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Malos tiempos para la política


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

No son buenos tiempos para la política ni en consecuencia para la democracia, entendida ésta como la dirección colectiva de la sociedad basada en la superación pacífica de los conflictos mediante el diálogo y el acuerdo.

Y es que hace más de una década que en España la política ya no es vista como un medio para la solución de los problemas con el norte del interés general, sino como algo ajeno, y más recientemente y lo que es aún peor como un problema más añadido al progresivo deterioro de las condiciones de vida de la mayoría, debido tanto a su incapacidad de articularse en el plano de la globalización, a las dificultades para poner freno al malestar social o por la responsabilidad en el descrédito de los propios partidos y de una política sin espacio para el acuerdo, como también por la activa campaña antipolítica de mentiras y teorías de la conspiración en las redes sociales, pero también desde los medios de comunicación tradicionales, como parte de la estrategia populista frente a la democracia representativa. Una estrategia política que ha impregnado no solo a la política sino al conjunto de las instituciones, a los medios de comunicación, a las redes sociales, a la sociedad civil y a los ciudadanos como electores.

Como consecuencia, hoy estamos atrapados entre una nueva dinámica internacional de confrontación bipolar, a medio camino entre una semi globalización fría y las guerras calientes, sin capacidad efectiva de respuesta en el marco del derecho internacional y de las instituciones multilaterales como son las Naciones Unidas. Todo ello se suma a la carcoma que supone la extensión del nacional populismo en el mismo corazón de las democracias europeas, como recientemente hemos tenido oportunidad de ver en la socialdemócrata Suecia y en la antifascista y europeísta República italiana, y que además avanza en en almbito local y regional de manera letal como ocurre en Castilla y León y de otra forma en Madrid dentro de los propios partidos tradicionales como en los Tories del Brexit. Acentuado además por el encadenamiento de catástrofes como la pandemia, la guerra y la emergencia climática y como consecuencia las obligadas políticas de alarma y emergencia en las que ya estamos inmersos, y que a su vez refuerzan el decisionismo y el nacionalismo autoritarismo.

Resulta que la política, desde tiempo inmemorial, es una actividad tan cuestionada como imprescindible, en particular para la gran mayoría que carece del poder económico y que necesita por tanto de la igualdad de voto y del reconocimiento de los derechos humanos, políticos y sociales, arduamente conquistados, para garantizar la mejora de sus condiciones de vida y para influir en su conservación frente al poder de la minoría.

Por eso, cuando la política no funciona como elemento equilibrador, no solo se produce el incremento de los niveles de pobreza y desigualdad económica, sino que a su vez aumenta de la distancia social en los niveles de participación política, con la paradoja de que sean los más pobres y que a su vez más necesitan de la democracia, los que en estas condiciones menos participan electoralmente.

En paralelo se ha agravado la capacidad de ésta minoría pudiente, en el contexto de la globalización neoliberal, de acrecentar su poder con medidas como la desregulación económica y las rebajas fiscales y más en particular la reducción de la imposición sobre el patrimonio y sobre las herencias que ahora reverdece entre otros en nuestro país de la mano de la derecha con el argumento de la libertad económica, la competencia y la atracción de inversiones.

Porque la actividad política transcurre  desde los albores de la democracia acompañada del contrapunto de la antipolítica y el populismo, que se revitalizan como sus alternativas en cada uno de los momentos críticos que sufren la política y de la democracia.

