Entre los muchos conflictos militares y geoestratégicos con el peligro que deriven en bélicos, hay dos que generan especialmente preocupación, no porque unos muertos importen más que otros, sino por el temor que escalen y se conviertan, prácticamente, en enfrentamientos globales con lo que esto significaría a nivel humanitario, pero también sus efectos políticos, económicos y sociales que se derivarían. Hablo de Ucrania y de Gaza, para poner nombre a agresiones centrándolo en sus principales perdedores. La invasión de Ucrania por parte de una Rusia que pretende rememorar el sueño imperial de los zares y de la Unión Soviética, es también el resultado de la impericia occidental a la hora de ayudar a reubicar a Rusia en el marco global después de la implosión del sistema comunista. Más allá de las manías de Putin, ni la OTAN ni la Unión Europea han tenido estrategia ni tacto para incorporarla, o bien no hacer movimientos que la pudieran hacer sentir sitiada. No ha sido una buena idea llevar soldados y armamento a sus puertas, tratando al país como enemigo durante las últimas décadas. Para Europa, el seguimiento acrítico de la estrategia norteamericana de aislar a China neutralizando a sus aliados, ha resultado nefasto. Tanto con un país como con otro, Europa debe comerciar y colaborar, no buscar el enfrentamiento. En estos momentos la guerra de Ucrania está empantanada y cada vez toma más vuelo. La resistencia sólo se sostiene con la profusión de armamento y recursos que envía Europa Occidental. Una guerra que, en modo alguno, puede ganarse porque Rusia que es una potencia nuclear, no la puede perder. La escalada verbal y bélica va haciendo un in crescendo, y se corre el peligro de que tome mucha mayor dimensión. Líderes europeos, día sí y día también, apelan a aumentar el gasto militar y prepararnos para la guerra. Un escenario, éste, que acabaría siendo dantesco. En el tema de Ucrania, o bien se fuerza a una salida pactada, o no tiene salida. Las soflamas de guerra poco aportarán a la solución del problema.