La decisión de Ramón Tamames de brindarse a presentar una moción de censura de Vox contra Pedro Sánchez, adquiere cada día que pasa un carácter más tragicómico. Trágico, por una senectud caracterizada por cierta desoladora declinación ideológica del personaje. Y cómica, por el chirrido que muestra la fotografía del provecto economista posando con la plana mayor de un partido ubicado en las antípodas no solo del Tamames presuntamente comunista, sino también del Ramón supuestamente liberal, además de mostrarse totalmente antagónica con la del Ramón Tamames que decía ser demócrata. Ni uno solo de los contravalores aventados hasta el momento por Vox casa con lo valorado, escrito, pensado y dicho por Tamames a lo largo de su prolongada vida pública, tonterías aparte. Quienes le trataron de cerca cuando oficiaba como dirigente del PCE señalan que su máxima aspiración era la de convertirse en hombre de Estado, siquiera ministro, cuando los votos tan solo le permitieron ser concejal y luego diputado por Madrid. La decepción causada por la insuficiente cuota de votos obtenida por el PCE a la salida de la Transición, pese a haber sido el partido que con más denuedo y contundencia luchó por las libertades contra el franquismo, arraigó presumiblemente en escasos dirigentes del PCE, como él, movidos por una ambición explicable, en política, pero insuficiente si no comparece junto a una eticidad, una moralidad que la refrene. Es la vieja dicotomía entre el ethos y el cratos, moral y poder, componentes básicos de la acción política que, si se descompensa, fracasa siempre.