El primer ministro israelí ha decido huir hacia delante, aunque nos precipite por un abismo. Su índice de popularidad se incrementa con la escalada del conflicto. Los compatriotas retenidos nunca fueron su objetivo prioritario. Su propósito es acabar con sus enemigos ampliando las fronteras para que los colonos tengan un mayor perímetro de seguridad. Las victimas colaterales no tienen mayor importancia, porque son utilizadas como escudos humanos de unas bandas terroristas. Va multiplicando sus frentes bélicos, confiando en que su sistema defensivo, la Cúpula de Hierro, neutralice los misiles balísticos iranies, algo para lo que también cuenta con el apoyo del ejercito estadounidense. Un político que debía rendir cuentas ante los tribunales de su país y ahora debería hacerlo ante la justicia internacional, está imponiendo su ley a sangre y fuego.