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El esperado triunfo de Lula desafía su capacidad de negociación


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UNA AJUSTADA VICTORIA

La noticia del triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en el ballotage de las elecciones presidenciales de Brasil el pasado domingo 30 de octubre no fue sorprendente, siendo otra vez lo novedoso el alto porcentaje de apoyo que alcanzó el saliente presidente, Jair Bolsonaro, al punto que el primero logró un 51,9% de apoyos frente al 49,1% de este último.

En buena medida deberíamos reiterar lo expresado en nuestra anterior nota al analizar la “primera vuelta” de las presidenciales brasileñas, cuando nos permitimos anunciar el triunfo de Lula en el ballotage, pero a su vez advertir el alto y sorprendente apoyo logrado por la derecha expresada por Bolsonaro, quien por lo pronto constituirá la primera minoría en el Congreso. Si al grupo del Partido Liberal del presidente saliente se le suman los sectores de centro-derecha que le dieran apoyo en su Gobierno, ese conjunto alcanzaría una mayoría opositora en ambas cámaras del Parlamento de la mayor nación latinoamericana.

La segunda vuelta electoral aún más ajustada que la primera en la diferencia entre los dos líderes de los extremos brasileños, significa asimismo un menor margen de acción para el viejo líder de los trabajadores que el que surgía de la propia limitación de su representación parlamentaria, por cuanto se ha expresado con mayor claridad la división de opiniones en Brasil, al menos respecto de los dos liderazgos enfrentados.

La imagen de Lula quedó teñida de los problemas de falta de transparencia, por decirlo de un modo más suave, circunstancia que posibilitó que un Bolsonaro, también con una imagen negativa producto de su permanente actitud transgresora, también para expresarlo de una manera eufemística, hiciera una gran elección, aún en la derrota.

En suma, con una derecha que se reagrupara con el centro derecha como grupo opositor firme y dado el archipiélago de expresiones políticas que componen el congreso brasileño, Lula encontraría demasiados obstáculos para gobernar, al menos si pusiera en marcha un programa relativamente rupturista. Pero al mismo tiempo, existe una gran confianza en la enorme capacidad negociadora y componedora del experimentado y reelecto presidente brasileño, por lo que se entiende que con un perfil más moderado que el de otras expresiones tradicionales del Partido Travalhista, podrá alcanzar un grado razonable de gobernanza.

Lo que está claro es que Bolsonaro intenta proclamarse a sí mismo como líder de la oposición, sin dejar margen todavía a nuevas figuras, posiblemente un poco más moderadas, que podrían lograr apoyo de varios sectores del centro que prefirieron la opción de Lula.

En ese sentido, pareciera que el centro (ya fuera un tanto corrido a la izquierda o a la derecha), expresa la auténtica mayoría brasileña, y eso constituye -en la medida en que la política sepa tomarlo en cuenta y a su vez aprovecharlo- la garantía de estabilidad del sistema democrático brasileño, junto, claro, con el balance de poderes, el control de la justicia y el ejercicio de la prensa libre como auténticos contrapesos en los estados democráticos modernos.

De esa realidad Lula tomó nota al designar su acompañante de fórmula, el electo vicepresidente Gerardo Alckmin, del Partido Socialista Brasileño, de corte liberal y más al centro, y antiguo oponente suyo en segunda vuelta en las elecciones presidenciales de 2006, y al sumar los apoyos del histórico ex presidente Fernando Henrique Cardoso, de la socialdemocracia brasileña, y -ya en el ballotage- el de la senadora Simone Tebat, candidata en primera vuelta del Partido Democrático Brasileño (PDB), quien además sería parte de su equipo de Gobierno. Es claro entonces que la habilidad y experiencia del veterano ex líder sindical pueden perfectamente permitirle enfrentar exitosamente el desafío. Vale recordar que, tradicionalmente, el PDB brasileño ha sido en el Congreso de su país árbitro y componedor para los distintos gobiernos, al no existir mayorías parlamentarias definidas.

