Corazones de piedra/I
Cuando sobrevienen hechos de tanta gravedad como los registrados en Israel el sábado 7 de octubre y ahora los proseguidos en Gaza por el Ejército de Israel, un imperativo interior nos compromete individual y socialmente para pronunciarnos al respecto. Se trata de un impulso que nos interpela y nos conmina a situarnos en un lado u otro de lo acaecido y de lo que acaece. Si miramos de frente a nuestra propia actitud e indagamos en su motivación profunda, lo que realmente nos arrastra a definirnos no es lo que parece. En el fondo, lo que solemos buscar es decir a los demás y decirnos a nosotros que somos buenas personas, que nosotros no matamos y cosas semejantes, como se demuestra por la conmoción que sentimos ante lo sucedido. En verdad, ¿qué valor tiene, en qué medida influye en los hechos, esa auto-complacencia moral con nosotros mismos? No influye en nada. No cambia los hechos. No tiene más valor que un testimonio entre millones de otros testimonios. El protagonista de estos hechos es siempre un pueblo, judío y palestino, que es sometido a un sufrimiento inhumano, no nosotros. El corazón, el meollo útil de lo tratado sería el compromiso personal y colectivo de contribuir de manera consciente a intentar erradicar las causas y los efectos de actos tan execrables como los desencadenados allí. Pero, casi siempre, nos persuadimos demasiado pronto de que ello queda fuera de nuestro alcance.
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