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Un berchulero en un campo de concentración franquista

En memoria a un ex-combatiente que luchó por defender la República Española

(Berchulero dícese del que nació, es oriundo o se siente de allí, de Bérchules en la Alpujarra granadina, Andalucía)

El caracol se me escurre entre los dientes, lo saco de la boca, lo sostengo entre el pulgar y el índice e intento succionar el molusco con los labios y la lengua, pero es imposible; con impaciencia me lo vuelvo a introducir en la boca, a ver si sale solo, pero empieza a echar baba y el tacto viscoso hace que se resbale. Me produce una arcada y lo escupo. Tengo que reconocer, que lo único que no he sido capaz de comerme del campo han sido los caracoles, lo demás, todas las hierbas, lombrices, todo, puede comerse en una situación de vida o muerte.

Arranco las hierbas y sus raíces con las uñas ya rotas, las pocas que me quedan ya después de nueve días sin comida. Somos miles en un campo cerrado. Rafael el de Narciso me mira y le digo que busque, que mire bien, que hay que resistir, que ya tiene que quedar poco, que coja las hojas de las hierbas que quedan por arrancar en ese roalillo y con ellas, procuremos hacer un caldo de hierbas en la lata que nos dieron. José Peinado comparte también la lata con nosotros, él parece que está bien, intenta no perder la moral, haciendo chistes de todo lo que nos pasa. Sólo así podremos resistir a la tragedia. Batimos las hierbas con el agua cogida del arroyo, hoy estaba clara, sin sangre. Conseguimos simular que una sopa de hierbas era un potaje. Muchos murieron de hambre. Anoche, como todas las noches, oímos las descargas, la sangre a veces es tan abundante que baja por el arroyo. Durante los primeros dos años mataron a miles.

Los tres hemos sobrevivido por ahora al exterminio, nos llaman los arropillos porque somos tan bajitos que íbamos arrastrando el fusil por el suelo. No tenemos manta, esta noche ha hecho frío, solo algunos de los miles que estamos en el campo de concentración ha conseguido alguna cobija, y a saber cómo. Cuando terminó la batalla de Teruel, la guerra estaba perdida, nos entregamos porque nos dijeron que no nos harían nada, nos llevaron a la plaza de toros de Valencia, allí estábamos miles de republicanos, los familiares de los detenidos, tiraban cuerdas con panes atados en el extremo para que comiésemos, pero claro, ahí nadie sabía de propiedad y el primero que lo cogía…luego, al cabo de unos días, no se cuantos, nos llevaron de cien en cien al campo de concentración Miguel de Unamuno.

Soy José María García Manzano, nací en 1919 en Bérchules, un pueblo de la Alpujarra granadina, quiero que mi hijo sepa lo que pasó en España, esa época es la que deberían de explicar en los colegios, esto si es la historia que sirve para comprender el presente, el que van a vivir, para que no olviden la realidad de esta España nuestra, de Andalucía, puedo decir que no me arrepiento de nada y que lucharía de nuevo por defender los derechos de los trabajadores, el derecho a una vida digna, a que nadie puede ser esclavo de otro, a luchar por el gobierno legítimo y contra el fascismo. Yo tenía 17 años y estaba apuntado, como todos los jornaleros de Bérchules a la bolsa del sindicato del campo, nosotros no teníamos tierras propias, trabajábamos para los colonos. Durante la República nuestras condiciones laborales habían mejorado y había esperanza de poder vivir de la agricultura, aunque muchos pensaban que los cambios que necesitaba el campo iban demasiado lentos. Luego empezó la guerra, un grupo de militares se había levantado contra el gobierno legítimo republicano para defender los intereses de los caciques, el levantamiento militar había sido apoyado en Europa por Hitler y Mussolini. La Iglesia apoyó el golpe. Un día nos llamaron a filas, yo me apunté voluntario para mantener la zona fiel a la república, a todos los de mi reemplazo nos mandaron al destacamento de Motril.

Una vez asegurada la zona a favor de la República y ante el avance fascista por la costa que produjo el mayor exterminio de personas civiles después de Guernica en la llamada Desbandá de Málaga a Almería, se organizó el batallón Lenin que se enfrentó con los italianos y a la legión en la zona de Motril, participamos muchos del pueblo, entre ellos José Peinado y Rafael el de Narciso.

Pasamos parte de la guerra en diferentes combates, en la zona de la Sierra de Lújar, Trevélez, Mulhacén y después nos llevaron a la zona de Teruel donde vimos cómo todo estaba perdido. En Valencia nos sorprendió el final de la contienda, el gobierno de la república se instaló fuera de España y empezó nuestro calvario con el fascismo.

Los campos de concentración servían para clasificar a los presos, la humillación por haber perdido, era continua. Allí nos trataban como animales, querían exterminar por un lado las ideas republicanas, meternos el terror en el cuerpo. Consentir en que el fascismo era nuestra salvación, que nuestras ideas estaban equivocadas. Pasaron revista, yo dije la verdad, todos intentaron renegar; tu sabes, para que los dejaran en paz, que ellos no eran comunistas, ni de ideas de izquierda, que los llamaron a filas y que luego tuvieron que hacer lo que le decían. Yo oía a todos y veía que la humillación a la que se sometían era doble, yo no podía mentir, ¿quién se iba a creer que no defendiésemos la República? Entonces el oficial que anotó mis datos me dijo, todos estos no han dicho la verdad y tú eres el único que has sido valiente y no has mentido, le dijo a los subalternos: a éste, le dais un chusco y una lata. Siempre pensé que llegó, por así decirlo, un aval del pueblo, un documento en el que una de las Lolas contaba que cuando estaban sacando todas las cosas de la Iglesia y mandándolas a quemar, ella me pidió que por favor el cáliz de oro no lo quemara, y yo se lo di, pues por ese acto era digno de seguir con vida, y esto en parte creo que me salvó, preguntaban por nuestro comportamiento a las familias que eran más religiosas y de derechas del pueblo.