Ello implica para Lula seguramente resignar objetivos maximalistas y buscar consensos. Por caso y como ejemplo de lo que sería un reformismo atenuado, como anticipábamos en nuestra nota pasada, el nuevo gobierno debería aceptar la controvertida reforma laboral de los tiempos de Michel Temer, que promueve un sistema de empleo más flexible, aunque posiblemente atenuando sus rasgos más pro empresarios, dejando aquéllos que se justifican por la necesidad de adaptarse a un mundo competitivo.

En cambio, Lula no debería enfrentar, también apelando a su capacidad de gestión de consensos, mayores barreras en el aumento del gasto social, sin salirse de los límites presupuestarios, en la medida en que el propio Bolsonaro aumentó el gasto en asistencia social en el último año de Gobierno, aunque más no fuera en función de intereses electoralistas.

Un terreno en el que Lula puede sentirse más firme será el de la cuestión ambiental, donde ha prometido actuar en favor de los acuerdos internacionales en la materia y, por lo tanto, en la protección de la Amazonia, en contrario de la gestión Bolsonaro que licuó los controles y las limitaciones a la especulación privada en favor de una abierta explotación de los recursos naturales. Y, por supuesto, que una política en favor de la protección del medio ambiente encontrará también sensible sustento internacional. Ya algunos países europeos han anunciado que retomarán sus planes de apoyo a una gestión consciente del tema ambiental en Brasil.

LOS FUTUROS LIDERAZGOS EN DISPUTA

También volviendo sobre un tema ya abordado, decíamos que es claro que la división y el enfrentamiento expresado en la reciente elección del Brasil tiene que ver con liderazgos relativamente agotados, a pesar del entusiasmo que pudieran despertar entre los seguidores más fanáticos. Por un lado, encontramos un Lula con prestigio de hacedor y componedor, pero con muchos años a cuestas y un pasado tolerante con gestiones no transparentes que devinieron en severos casos de corrupción. Por el otro, un liberal extremista en lo económico pero no tanto en el plano del respeto a las instituciones, Bolsonaro, que resulta poco tolerable para los sectores moderados, aun de aquellos a quienes las ideas de izquierda les resulten poco simpáticas.

Con mejores nuevos liderazgos, por supuesto una hipótesis totalmente contra factual, la extrema división de opiniones podría haber resultado algo diferente. Ahora bien, mientras del lado de la izquierda o centro izquierda la edad de Lula preanuncia un exigido futuro recambio, no está claro lo que pueda decantar del bolsonarismo en la oposición.

Del lado de Lula surge ahora como posible figura estelar la ya citada Simone Tebat, quien además de representar una tendencia más moderada significa una personalidad nueva, ajena al desgaste de los problemas pasados. Del lado de la derecha, en cambio, Bolsonaro, más joven y empedernido, no es claro que quiera abrir paso a nuevas figuras emergentes, como podría ser la del nuevo gobernador de San Pablo (el estado más importante del Brasil), Tarcisio Gomez de Freitas, del Partido Republicano.

Pero más allá de los nombres que hoy puedan avizorarse, la estabilidad del sistema, la alternancia del poder sin tocar extremos anti sistema (ya fueran desde la izquierda o desde la derecha) exigirá una visión amplia de los líderes salientes, la percepción de integrar a sus movimientos más sectores que los propios, máxime en un país muy lejano al bipartidismo, a pesar de esta reciente concentración de votos en dos figuras, ambas a su modo relativamente polémicas.

LA MIRADA LATINOAMERICANA DEL GANADOR

La esperanza en este lado del Atlántico es que, por supuesto, un Lula moderado favorezca una mayor integración regional en lo económico y en lo social, en lo coyuntural y en lo estratégico. Si bien es claro que el complejo panorama interno sobre el que debe comenzar su gestión le extraerá buena parte de sus esfuerzos, no es menos cierto que el apoyo exterior que puede suscitar la figura de Lula debería brindarle mayor espacio de acción, incluso hacia adentro de su país.

Bolsonaro ha expresado un reconocido escepticismo sobre el Mercosur, sus alcances y hasta su extensión a otros países, además de los cuatro que le dieran origen (sin contar a Venezuela que ha sido suspendida como miembro, en virtud del veto del gobierno paraguayo, al que hoy se sumaría sin duda el de Uruguay).

