de La correspondencia Militar del 17 de marzo, que nos traslada fidedignamente al ambiente:

Estrenóse anteanoche en el teatro de la Comedia, el drama hace tiempo anunciado, Realidad, en cinco actos y en prosa. Su autor, por si no era conocido bastante en España, obtuvo anteanoche un gran triunfo cuyo ruido se irá oyendo aún por toda Europa y América. (...) Como se verá, hay encontradas opiniones al juzgar a Realidad. Dice Octavio Picón en El Correo : Pero el talento del hombre, sobre todo, de hombre como Galdós, es semejante a aquel insecto misterioso que toma el color de la planta en que se posa. Galdós no ha hecho un drama más, sino un drama que se diferencia mucho de cuantos hemos visto hasta ahora. ¿Está la novedad en la índole, en la médula de la obra o en su armazón y su estructura? Indudablemente en lo primero. Todo drama es pintura y desarrollo de pasiones, desenvolvimiento de hechos y sucesos que hacen sentir Realidad hace pensar: de aquí que no la entiendan o la juzguen erradamente los que la miren al través del sentimiento. En cambio, Bofill en La época, manifiesta francamente lo que sigue: “Supongo que a la inmensidad de muchos pobladores del espacio infinito le importará muy poco que a mí no me haya gustado, como obra escénica, el drama de Realidad de D. Benito Pérez Galdós, estrenado anoche en el teatro de la Comedia, y es probable que en su lenguaje rítmico y sin desatender ni un momento su danza armoniosa por el abismo celeste se hayan dicho ayer unos a otros. La obra carece de unidad. El autor ha cortado la novela Realidad en pedazos y la ha servido al público sin rellenar muchos huecos. Así, verbigracia, del acto segundo, de ese acto de Lupanar, pasamos al tercero, y la acción se interrumpe para dar lugar a la venida de un nuevo personaje, el padre de Federico Viera, interpretado de una manera muy característica por el señor Mario, y de un gusanillo insignificante, o mejor dicho, una hormiga, la joven Clotilde, que ni por su acción, ni por la interpretación dada a ese papel por la actriz que lo tiene a su cargo, hacía falta alguna.”

Y Julio Burell en otro periódico de la noche, exaltado, exclama: “Si la antigua poesía épica debía comenzar por una invocación a Dios o a las Musas, todos los escritores que hoy empleamos la pluma en el examen de Realidad, deberíamos por un deshago ditirámbico, por algo que fuera canto caluroso, encomio altísimo, eco y reflejo de aquella gloria luminosa que anoche pasó con las alas abiertas por el teatro de la Comedia, coronando la frente de Galdós. ¿Qué fue la representación de Realidad? Triunfo y apoteosis, todo a un tiempo25.

En definitiva, Realidad fue un acontecimiento en Madrid26. Un crítico importante señalaba que el autor de sesenta novelas resultaba también ser un dramaturgo...Los amigos aplaudieron con energía y la obra alcanzó veintidós representaciones consecutivas en Madrid, y pasó inmediatamente a Barcelona donde Galdós tenía especial preocupación por el resultado de su drama, donde preparó el estreno con todo detalle como puede verse en la correspondencia que mantuvo con Narciso Oller27. La crítica atacó duramente a los actores, incluida la Guerrero, y opinó que la obra habría de terminar con el suicidio de Federico. Aun así fue un éxito.

En Valencia, -recoge Pedro Ortiz-Armengol en Vida de Galdós- el éxito fue menor porque existió una campaña política en contra del autor, aunque en un telegrama de Truillier a Galdós, le da referencias de todo lo contrario: “Acaba representación Realidad. Éxito colosal mayor que Madrid”.

El éxito, creo, ya estaba en el propio autor, desde el momento que se decide definitivamente a escribir para el teatro. Las conclusiones que destaco principalmente es que la mayoría de los críticos e incluso sus amigos, como Clarín, estaban más preocupados por la iniciativa de Galdós que por el propio resultado. Que el autor canario demostró tener madera de dramaturgo era un hecho, pero a mi modo de ver con una ideología teatral anacrónica para su tiempo. El tema era escabroso como escabroso era el final propuesto por Galdós, con un Orozco que estaba por encima de todas las circunstancias sociales, y que apuntaba con su resolución, una contribución hermosa y revolucionaria para la España de aquel momento tan falta de regeneración. Realidad, es un drama de excelente calidad, novedoso y primerizo en el enorme universo de creación que desde este estreno prepara Galdós.

