El placer está en la víspera. Y el temor, también. Asistimos a la víspera de una nueva sinfonía de sangre en el Medio Oriente. La iniciativa de su “inexorable” efusión se atribuye a priori a Israel y su destinatario sería Irán. Con ello se da por hecho que Benjamín Nethanyahu y los generales que le rodean tienen fuero para desencadenarla, a la escala que sea: el ataque con misiles iraníes contra Tel Aviv la semana pasada justificaría la vendetta israelí, todo lo desproporcionada que se quiera. Se olvida que Israel lleva años asesinando científicos iraníes, bombardeando instalaciones nucleares y centros de investigación, matando dirigentes políticos como Ebrahim Raisi, presidente de la República islámica de Irán o su ministro de Exteriores, Abdollahian; diplomáticos, como los de la Embajada de Irán en Damasco o cuadros de la Guardia islámica Pasdarán, si no fue el mismo Nethanyahu quien forzó a Trump a decidir asesinar al general Qassem Soleimani, líder de la Brigada Al Qods y sucesor de facto del Guía islámico Alí Jamenei, en Bagdad… entre muchos otros casos.