Los gobiernos de izquierda, o al menos de los así auto declarados en esa tendencia, son mayoría en la región, siendo reconocidos en el lado opuesto solo los de Ecuador, Uruguay, Paraguay y El Salvador. Y, a su vez, dentro de ese “progresismo” se reconocen distintas situaciones, e incluso algunos motivos de críticas y enfrentamientos dentro de esa tendencia, incluso con gobiernos que han sido objeto de frecuentes condenas en el orden internacional, por ejemplo, en materia de derechos humanos o de libertad de prensa.

Es por eso que una política que mirase hacia la integración de países democráticos podría encontrar en un hombre progresista pero moderado a la vez, como Lula, presidente además de la nación más poderosa del continente al sur del Río Grande, un liderazgo aceptado. Habrá que ver, reiterando conceptos, si la ardua gestión de consensos en el plano interior le permite a Lula esa apertura al exterior dentro de la región en la que otros gobiernos se muestran más débiles y algunos hasta con serios inconvenientes de gobernanza.

LA COMPLEJA HERENCIA

Bolsonaro gestionó el año de la pandemia (2020) permitiendo un enorme déficit fiscal, sin perjuicio de lo cual luego ejecutó una severa corrección para posibilitar el retorno del equilibrio fiscal, para a su vez facilitar una baja de la tasa de inflación que incluso llegó a superar el 10% anual. No obstante, para fortalecer esa estabilización, su Gobierno ya en 2022 movió las tasas de interés y evitó los aumentos de combustibles, sin seguir así la tendencia del mercado mundial. Pero para esto último acordó una eliminación de impuestos estaduales, comprometiendo al mismo tiempo subsidiar la diferencia en menos de sus ingresos a los gobiernos locales, que así dieron ese alivio. En la práctica, para los Estados la situación fiscal resultó neutra, pero para el Gobierno nacional o federal significó un compromiso de mayor gasto de más del 1% del PIB (no están aún disponibles estimaciones precisas del impacto fiscal, muy importantes sin duda).

Pero en la práctica, esa acción es pasajera y deberá ser revertida en 2023, sin perjuicio de que queden pendientes de pago los compromisos de fin de 2022. Y ese aumento inmediato de los combustibles tendrá su impacto inflacionario, excepto cuando se adopten nuevas medidas de ajuste que compensen ese efecto. En suma, no resulta tan grata la herencia que recibe Lula, a pesar de la recuperación de la economía brasileña evidenciada en 2022 y del alza de los precios internacionales de materias primas, notablemente los granos, que exporta Brasil.

Nunca la gestión económica en países en desarrollo es sencilla, y menos aún en un complejo Brasil con fortaleza en su calidad de productor de alimentos, pero a la vez gran potencia industrial, que enfrenta un mercado mundial sumamente competitivo. Y que por ello debe tener buenas relaciones con Occidente y Oriente, con Estados Unidos y la Comunidad Europea de un lado, y con China y Rusia (de los que es socio en los “BRICS”) del otro. Pero también con sus vecinos de Latinoamérica que suelen demandar más que otorgar.

Y es allí donde encontramos la mayor incógnita para la gestión en el corto plazo, en lo inmediato. Por este motivo, el nombramiento de un ministro de Economía que devuelva confianza al mercado, un tanto escéptico con Lula a los pocos días de su elección, y algunas definiciones en materia de la integración regional y de su mirada del acuerdo comercial entre Mercosur y Europa, serán claves para entender hacia donde pude discurrir la gestión de Lula.

En lo gestual ha sido muy cordial con sus amigos del continente y no ha desairado a nadie. Pero este es el momento más sencillo, A partir de la designación de su Gabinete y de sus primeras definiciones podremos evaluar mejor si podrá gestionar el cambio dentro del consenso y la templanza, y si podrá dar lugar al surgimiento de quienes puedan heredar a futuro, a medio plazo, el liderazgo del progresismo en su país. Son estos los dos grandes desafíos que ahora debe afrontar.

 

Abogado, analista de Política Internacional y colaborador de la Fundación Alternativas.