11 Emilia Pardo Bazán, “Realidad. Drama de Don Benito Pérez Galdós”, Nuevo teatro crítico, II abril 1892, pp. 19-69. Documento de validez incuestionable por todo lo que nos aporta del momento literario y social que nos ocupa. Bazán, mujer cultísima, escritora inmejorable, ha abierto siempre las puertas de la investigación con sus obras, sus comentarios, artículos, su biografía y sus cartas, cuyo aporte desvela mucho del entramado literario y social finisecular.

12 Ibídem, pág. 32.

13 Op. Cit, pp. 40-41. 

14 Ibídem, pág. 34.

15 Op. Cit, pp. 61-66. 

16 Ibídem, pág. 65. 

17 Ibídem, pp. 40-41. 

18 Gonzalo Sobejano “Razón y suceso de la dramática galdosiana” Anales galdosianos 1970, pág. 46. 

19 Sobre cuestiones de naturaleza del género y sobre todo para entender los cambios que se avecinaban desde Francia con la introducción en España del Naturalismo, es fundamental el tratado que al salto, escribió Emilia Pardo Bazán, para esclarecer el clima de confusión que reinaba en las letras españolas, titulado La cuestión palpitante. La escritora gallega argüye con respecto a la naturaleza de los géneros que : “Al literato no le es lícito escandalizarse nimiamente de un género nuevo, porque los períodos literarios nacen unos de otros, se suceden con orden, y se encadenan con precisión en cierto modo matemática: no basta el capricho de un escritor, ni de muchos, para innovar formas artísticas; han de venir preparadas, han de deducirse de las anteriores. Razón por la cuál es pueril imputar al arte la perversión de las costumbres, cuando con mayor motivo pueden achacarse a la sociedad los extravíos del arte”, pág. 141. Es magnífico como la autora gallega sabía poner los puntos a una íes literarias en efervescencia de confusión. Porque en el clima español literario y sus novedades siempre reinó y reina la confusión y el desorden, como al igual ocurrió con la aceptación de este primer drama galdosiano, no se sabía que opinar. 

20 Op. Cit, pp. 42-46. 

21 Esta crítica es de las menos recordadas que se han hecho al estreno de Realidad. Rafael Altamira, Secretario del Museo Pedagógico, incluye el artículo "Realidad, drama en cinco actos y en prosa, de don Benito Pérez Galdós, en el epígrafe "Revista Literaria", Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, Madrid, Imprenta de Fontanet, 1892, pp. 110-112.

22 Esta cuestión es la que ha provocado dicotomías tan traídas y llevadas por los galdosistas más reconocidos, entre las que me encuentro. Todavía hoy la lucha continúa.  

23 Op. Cit, pág. 111. 

24 Ibídem, pág. 111. 

25 Fondos de la Hemeroteca Nacional.

26 (...) El Liberal, cauteloso, no se entusiasma con el drama, a juzgar por esto que dice: “A esta causa debemos achacar en primer término la frialdad con que el público acogió los primeros actos de Realidad. De poco sirvió el riquísimo ropaje de que se hayan revestido, la belleza indiscutible de los hermosos pensamientos que esmaltan el diálogo y la verdad con que, por regla general, están trazados los caracteres. Atesora el drama estrenado anoche admirables cualidades, pero no por cierto las suficientes condiciones de viabilidad que hubieran sido de desear.

No ha querido sujetarse el señor Pérez Galdós a las exigencias del antiguo convencionalismo, pero tampoco nos ha traído una nueva fórmula perfectamente definida y merecedora de imitación por los que buscan con afán los nuevos derroteros que ha de seguir en estos tiempos el arte dramático contemporáneo. El autor de Realidad vacila en su sistema -si es que lo tiene- y ora se nos presenta como naturalista y enragé, ora apalea a los gastados recursos del más adocenado de los melodramas habidos y por haber”

El Imparcial da cuenta a la ligera el estreno de Realidad en esta forma:

Resultando que Realidad, como obra de un espíritu superior, no podía menos que imponerse por su procedencia, circunstancia que este tribunal ha tenido muy en cuenta. Resultando que al terminar éste el público que nos representa llamó al señor Pérez Galdós, que éste salió con gran esfuerzo sobre su modestia, y que le fue hecha la ovación más frenética, delirante y prolongada que hemos presenciado desde los tiempos del Nudo gordiano acá.”

27 William Shoemaker “Una amistad literaria: la correspondencia epistolar entre Galdós y Narciso Oller” Estudios sobre Galdós., Madrid, Castalia. 1970. 

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.