Las interpretaciones sobre lo acaecido en los últimos días en la escena política española son múltiples. Pero, desafortunadamente, son legión las que muestran incapacidad para comprender el significado profundo de lo ocurrido. Esto no ha sido fruto de una personalidad política hastiada por las ofensas a su familia de una oposición a la que considera antidemocrática. No. No solo. Si apartamos la hojarasca que la inercia mediática ha depositado sobre los cinco días de reflexión propuestos –tras diez años de ataques ad hominem y descalificaciones, parece un plazo razonablemente humano para meditar– lo que la ciudadanía demócrata percibe es una apelación moral a detener la escalada hacia ninguna parte emprendida por connotados individuos y partidos políticos, numerosos medios, señaladamente digitales, y una serie periodistas y de jueces. Y, también, una demanda para preguntarnos si era esta deriva, este turbión de palabras e imágenes enloquecedoras, descalificadoras y odiosas sin sentido, esta antipolítica, lo que nuestra democracia demandaba para hacernos más felices, que es de lo que se trata. Porque, cada hora que pasaba, el malestar se hallaba más extendido, sobre todo, en las grandes ciudades de nuestro país. Y este malestar tiene efectos que comprobamos a diario aunque muy pocos parecen indagar en sus causas.