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12 de octubre: desfile contra efeméride


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La fiesta del 12 de octubre tiene como origen la iniciativa del gobierno de Cánovas del Castillo, en 1892, en coincidencia con el cuarto aniversario del descubrimiento del nuevo mundo al otro lado del océano Atlántico, cuando al parecer el objetivo del viaje era el territorio de las Indias. La reina regente María Cristina de Habsburgo Lorena, en minoría de edad de su hijo Alfonso XIII, promulgó el decreto de fijación de la fecha de 12 de octubre como fiesta nacional.

Más recientemente, ya reinstaurada la democracia, se declara fiesta nacional de España, mediante ley de 7 de octubre de 1987. Hasta avanzada la segunda década del siglo XX, no se incorpora el Ejército a los festejos que acompañan la efeméride. En los últimos años, la corriente sentimental del descubrimiento o del encuentro de los mundos, como gusta la opinión dominante penúltima, toma en Madrid una menor incidencia en beneficio de la exaltación del Ejército como garante no ya de la unidad de la nación española, sino de la posibilidad institucional del carpetazo a excesos y extravagancias en el orden político.

La presencia del Rey y su familia, el gobierno, los ejecutivos autónomos y otros poderes del Estado, no opaca la presencia del gran público que tiene por misión la admiración a las unidades militares y, por otro lado, la manifestación contraria a la acción del gobierno socialista de coalición. La separación física de las posiciones del público de las localidades de destino de las autoridades no termina de lograr el objetivo de desaparición del mal gusto de la crítica acerba contra Pedro Sánchez, jefe de gobierno, hacia el que va dirigido el grueso de las pitadas recriminatorias.

La repetición, año tras año, del escenario de protestas rebaja sustancialmente el presunto colorido del aniversario que gusta de rememoraciones de contenidos discutibles al menos entre la presidencia de México y la representación española. El olvido de los fastos folklóricos del descubrimiento y los encuentros de los mundos en beneficio del alumbramiento y oportunidad del denuesto contra el gobierno legítimo hace difícil la digestión de la presencia de las fuerzas armadas en la fiesta de inflamación histórica.

Prima la anécdota del desfile sobre la categoría de la fiesta, cuál será la mascota del cuerpo de la Legión en esta edición, el color del uniforme de regulares, la precisión del vuelo del paracaidista, la nitidez de los colores rojo y gualda en el firmamento madrileño... y los silbidos sonoros contra el gobierno que no voté y que no representa a España. Cuenta el novelista e historiador alemán Philipp Blom, en “La fractura” (Anagrama, 2015), que el célebre piloto fascista Italo Balbo viajó con una escuadrilla a Chicago, en agosto de 1933, para causar una enorme impresión, que llevó incluso a poner su nombre a una avenida de la ciudad.

El poeta e ideólogo no menos fascista Filippo Marinetti, hinchó el pecho para decir ante el acontecimiento “escuchad la música del cielo, con sus melodiosos órganos del orgullo, los vibrantes taladros de los mineros de las nubes”. Más burdo es el tono del paseo de la Castellana, pero existe también un riesgo de explosión de deseos y voluntades con el pretexto de los descubrimientos y los encuentros.

Los símbolos pueden aparecer en todo momento en primerísimo lugar para empujar el calendario al vertedero de la historia en beneficio del cronómetro del minuto lleno de los 160 pasos de las fuerzas de la Legión, pecho y camisa de sarga resistente hasta el límite textil. Fiesta nacional con preponderancia militar con la compañía de la expulsión de humores anti democráticos.

 

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.

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