El campo de concentración estaba rodeado de naranjos y huertas. Por las noches algunos presos se saltaban y cogían naranjas para no morirse de hambre. Una de las veces, los militares se dieron cuenta y los esperaron entre las torretas de vigilancia. Entraban a rastras y los iban matando. A mí y a otros tres compañeros nos hicieron colocarlos en mantas y arrastrarlos, paseándolos varios días por el campo para que nos quedara claro que nos pasaría si nos saltábamos la alhambrada. El cuerpo que yo llevaba tenía la cabeza reventada como una sandía partida, con los sesos fuera.

También estaban los pozos, eran temidos por todos, porque te metían allí por cualquier cosa y aislado metido en barro, lloviera, tronara o lo que fuera, te dejaban días enteros hasta que casi perdías la conciencia. Eso era lo peor, y te mandaban por cualquier cosa.

Todos estábamos pendientes de cuando comían los soldados, tiraban las sobras por la ventana, eran a lo mejor mondas de patatas o los restos de huesos, cáscaras de lo que habían comido, nos acercábamos como si fuésemos animales a comer algún resto. Imagínate el hambre que tendríamos y las humillaciones que puede soportar un ser humano. Ellos se reían desde arriba, señalándonos y haciendo chistes de los que se quedaban sin nada y las peleas que provocaba este asunto, la degradación del ser humano, fue tremenda.

En esa época también estaba la costumbre de los tatuajes y ésta, la pagaron bien algunos, porque tenían tatuados la hoz y el martillo del partido comunista y para que no se viera, se quemaban la piel con brasas candentes, era horrible, todo el mundo queriendo borrar su pasado para poder sobrevivir. Nunca nos hubiésemos imaginado que luchar por nuestros derechos laborales y civiles frente a los privilegios de unos cuantos, nos llevara a tal grado de humillación.

Después del campo de concentración de Miguel de Unamuno pasamos a Reus, un antiguo cuartel de trabajos forzados, cuando llegamos estábamos muertos de hambre y nos dieron un caldo de calabaza, nos pusieron en fila para que lo recogiéramos de uno en uno y nos daban un latigazo en el brazo, con el golpe a veces se caía el caldo, imagínate la desesperación intentando recogerlo del suelo… entonces los soldados riéndose del desgraciado muerto de hambre, le pegaban patadas para que se fuese, era humillante. Esa noche a todos nos entraron unas diarreas terribles y tuvimos que ponernos en pelota y recoger las heces con unos sacos que casi no absorbían nada, imagínate la noche que pasamos. Muchas veces después he pensado en esos hombres humillando a otros, cómo se puede instruir a todo un ejército para el odio, el exterminio y la vejación al enemigo. Luego cuando nos hemos visto después de todo, en el pueblo, o cuando conseguimos en Cataluña celebrar San Pantaleón, nos reíamos de aquella escena tan dramática y tan cruel.

En Gerona empezamos a trabajar en el batallón disciplinario número 48 de trabajadores para hacer la vía doble a Francia. Estuvimos picando piedras a mano para hacer la grava sobre la que iban las vías del tren. Las condiciones eran terribles, muchos intentaban tirarse al tren cuando pasaba para suicidarse, pero los apartaban a vergajazos, los arropillos seguíamos juntos allí, Rafael, José y yo pero nos dejamos de ver cuando los llevaron a otros campos de concentración creo que por Cádiz. Cuando acabó todo, me mandaron a hacer la mili de nuevo en Santo Domingo de Gerona en el regimiento de infantería Alcántara 33 hasta que me licencié y volví al pueblo. Me licencié y regresé al pueblo después de pasar casi diez años del 36 al 45 fuera de Bérchules. Recuerdo que cuando llegué mi madre estaba en la escalera pelando patatas, me miró y me dio una hostia y me dijo, anda, tira palante, yo siempre he pensado en aquella reacción de mi madre, tantos años sin verme y reaccionar a sí, por qué no me dijo nada, ni me preguntó, nada. Yo me comí el plato de patatas a lo pobre despacio, intentando comprender cómo encajar de nuevo todo y entonces, me di cuenta de que había vuelto al paraíso. Yo he vivido para contarlo. Por todos mis compañeros, por mi hijo, por mis nietos, cuento esta historia porque hay que comprender lo que es un pueblo humillado que tiene que volver a renacer y aunque ya nadie pueda devolvernos lo que perdimos, si se puede construir una sociedad sobre la justicia social con la recuperación de la memoria.

José García Castillo nació en el 1919 a los 17 años entró en la caja de reclutas de Motril, desde final de la guerra estuvo en campos de concentración de esclavos del franquismo desde 1939 terminó en 1945 donde fue licenciado en junio, fue a Bérchules y luego marchó con su familia a Vilanova del Camí, en Barcelona. Trabajó en la construcción y murió con 94 años sin ver ningún reconocimiento por su lucha en defensa del gobierno legítimo de la República. Su hijo, José García Manzano me contó esa historia que le contaba su padre numerosas veces y la recuerda a veces mejor que lo que le ha pasado hace poco tiempo.