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Noches blancas de coronavirus

¿Conoces ese instante de alivio que parece cercar la soledad en una noche lechosa antes de que el triste amanecer lo vuelva a difuminar y la amistad no sea siempre correspondida? Ese es el momento de mi encuentro fortuito con las grandes pasiones del ser humano a la luz borrosa del coronavirus.

Primera noche: ahora que ya puedo pasear, he cambiado el día por la noche el calor y la multitud obliga, más que la nobleza. Y la misma desconfianza que provoca el coronavirus me presenta la oportunidad de ayudar a alguien en apuros, de lanzarme a ella sin contemplar medidas de seguridad y, por un instante, convertirme en el héroe de leyenda que da un cierto sentido a mi existencia.

Segunda noche: ay, me excedí en la historia, demasiado tiempo de encierro, hablo y hablo sin filtros, como casi todos, y asumo que he encontrado el alivio de mi dolor cuando ni siquiera sé si la sombra que adivino se corresponde con la realidad de sus formas; no soy capaz de calibrar la consistencia de lo que digo y me lanzo de cabeza a mi pozo de sentimientos esperando que sean compartidos.

Tercera noche: le toca a ella, la vida no es fácil prendida con alfileres a la falda de tu abuela. Así cualquiera vale. Mientras, el tiempo pasa y vive del recuerdo del que eligió como su salvador en la era del virus. Todo antes de seguir encerrada entre la pobreza, la decrepitud y la muerte. Así es muy fácil creer en la salvación de una vacuna que lleva tiempo esperando ser encarnada en un amor difuminado por el paso de los meses y la falta de presencia.

Cuarta noche: la fe se ha perdido, estamos a punto de compartir juntos la nueva era de la mascarilla y del gel. Es lo que tiene el miedo a esta enfermedad que nos une en la soledad de la gran ciudad mientras paseamos envueltos en la bruma de un crepúsculo que parece no tener fin. Tiempo muerto para sentarse y conversar y llegar a un entente cordiale con la humanidad a pesar de tanto despropósito vivido.

La mañana: todo mentira, porque la luz llegó y nos mostró nuestros verdaderos miedos y nos hemos vendido al mejor postor. Nuestra unión solo fue fruto de la soledad compartida. No hablemos tanto de amor como de conveniencia. Pero ahora es tiempo de afrontar y de ver todo con su luz propia. Ver la gran desilusión de mi vida que ya no puedo aplazar porque se presenta descarnada y sin posibilidad de disfraz. Aun así no me arrepiento, has sido una bocanada de frescura entre tantos aislamiento y me has devuelto la confianza en el ser humano a pesar de mi destino solitario, porque me has enseñado algo muy importante: la libertad para actuar e imaginar que amo libremente a otra persona a pesar de saber que está en una orilla y yo en otra. Y que solo nos unió ese puente del coronavirus que nos ha vuelto a separar.

Las noches blancas solo han sido el marco perfecto para vivir en la burbuja.

Filóloga y traductora