Los columnistas ya no le cantan a la primavera, con sus canastas de color y ese aire que se espesa a la altura del mediodía, con el sol enrollándose en las piernas de las muchachas y los músicos ambulantes improvisando la banda sonora de las terrazas. En las páginas de los periódicos solo cabe la crónica abigarrada de los mentideros políticos, las emociones de la liga y esas fatalidades que pasan en el mundo antes y después de Putin: guerras, mutilaciones y cinismo envuelto en papel de estraza diplomático. Comprendo que para eso se publican los diarios, para la intoxicación fundamentada y el vértigo y la extrañeza, pero a mí me gustaban esas esquinas de papel donde un maestro/maestra del oficio se fijaba por un instante en el laberinto de calles que revientan de gente sin biografía pública, en esos parques donde los bancos no dan interés, sino asiento, y propician la conversación. Todas las estaciones son hermosas y merecen su poeta, ninguna tan excesiva y sensual, tan agotadora y deslumbrante como la primavera, que intimida y espanta a los hipocondríacos y hace que la mirada de los bebés se fije luminosa en las cosas que llenan el mundo.