El debate senatorial sobre las esposas de los gobernadores en tiempos de Tiberio
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Cultura
En el año 21 d. C., en el Senado se discutió la petición de Tiberio para que el Senado nombrase un procónsul experto en cuestiones militares, así como con buena salud para hacerse cargo de la provincia de África. Al parecer, había problemas por las correrías de Tacfarinas. En el año 27 a.C. Augusto había devuelto al Senado la facultad de nombrar a algunos gobernadores o procónsules para algunas provincias, por el sistema de sorteo, las denominadas senatoriales, mientras que en otras sería el emperador quien nombrase a los gobernadores. Se trataría de las provincias donde hubiera más problemas de tipo militar, aunque, como hemos visto, en el caso citado, se permitía al Senado elegir procónsul para una provincia que estuviera viviendo complicaciones. De todas las maneras, era muy normal que cambiase la forma de elegir gobernador para una misma provincia; en el mismo mandato de un emperador una provincia podía ser senatorial o imperial en distintos momentos. La única gran excepción fue Egipto, donde los emperadores enviaban un prefecto del estamento ecuestre. Estas distinciones entre provincias de un tipo y de otro, así como de las distintas funciones de los gobernadores, no eran tan rígidas como pudiéramos pensar. Pues bien, se debatió esta cuestión, que fue aprovechada para una intensa discusión iniciada por Sexto Pompeyo contra Marco Lépido para que no fuera incluido en el sorteo para el gobierno de Asia. Para el caso de África se decidió que el César nombrase a quien deseara, por lo que comprobamos lo que venimos afirmando sobre el cambio de status de las provincias. No sería muy aventurado afirmar que el Senado, ante los problemas de orden de esta provincia, pensara que fuera mejor que Tiberio nombrase al gobernador.
Y ese en este momento cuando comienza nuestra historia, ya que Severo Cecina solicitó al Senado que no se permitiese a ningún gobernador llevar a su esposa consigo cuando fuera destinado. Nuestro senador expuso que, aunque nunca había tenido conflictos con su propia mujer, siempre había decidido dejarla en Italia cuando marchaba a encargarse del gobierno de distintas provincias, servicios que le habían ocupado hasta cuarenta años. El argumento de su petición se basaba en la costumbre romana de que no se llevara a las mujeres a las tierras de los aliados ni a provincias, porque las mujeres estorbaban las misiones de tipo político por sus “excesos y disoluciones”, así como a las campañas militares por su naturaleza temerosa. Para Cecina el sexo femenino era “no solamente flaco y poco apto para los trabajos, sino que si se le deja la rienda, cruel, ambicioso y deseoso de mandar”. Para apoyar su discurso puso el ejemplo de Plancina que presidía ejercicios militares de las legiones, sin avergonzarse. En el caso del mundo administrativo y de gobierno se habría probado, siempre según Severo Cecina, que la mayor parte de las quejas por corrupción estaban relacionadas con las mujeres, ya que las personas más ruines de las provincias se acercaban a ellas, imaginamos que para obtener favores del poder. Por último, le preocupaba cómo las mujeres tendían a mandar, a gobernar y a disponer de todo, sobre todo desde que se habían derogado las leyes Oppias, donde, como sabemos por otro trabajo, se habían puesto muchas limitaciones a las mujeres en la época de crisis con los cartagineses.
Las ideas de Cecina reflejan la tradicional concepción romana sobre la mujer, de supuesta inferioridad por su supuesta naturaleza perniciosa y por su falta de valor. Cecina pertenecería a la corriente de opinión de largo alcance temporal que observaba con pavor la mayor independencia de las mujeres y el creciente papel social, económico y político que estaban adquiriendo. Es muy interesante la alusión a la legislación suntuaria y de control de las mujeres en la época de las Guerras Púnicas y, especialmente, su derogación, porque “limados ya los hierros” se habían lanzado a la supuesta conquista de poder o de mayor espacio en la vida pública. Esta opinión puede ser denominada arcaizante, aquella que pretende la recuperación de una época dorada en que las mujeres estaban bien sujetas y tuteladas. Los cambios y la evolución, que hemos descrito, brevemente, en los otros artículos anteriores de esta serie, se ven como negativos, perniciosos.
