Ética y política
- Escrito por José Félix Tezanos
- Publicado en Opinión
Los partidos de la Segunda Internacional fueron especialmente sensibles a las dimensiones éticas de la política. Y lo fueron por dos razones: una era intrínseca a los ideales del socialismo, como concepción basada en un proyecto de transformación social que aspiraba a reconstruir la convivencia sobre la base de ideales de equidad, solidaridad, justicia social, etc. Ideales que estaban en las antípodas de un mundo estructurado en criterios de egoísmo interesado y de legitimación de “la explotación de los hombres por los hombres”, como repetían los clásicos. Lo que condujo a unas horribles condiciones de desigualdad y de pobreza.
Las propias estrofas del himno de la Internacional hablaban de un mundo en el que no habría ni amos ni esclavos y en el que los hombres serían “hermanos” fraternales con un proyecto inspirado en principios morales que harían de esta tierra un paraíso.
Y a esta dimensión moral inicial se unía el compromiso de que los representantes de los partidos socialistas asumirían comportamientos políticos intachables, y apartados de los politiqueos de aquellos que solo miraban por sus intereses egoístas.
Los orígenes del PSOE
Los fundadores del PSOE siguieron al pie de la letra estos criterios, bajo una influencia importante de la figura de su principal fundador: el tipógrafo Pablo Iglesias Posse.
El primer Presidente del PSOE fue una figura singular, que había tenido experiencias personales muy dolorosas. Después de la muerte de su padre, su madre decidió trasladarse desde Ferrol a Madrid, donde tenían un pariente que trabajaba en casa de una familia noble. Y con sus pocas pertenencias emprendieron camino a Madrid recurriendo al único procedimiento accesible económicamente para ellos. Es decir, caminando junto a un carruaje en el que trasladaban sus pertenencias y donde podía descansar su hermanito pequeño −un bebé− y ocasionalmente su madre.
En las organizaciones socialistas ética y política son las dos caras de una misma realidad, inspirada en un proyecto de progreso, libertad y emancipación humana, que requiere del concurso de personas dispuestas a mantener un compromiso alejado radicalmente de cualquier forma de corrupción. Caiga quien caiga.
Después de varios días de viaje, al llegar a Madrid descubren que su familiar había fallecido; lo que obligó a la madre a ponerse a lavar ropa en el Manzanares, mientras intentaba cuidar al bebé, en tanto que el pequeño Paulino −Iglesias− es internado en el Hospicio, donde le enseñan el oficio de tipógrafo. Al principio, el pequeño Paulino se dedicaba a llevar y recoger las pruebas de imprenta a los clientes. Y en cuando le daban alguna propina corría con todas sus fuerzas para llevársela a su madre, como ayuda, volviendo a la carrera al Hospicio. Aunque su hermano acabó muriendo, la madre tuvo que continuar sirviendo, mientras Paulino aprendía su oficio, en el que acabó siendo un buen tipógrafo, hasta que las relaciones con el regente de la imprenta acaba- ron explotando debido a la prohibición de salir −y poder acompañar a su madre− un día de Navidad. Con lo cual, el pequeño Paulino se escapó, pasó la noche de Navidad con su madre, y desde entonces −con 12 años− se buscó la vida como pudo. Lo que le llevó a desarrollar una fuerte conciencia reivindicativa, acabando siendo elegido, pese a su juventud, Presidente de la célebre agrupación sindical “Asociación General del Arte de Imprimir”, la cuna de un gigante (el PSOE).
Estos recuerdos biográficos −similares a muchos otros− no resultan ociosos, en la medida que permite entender cuáles fueron las condiciones de vida, y cómo se forjó el carácter de aquellos hombres que poco a poco fueron construyendo una gran organización política, el PSOE, y su correlato sindical, la UGT. Con tesón, austeridad, honestidad y una gran vocación de servicio.
Honrados versus ladrones
Pablo Iglesias Posse siempre insistió en que para los puestos de representación “había que elegir a los compañeros más honrados e intachables, y luego −añadía− hay que vigilarlos como si fueran unos ladrones”. Es decir, había que garantizar que en todo momento los que ocuparan puestos electivos fueran honrados a carta cabal, evitando cualquier desviación de tal ideal.
Algo a lo que Pablo Iglesias fue fiel toda su vida, ante la desesperación de los poderosos y de unas derechas extremas que −ayer como hoy− no paraban de lanzar infundios con los que intentaban erosionar el prestigio moral y político de aquel “don nadie” que había contribuido a poner en marcha una organización ejemplar que defendía ideales de justicia social y democracia.
Las derechonas de aquellos tiempos se inventaban mil patrañas, a veces disparatadas. Decían que Pablo Iglesias Posse tenía un abrigo de pieles lujo- so con el que hacía sus viajes de proselitismo “bien calentito”; como si eso fuera malo. O que, pese a que aparentaba viajar en compartimentos de tercera clase en sus viajes en ferrocarril, lo cierto −decían− es que en cuanto el tren salía de la estación, y quedaban atrás los compañeros que le acompañaban hasta su vagón, Pablo Iglesias se trasladaba desde su asiento de tercera a uno más confortable de segunda clase, o incluso a veces lo hacía −denunciaban− en primera clase. Lo que a las derechonas de la época debería parecerles el culmen de la degeneración corrupta de aquel tipógrafo, que incluso se atrevía a escribir “libros” postulando ideas democráticas.
