Bajamar electoral
Escribía Goya y Lucientes que el sueño de la razón produce monstruos. Y son monstruos que se vislumbran despiertos. En estas pasadas elecciones europeas era previsible la bajamar electoral. Y en bajamar, según qué mareas, es fácil percibir distorsionadas las magnitudes de las cosas. El principal escollo en unas europeas es la participación. En todas partes. Esto quiere decir que hay quienes con buena voluntad piensan en votar, pero llegado el momento no encuentran la razón ni el motivo. Unas elecciones europeas, siendo lo importantes que son, no son motor. Se necesitan razones importantes para movilizarse y, en experiencia histórica, las europeas se perciben con un efecto tan políticamente placebo que tradicionalmente han sido las elegidas para castigar “sin daño”. Un ejemplo meridiano fueron las elecciones europeas de 1994, que quedaron como un sándwich entre las generales de 1993 y las de 1996. El electorado socialista se desmovilizó en las europeas para volver al pulso ideológico en el 1996. Entonces ganó el PP, pero el PSOE conservó su fuerza electoral tras el “castigo” de las europeas.
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