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El ruido y la furia del coronavirus en el condado de Yoknapatwpha…

…o en cualquier hogar bajo la laureada corona del virus.

¿De cuántas moradas no estamos, pared con pared, siendo testigos de ruidos, sonidos y furias? ¿Qué narración no resulta insoportable desde la intensidad del que la está viviendo? Como en cada familia, la misma historia narrada por sus miembros contiene la semilla de un nuevo cuento para los mismos hechos que comparten cada día. A veces, la televisión nos asoma a la de alguien con niños pequeños, otras son habitadas por mayores, a menudo se dan ambas juntas. Los niños, todos Benjis, se quejan una y otra vez de un confinamiento que no pueden entender, porque son insensibles a la cronología y al trascurso causal de los sucesos, solo registran los hechos sin poder atribuirles un fin. Para los adultos, la cosa cambia, y mucho. Obligados a convivir 24 horas entre sí, se abren todas las puertas para que formalicen un amor o un divorcio. También son tiempos propicios para los secretos de familia, las intensas depresiones y los diferentes estados mentales, algunos de ellos propensos a la locura. Nos hace falta la Dilsey de Faulkner que aglutine y vire el barco familiar hacia puerto seguro, que sea la mirada que conecte a la familia de nuevo con el exterior, antes de que se pierda en sus propios y profundos pozos de soledad y decadencia.

Quizá lo más inherente a ello sea el tiempo…

Que ya ha dejado de ser un espacio lineal, cuyas horas estaban regidas por situaciones, trabajos, ocios y negocios y ahora se ha nebulizado tanto que a veces dejamos de saber cuándo estamos en pasado y cuándo en presente; otras veces este mismo tiempo nos atrapa, nos obsesiona, convirtiendo las noches en vigilias y los días en elásticos y eternos chicles de sabores diferentes; otras sin embargo, lo aprehendemos esquivándonos, lo usamos en nuestro propio beneficio, y así vivimos fantasías pendientes, ejecutamos las obras de nuestras vidas, las recetas de nuestros paladares, los cuentos de nuestros sueños… esos momentos de monólogos internos y externos, esas explicaciones no pedidas pero necesarias porque el velo de la distancia se ha corrido.

No hay cosa más peligrosa que la cercanía continua para rasgar los fragmentos de nuestras sensaciones y obsesiones; los mismos que muchos traducen en lenguajes narcisistas a través de canales sociales y redes varias. Así, asomarse a la ventana que deja abierta el otro cumple una doble función catártica: atrae el ruido y aleja la furia de un tiempo que definitivamente no es el que conocimos ni será el que conoceremos.

En nuestro propio interior todos sabemos que ha llegado el momento de iniciar ese monólogo interior que verbalice los silencios para que seamos capaces de limpiar los ruidos ignorados, para entender que quizá no haya porvenir faulkneriano en los actos, que la vida es una historia contada por un idiota y que nada significa, que el tiempo cronológico ya ha saltado en pedazos.

Todo es símbolo. Tempus fugit.