Las derechonas de nuestros días tienen una obsesión casi freudiana en intentar destruir el prestigio moral y político de los líderes y gobernantes socialsistas y de izquierdas
Aparte de lo disparatado de aquella distribución en tres clases de los pasajes en los trenes y de su obsesión por el frío que pasaban algunos, sobre todo los que viajaban en tercera clase, la inquina hacia Pablo Iglesias Posse fue tal que cuando él era el único representante del PSOE en el Parlamento español –merced a esos primeros 40.000 (votos) “actos de virtud” (según recalcó Ortega y Gasset)– fue objeto de varias agresiones por parte de aquellos a los que no les gustaban sus discursos. Lo que dio lugar a la costumbre de que todos los días Pablo Iglesias Posse fuera acompañado al Parlamento por un grupo de silenciosos trabajadores.
Pablo Iglesias Posse dedicaba todos sus ingresos como parlamentario a la causa del socialismo y nunca tuvo ni siquiera una vivienda propia, hasta que, en el tramo final de su vida, ya bastante enfermo, sus compañeros del PSOE adquirieron por suscripción colectiva una vivienda en la calle Ferraz de Madrid, en la que vivió los últimos años de su vida. Vivienda que estaba en el mismo lugar donde ahora se sitúa la sede federal del PSOE.
Santos laicos
Pablo Iglesias Posse y los primeros socialistas eran tan estrictos en sus comportamientos personales, que con frecuencia eran calificados como “santos laicos”. No bebían, ni malgastaban sus parcos salarios en tabernas ni otros lugares de diversión y continuamente hacían apostolado socialista, en una época en la que la propensión a la bebida, a veces como escape a las duras condiciones de trabajo, daba lugar a auténticas tragedias familiares, si una vez cobrados los jornales semanales algunos se gastaban su paga, o buena parte de ella, en emborracharse en alguna taberna. Por eso, se vigilaba que ninguno de los afiliados del PSOE cayera en esas costumbres, y si lo hacía era inmediatamente expulsado del PSOE.
Una pulcritud moral y personal tan extrema era objeto de chanzas por los prohombres de la derechona, que se burlaban de la poca “viribilidad” de aquellos líderes sindicales y políticos, a los que tachaban incluso de fanatismo moral. De hecho, uno de los principales rasgos distintivos de los socialistas era aquella moralidad estricta que tenía su correlato en la forma de desempeñar los puestos de representación pública. Lo que permitió que en los años de la Segunda República el PSOE y la UGT se convirtieran en organizaciones políticas y sindicales formidables. Con el desenlace trágico que conocemos.
Las derechonas de nuestro tiempo y las estrategias de denigración política
No deja de resultar curioso −casi freudiano− que las derechonas de nuestros días hayan heredado rasgos y costumbres propias de aquellas épocas y continúen obsesionadas en intentar destruir el prestigio moral y político de los líderes socialistas.
El primero que padeció tal proceder, hasta llegar a sufrir un auténtico linchamiento moral y político, fue Adolfo Suárez; pese a que no respondía a los ideales de los internacionalistas, pero que fue visto como un traidor a los intereses y postulados de la derechona. Y, después de que aquella derechona lograra cobrarse su pieza, todo lo que ha venido después no ha sido más que una repetición del mismo guion; por más que algunos de los que lo sufrieron en su momento parece que lo han olvidado casi por completo. E incluso se prestan a colaborar con las estrategias de denigración extrema que algunos orquestan recurrentemente como parte del modelo de defensa de sus intereses políticos, económicos y sociales.
La desmesura con la que Felipe González, primero, y José Luis Rodríguez Zapatero, después, sufrieron el acoso moral y político a sus gobiernos, no fueron más que operaciones experimentales de todo lo que Pedro Sánchez ha sufrido después. Con ciertas diferencias en los tiempos y en los modales, que no son ociosas. Y que reflejan la desesperación de unos poderes y personajes que no dudan en recurrir a los modos y modales más extremos, sin recatarse del uso de insultos y mala educación. Algo que Pedro Sánchez ha sufrido desde el primer instante, hasta extremos descarnados, con despliegue de descalificaciones personales, familiares, institucionales y morales, en un proceder que se ha convertido en un modelo estructural de bunquerizar determinados poderes y privilegios. A veces incluso intentando captar para su causa −o implicar− a quienes vienen −o venían− del campo contrario. Algo que hace relamerse de gusto a ciertos personajes de las tecnoestructuras mediáticas y económicas de los poderes de nuestra era.
Poderes que, en su más reciente evolución, parecen dispuestos a saltarse a la torera las leyes básicas de la democracia, cuestionando los resultados legítimos de las urnas, boicoteando incluso la capacidad decisoria de las mayorías parlamentarias, con unas formas de proceder que bordean el terreno del autoritarismo. Lo que es una forma más de degradación moral y política.
José Félix Tezanos
José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.