Ahogarse en la tempestad
- Escrito por Hilde Sánchez Morales
- Publicado en Opinión
La Real Academia Española define el suicidio como la “acción o conducta que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza”, en otros diccionarios se enfatiza que es el acto libre y voluntario de quitarse la vida. Juzgamos es un hecho social multifactorial, en el que intervienen, factores sociales, culturales, biológicos, psicológicos y ambientales.
Según la Organización Mundial de la Salud[1] anualmente mueren por esta causa 726.000 personas en todo el mundo y tienen lugar básicamente en los países de ingresos bajos y medianos (73%). Se materializan a cualquier edad. Aunque con datos relativos al año 2021, es la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años. Son más propios de países de ingresos bajos o medianos (73% del total). En los de ingresos altos se observa una relación entre el suicidio y los trastornos mentales (fundamentalmente, debidos a depresiones y trastornos por el consumo de alcohol), aunque el factor determinante de mayor riesgo es haber tenido un intento previo.
Tomar una decisión de este calibre obedece a la imposibilidad de resolver situaciones estresantes y traumáticas, tanto de orden económico, sentimentales, padecer enfermedades graves o dolores. También vivir en primera persona conflictos bélicos, desastres naturales, abusos y violencia física y/o psicológica, perder a seres queridos o sentirse aislado o en soledad. De hecho, las tasas de suicidio son más elevadas entre los grupos más vulnerables y estigmatizados: migrantes, refugiados, el colectivo LGTBI+, los presos, las personas “sin hogar”, etc…
Según el Observatorio del Suicidio en España, es la causa primera de muerte no natural en nuestro país. Más de 4.000 personas deciden acabar con sus vidas cada año (11 diariamente). Desde la pandemia no ha dejado de aumentar, debiéndonos preguntar sobre las razones de esta realidad, que dejaremos para otro texto en este foro.
A la espera de lo que publique el INE a finales del 2024, en 2022 se produjeron 4.227 suicidios (4.003 en 2021). La cifra más elevada desde que hay informaciones oficiales al respecto, siendo el tercer año consecutivo en que la tendencia es ascendente. Registrándose la más alta tasa de suicidios de nuestra historia: 8,85 muertes por 100.000 habitantes: 13,34 en varones y 4,53 en mujeres.
Si en 2021 fueron especialmente llamativos los suicidios infantiles (22 pequeños y pequeñas menores de 15) en 2022 se contabilizaron 13, si bien aumentaron los de los adolescentes (de 15 a 19 años) con un total de 75 (44 muchachos y 21 muchachas) por delante del año 2021 cuando se desencadenaron 53 suicidios (28 y 25, respectivamente). Es preocupante el aumento de los acometidos por mujeres jóvenes (entre los 15 y los 29 años): 79 en 2021 y 117 en 2022. Otra información reveladora que es que por cada suicidio materializado hay 20 intentos: 80.000 personas.
¿Es posible prevenir los suicidios? Dada su naturaleza multidimensional es arduo complicado, en todo caso mediante intervenciones sociales, grupales e individuales, pues se trata de un grave problema de salud pública, que exige de la articulación de estrategias multisectoriales de largo alcance.
La OMS elaboró una guía al respecto, cuyo título es Vivir la vida[2] en la que plantean una serie de recomendaciones:
“1.º Restringir el acceso a los medios utilizados para suicidarse (por ejemplo, plaguicidas, armas de fuego y ciertos medicamentos). 2.º Educar a los medios de comunicación para que informen con responsabilidad sobre el suicidio. 3.º Fomentar aptitudes socioemocionales en los adolescentes. 4.º Detectar a tiempo, evaluar y tratar a las personas con conductas suicidas, además de hacerles un seguimiento”.
Estas recomendaciones sólo es posible aplicar partiendo del estudio de cada caso concreto, a través una colaboración multisectorial, sensibilizando a la opinión pública, creando cuantos recursos especializados sean necesarios a partir de una adecuada financiación, formando a profesionales…
Es, por tanto, obligada la intervención de la sociedad en su conjunto por medio de los servicios sanitarios, el sistema educativo, el mundo laboral y empresarial, la justicia, las fuerzas de seguridad del Estado, la política y los medios de comunicación, apostando por campañas de sensibilización institucionales ante tan terribles sucesos de seres humanos que se “rinden” en el marco de sociedades que se dicen avanzadas.
Deberían fomentarse programas de prevención en salud mental versus suicidio[3] y unidades de intervención como la existente en algunas ciudades españolas. Fue en el año 2022 cuando el Ministerio de Sanidad puso en marcha la línea de teléfono 024 para ayudar a los ciudadanos con riesgo de conductas suicidas, a sus familiares y a sus redes sociales de apoyo. Desde ese año ha atendido 260.033 llamadas (5.668 tentativas), mayoritariamente de mujeres, con riesgo medio y muy alto. Al mismo tiempo del total de las llamadas 12.846 fueron derivadas al servicio de emergencias 112 por exigir de una atención inmediata.
Es urgente actuar cuanto antes para reducir las tasas de suicidios a nivel global, tal como se apunta tanto en uno de los indicadores de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas[4] (el único relativo a la salud mental), como en el Programa General de Trabajo de la OMS[5] y en el Plan de Acción Integral sobre Salud Mental 2013-2030 de la OMS[6].
Y es apremiante avanzar para que nuestra sociedad sea realmente inclusiva, provea del mayor bienestar a los ciudadanos y a aquellos que, emulando a Ovidio, agitan sus brazos en medio de las aguas sin ver tierra a su derredor, les brindemos nuestra fuerza para que no se ahoguen en la tempestad.
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[1] Véase, https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/suicide
[2] Véase, https://www.paho.org/es/documentos/vivir-vida-guia-aplicacion-para-prevencion-suicidio-paises
[3] Pocos países han incluido la prevención del suicidio entre sus políticas de salud y sólo 38 han activado una estrategia nacional de prevención. En España, dentro de la Estrategia en Salud Mental 2020-2026 se incluye una línea estratégica dedicada a la prevención, detección precoz y atención a la conducta suicida. Véase, https://www.fsme.es/centro-de-documentaci%C3%B3n-sobre-conducta-suicida/programas-de-prevencion/sns/
[4] Véase, https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/objetivos-de-desarrollo-sostenible/
[5] Véase, https://iris.who.int/handle/10665/328843
[6] Véase, https://www.who.int/es/publications/i/item/9789240031029
Hilde Sánchez Morales
Nacida en Ingolstadt Donau (Alemania). Doctora en Ciencias Políticas y Sociología. Catedrática de Sociología de la UNED. Es autora de un centenar de publicaciones sobre los impactos sociales de la Biotecnología, exclusión social, personas “sin hogar”, familia, juventud, inmigración, etc.
Es miembro y secretaria del equipo de investigación del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS) de la UNED. Ha participado en una treintena de proyectos de investigación. Es evaluadora habitual de revistas de Ciencias Sociales españolas e internacionales.
Desempeña tareas de gestión en la UNED desde el año 1996. Ha sido secretaria del Departamento de Sociología III (Tendencias Sociales) y subdirectora del mismo. Asimismo, coordinadora del Máster en Problemas Sociales y del Programa de Doctorado en Análisis de los Problemas Sociales de la UNED.
En el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ha sido coordinadora y evaluadora de becas dentro del Área científica Ciencias Sociales.
Miembro de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida (1997-2010), vocal de la Comisión de Bioética de la UNED y Vocal Titular del Foro Local de “Personas sin Hogar” del Ayuntamiento de Madrid.
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