Aunque el turismo es una actividad que se ha desestacionalizado y se practica durante todo el año, cuando llega el verano al sector se le hace la boca agua al ver cómo, este año también, batiremos récords de visitantes, como si eso fuera un beneficio para todos, lo cual dista mucho de ser cierto. Nunca tienen suficiente. En 2024, visitaron España 90 millones de extranjeros. Más que nunca. Esta temporada, ya prácticamente todo contratado, lo superaremos y probablemente desbancaremos a Francia como la primera potencia turística mundial. Todo un logro. A Barcelona llegan 30 millones de visitantes (si contamos extranjeros y nacionales) y poco importa el efecto sobre una ciudad que ha sobrepasado, con creces, su capacidad de carga. Una industria que aporta, casi, el 15% del PIB. Dicen que es nuestro petróleo, pero, como este, solo proporciona una riqueza aparente y los efectos colaterales son demasiado importantes como para no tenerlos en cuenta. En realidad, es una opción económica muy frágil, débil, que genera riqueza sobre todo para compañías aéreas, plataformas de internet y grandes grupos hoteleros que no están radicados aquí, mientras nos deja unas pocas monedas en el destino, deteriora la economía y las condiciones sociales. Las ciudades de Cataluña con rentas medias más bajas son aquellas especializadas en el turismo. El secreto de esto: los bajos salarios que se pagan y los contratos temporales. Desde el punto de vista económico, la especialización turística es siempre una apuesta perdedora, para el territorio y para su sociedad. Requiere flujos de trabajadores recién llegados dispuestos a trabajar en condiciones de semiesclavitud. Esta es la realidad.