Pero Cecina se quedó muy solo en el Senado. Otra forma de pensar, más acorde con la evolución de la sociedad romana, se reflejó en la institución, y es la que terminará por triunfar en el debate. La réplica fue dada por Valerio Mesalino, hijo de Mesala. El primer punto de su argumento tiene que ver con la constatación del transcurso del tiempo y las circunstancias cambiantes que se producen. Roma no se encontraba en una situación de extrema dificultad militar. Puede estar aludiendo a que no era necesario resucitar una legislación extrema como la que se dio con las leyes Oppias, aunque seguramente, quiere expresar que, al no haber guerras importantes, no habría razón alguna para impedir que marcharan las mujeres con sus esposos, porque admite que a la guerra se debía ir sin “embarazos”. De todas las formas, en su discurso habló de cómo dicha legislación se había moderado con el tiempo. Se podían conceder a las mujeres algunas cosas por sus propias necesidades, y que no tenían porque ser gravosas a sus maridos, ni a las provincias. Las mujeres serían la “recreación” más honesta que se les podía dar a los hombres. Era verdad que había ejemplos de mujeres ambiciosas y avariciosas pero también había hombres que como magistrados se conducían por pasiones desordenadas. Así pues, siguiendo su argumento, no se podrían mandar gobernadores a las provincias.
Mesalino quería demostrar que la responsabilidad de la flojedad de las mujeres la tenían sus esposos. La vigilante guardia del marido era garantía de la conservación con honor de los matrimonios. El peligro sería mayor si se las dejaba solas por mucho tiempo cuando sus maridos marchaban a las misiones oficiales. Las mujeres quedarían en una situación cuasi parecida a la que acontecía después de un divorcio. Mesalino representa una actualización del pensamiento y concepción sobre la mujer romana. Se sigue considerando que posee una naturaleza más débil, y se continúa pensando en las ventajas de la tutela masculina pero hay alguna matización, en el sentido de considerar que las pasiones negativas no eran patrimonio femenino. Los hombres podían cometer los mismos errores, pero no por ello se les impedía ir a gobernar provincias. Podemos relacionar estas ideas, tanto las de la evolución legislativa, como las de cierta revalorización de la mujer, con lo que hemos estudiado en otros artículos anteriores. Las leyes debían cambiar por haber situaciones distintas, y los vicios públicos o privados podían ser semejantes entre hombres y mujeres, teniéndose que buscar sus causas en otros factores.
Pero aunque esto suponga una revalorización de la mujer no podemos olvidar que, para nuestro autor, convenía que la esposa estuviera cerca del marido, ya que, queriendo evitar las consecuencias negativas derivadas de la presencia de las esposas de los gobernadores en las provincias, los peligros se podían dar en Roma, donde las mujeres de estos magistrados se quedaban solas. Este sería un ejemplo de lo que hemos defendido sobre los cambios relacionados con las mujeres de clase alta en Roma. Por mucho que consiguieran un mayor grado de libertad, y es indudable que la mujer romana de elevada condición no tuvo parangones en ninguna cultura antigua, siguió teniendo un papel secundario y subordinado, y no se dejó de pensar en su naturaleza como distinta y peor que la del hombre.
Por fin, Druso también intervino en el Senado, aludiendo a ejemplos de misiones lejanas en las que Augusto marchó con Livia. Él mismo había realizado misiones acompañado de su esposa. Pero, al final de su discurso, dará otro argumento que puede ser interpretado de dos maneras. Si se le prohibiría ir con su esposa fuera de Roma, no lo podría hacer con el “ánimo quieto”. Puede pensarse que se iría temiendo dejar sola a su esposa, por lo que coincidiría con la postura de Mesalino, pero, creemos que hay una razón más personal, más relacionada con los sentimientos, porque nos cuenta Tácito que aludió a su esposa, como amada. En este sentido, podría ser interesante el estudio sobre el amor, empezando con Ovidio, pero esto ya supera el modesto objetivo de este trabajo.
En conclusión, la propuesta de Severo Cecina fue rechazada.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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