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El pueblo herido frente a la Pinocha


  • Escrito por Diego Medrano
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

El grito blanco –el de la sanidad pública y maltratada- discurrió este domingo pasado entre cuatro coronarias perfectamente situadas en el mapa civil: norte (Nuevos Ministerios), este (Hospital de la Princesa), sur (Atocha) y oeste (Ópera). Cada escáner una batucada, cada radiografía un silbato, cada resonancia una bocina. El baile o desfile de las batas blancas por el bien común llenaba el aire quieto con pañuelos. La rebelión de un pueblo contra la Pinocha, líder que les miente, en todo momento en su centro, simbolizada en el títere gigante, ninot de ful, cuya narizota crecía a cada paso. Según Delegación del Gobierno, doscientas mil personas; según la Organización, cincuenta mil más a esa cuenta.

Hubo minutos de silencio, gritos desgarrados por destinos fijados sin antelación, bajas a las que lleva la ansiedad, esos 1.700 euros que gastan otras comunidades por habitante y que en los Madriles queda en 1.300 euros, si llega. La sanidad como derecho y no como negocio. Muy fuerte se le decía a la Pinocha que una videollamada no era ni podía ser una exploración con garantías. Centros desmantelados, sin material ni guardias, población envejecida, un muerto posible en el pasillo que puede ser cualquiera, falta de aire por todas las partes de la bata blanca, bocas abiertas, el corazón en un puño. No más derechos robados, se oía, los centros de salud no son locutorios. No más vestir a un santo con la ropa de otro: ochenta hospitales que pretenden cubrirse con el personal de cuarenta. La marea blanca –batas, fonendos- venía a decirle a la Pinocha que el camino de la chapuza es el del dolor, y que el asesinato civil existe donde el colapso es siempre el primer tiro. ¡No más enfermeras y celadores sin médico cercano! ¡No!

Se pedía a gritos, a los tacones de la Pinocha, turnos acabalgados, lo contrario a veinticuatro horas seguidas de currele sin descanso. La privatización sanitaria solo llevará a dos terrenos, beneficencia por un lado, seguro privado por el otro. Así la sanidad se defiende, no se vende, en un domingo donde Madrid fue la hemorragia del país entero, la perdida de talento constante en médicos fugados al extranjero y sin vuelta. Un R1, un médico residente base, aquí entre novecientos y mil doscientos; a partir de tres mil quinientos en Alemania. Mucha gente sin aire, salvo la Pinocha, por encima de la muchedumbre y con vista privilegiada. La ecuación del Consejero Ruiz Escudero (médico + enfermera + celador) parece no existir en ninguna parte. Un diagnóstico que no llega a tiempo es una muerte regalada y en caliente. No más citas desde hoy para el 2025.

Madrid es una bata vacía que pide un contrato serio y ninguna sobrecarga en sus disposiciones; un muñeco enorme llevado en volandas por la masa con ganas de prenderle fuego hasta que diga toda la verdad. La Pinocha sabe que una sanidad sin seguridad ni protocolos ni competencias jurídicas siempre será débil; que una enfermera sola, sin médico ni asistentes, es otra soga que cuelga del techo para el invitado a la misma. No, no y no: la atención directa no es una llamada telefónica. Las cuatro coronarias (norte, este, sur, oeste) desembocan en una Cibeles donde el mármol le dice al cartón del ninot, a la narizota y sonrisa de la Pinocha: “Hoy, amiga, comienza el cambio en Madrid”. “¿Dónde está el hospital cada quince minutos que prometió toda esta gente?”, preguntan octogenarios temblones, algunos con andador, agarrados fuertes a sus derechos con venas por donde corren balas, como ojos de escopeta o ametralladora, jamás resignados.

La Pinocha, la muñeca entre tambores, tiene frente a ella a todos los saldos de la Atención Primaria. Enfermeros con contratos de un día, médicos por horas, la salud a sorbos, una excusa como cualquier otra para seguir matando. La Pinocha tiene al espaldar las nuevas enfermedades de este tiempo coranovirus, al peto una población envejecida no dispuesta a ser pisada por pobre, a los lados todas las voces en el extranjero que asienten, mueven la cabeza como los perritos en los coches a la altura del maletero, dicen que todo es verdad mientras explican las causas de su huida. La Pinocha sufre la asfixia, cata de aire acorralado, de abajo hacia arriba, como toca desde la Revolución Francesa. El ciudadano no puede ser siempre un cliente, eso no vale, hiede el lucro.

Madrid desde su plaza histórica habla en voz alta: los leones empujan el carro pero quieren salirse de la piedra para devorar a la Pinocha. El pueblo herido tiene memoria: sanidad y educación fueron las dos cuerdas del arnés con el que salieron del hoyo. Todos los barrios pobres, todos los hogares vulnerables, están aquí para acompañar a las batas blancas, ángeles custodios. Sin sanidad no es posible la salud, no hay más, y así la vida empieza por un médico, un maestro y un techo con un trozo de pan. Madrid quiere debate, consenso y un proyecto donde nadie haga lo que no debe. El pueblo pasea a su Pinocha pero todavía le guarda respeto, podría ser hasta un homenaje, igual que cualquier mendigo cabe dibujarlo como un rey al revés. Madrid vuelve a ser pueblo: mucha gente unida por un fin para todos, el bien común, donde no hablamos de individualidad alguna, todo es lo que une y nos separa. Algunos ven una lágrima grande, enorme, bajar desde los ojos de la Pinocha, para llenar el estanque de Cibeles como único perdón posible.

 


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