Y todo esto avanza, no solo porque se hayan roto los lazos de confianza en la democracia y en la política por parte de la ciudadanía, como consecuencia del malestar social provocado por la globalización neoliberal, con los recortes, las privatizaciones y de la desconfianza por la corrupción política, sino porque la política está dejando de impulsar la gestión de los problemas estructurales, algunos de los cuales afectan a nuestra viabilidad como Estado social cohesionado  y eficaz. Ahí está pendiente la estructuración territorial como eterna asignatura pendiente o nuestro modelo fiscal. Tampoco porque sea cada día mayor la presencia del nacional-populismo y de su impugnación de la representación parlamentaria, de las instituciones intermedias como son los partidos y los sindicatos, así como del diálogo y de los acuerdos parlamentarios degradados como oscuros pactos entre bambalinas y de su más reciente desdiabolización, normalización e integración en el área de los gobiernos, gracias a señuelos como una pretendida homogeneidad nacional, las soluciones simples a los problemas complejos, la seguridad frente a la incertidumbre y el mito de la democracia directa frente a la llamada casta política globalista y a las instituciones europeas e internacionales, todo debido a un medio social repleto de ruido populista, especialmente presente en la polarización mediática cada vez más determinante en la forma de aplicación de la agenda política cuando no en la configuración jerárquica de la misma.

Porque no son éstos los únicos determinantes del deterioro de la política, sino que muchas veces son los propios políticos y sus partidos los que cuando no deterioran con su gestión la importancia de su existencia y en el momento en que a pesar del reducido margen de maniobra en la época de las catástrofes, tan pronto comprometen paraísos en la tierra tratando a los ciudadanos como si fueran menores de edad, como se ocultan tras la postpolítica tecnocrática de los expertos o directamente normalizan y agitan la bandera de la polarización del nacional-populismo.

Por eso, cuando surge la política útil, no es extraño que los ciudadanos no sepan diferenciar y valorar entre tanto ruido. Por ejemplo con la reforma laboral, el ingreso mínimo vital, la revalorización de las pensiones o el salario mínimo que contribuyen a mejorar la vida de la mayoría en materia social, así como con leyes como la ley de solo sí es sí, la ley de muerte digna o la reforma electoral que la mejoran en materia de derechos civiles y políticos o las respuestas solidarias a la pandemia, al volcán de La Palma y a las consecuencias de la guerra.. que corren el peligro de pasar desapercibidas debido a un medio social repleto de ruido populista.

Como tampoco se valoró en su momento ni al parecer se valora en estos días la importancia de recuperar los pactos necesarios para la renovación de las instituciones y en particular los órganos constitucionales como el CGPJ y el Tribunal Constitucional, no vaya a ser que se produzcan concesiones o que los designados no cuenten con el aval mediático de la excelencia.

Algo especialmente presente en la polarización mediática y de las redes sociales cada vez más determinantes en la forma de aplicación de la agenda política cuando no en la configuración jerárquica de la misma.

No es de extrañar pues, que como consecuencia de todo ello, los ciudadanos muestren en las encuestas de opinión pública su desafección hacia los mismos representantes políticos que ellos han elegido, y por el contrario valoren especialmente a las figuras y las instituciones que les vienen dadas o se apunten a la reacción casi instintiva del cambio de ciclo al objeto de en apariencia cambiarlo todo para que todo permanezca.

Y esta ausencia de pactos de estado, motores de la cohesión democrática, no se supera tan solo con cambios legislativos carentes, siempre, de efectos taumatúrgicos. El problema no radica solamente en el poder judicial o en el Constitucional. La enfermedad irradia a veces desde el legislativo porque se nutre de un sustrato político populista envenenado. Por tanto, el cambio ha de producirse sobre todo en la cultura política que es donde reside el código genético que configura todo el organismo político e institucional. Una cultura política populista nunca se supera solamente mediante reformas legales. Cómo se transforma el paradigma político cultural es materia de un análisis más profundo, pero si observamos las transiciones políticas exitosas percibiremos las características de ese código cívico que materializa los ladrillos de la democracia. Las transiciones, fenómenos no ordinarios, hacen emerger características democráticas que permanecen subyacentes en el funcionamiento democrático cotidiano y permiten su análisis. Baste, en estas líneas, decir que lo más necesario para que el sistema democrático funcione en todas sus dimensiones y genere acuerdos, sobre todo sociales y como consecuencia políticos, es saberse más cerca del adversario democrático, porque con él se comparten los fundamentos de un sistema de convivencia, que del vecino ideológico si este se sitúa fuera del perímetro definitorio de la democracia representativa y en definitiva eso es lo que ha quebrado con el delirio populista.

 

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.


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