Los acuerdos y pactos de gobierno entre el Partido Popular y Vox en muchos ayuntamientos y comunidades autónomas prefiguran la ola de lo que se nos puede venir encima a toda España. Si esto se acaba por producir, el retroceso político, la pérdida de libertades y derechos sociales será de las que conforman una época. Entre otras cosas, volveremos al ejercicio del nacionalcatolicismo que sufrió este país durante décadas. La derecha hispánica, ya siempre difícil de homologar con el conservadurismo europeo por el mantenimiento de sus vínculos no totalmente superados con el franquismo y por su cultura más bien rancia, ha sido llevada hacia el extremo y la vulneración de cualquier signo de moderación por la emergencia de una extrema derecha que le ha conducido hacia la radicalización. La estrategia seguida en los últimos años de polarización extrema y de construcción de trinchera política negando legitimidad a la izquierda gobernante, los ha llevado a identificarse con esta extraña versión del españolismo más recalcitrante y del autoritarismo decimonónico. Los personajes que aparecen estos días cogiendo consejerías o presidiendo parlamentos, parecen extraídos del friquismo más extraño o de una colección de cómics. Toreros designados consejeros de cultura, negacionistas de la ciencia convertidos en autoridad política, homófobos confesos, cuestionadores públicos de las libertades, propagadores de las virtudes del franquismo... La normal alternancia política en el gobierno en España, con la dinámica y los mimbres actuales, provoca miedo. Cultura del odio, espíritu de revancha y voluntad de acabar con los consensos básicos que requiere cualquier sociedad democrática para su funcionamiento. Ciertamente, al menos hasta ahora, tienen la legitimidad democrática para alcanzar el gobierno y hacer acuerdos donde los votos se lo han hecho posible. El sistema permite que incluso quienes pretenden destruirlo se presenten a las elecciones y, si se da el caso, gobiernen.