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La mentira como norma o el derrumbe socialista francés


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La mentira como norma o el derrumbe socialista francés

Se puede estar en un error, engañarse sin tratar de engañar y, por consiguiente, sin mentir. Pero, la mentira por concepto no es un error, un acto casual. Es un acto deliberado. Porque mentir es querer engañar al otro a veces, como suelen hacer los manipuladores profesionales, aun diciendo parte de la verdad. Porque también se puede decir la verdad parcial, con la intención de engañar.

Un modo es descontextualizar. Los apóstoles de la postverdad saben mucho de esto. También se puede decir lo falso sin dejar de creer. Tal vez por encadenarse a creencias de dudosa consistencia, aunque pletóricas de fervor patriótico o, aún, religioso. Son esas creencias que han llevado a la Humanidad a guerras basadas en falsedades. Siempre, tal vez, por percibir una parte del fenómeno, que siempre es poliédrico y contrapuesto. Los conflictos mundiales siguen su desarrollo. Los fondos europeos para la reconstrucción irán al bolsillo de los armamentistas.

Otro caso es creer de buena fe en un modelo de sociedad poco respetuosa con el medio ambiente, aunque los hechos conduzcan a la cadena de huracanes de categoría cinco que asolan el Caribe o que han dejado a Doñana al borde del colapso de su equilibrio ecológico, por defender el negacionismo del cambio climático, hasta podríamos aceptar que no sea una mentira. Ahora bien, si se utilizan premisas negacionistas con el único fin de beneficiar a grupos en detrimento de la mayoría, estamos en presencia de ella.

La mentira supone la invención deliberada de una ficción. Construir una justificación de los errores cometidos para convertirlos en aciertos, puede resultar el imperio de la mentira. Esto no es algo novedoso para el conjunto de españoles. Porque si existe intencionalidad, existe la mentira. Los mentirosos no se mienten a sí mismos. Sólo se puede mentir a los otros.

Por tanto, convengamos que los fenómenos en general, y los sociales en particular, forman parte de un proceso dinámico y polisémico. Allí, inevitablemente, se introducen requisitos como la credibilidad de la fuente. Ello, porque en el caso de los partidos que mienten como mecanismo de acción o como táctica de defensa, en diversos casos, usando a la falsedad como práctica habitual van desgastando su credibilidad. Dilapidando su capital político. Trabajando para el desánimo. Favoreciendo el surgimiento de opciones desesperadas como lo son las ultraderechas.

La credibilidad gubernamental está en entredicho. Es así, para mal de todos, que nos encontremos en medio de una confrontación que se funda en mentiras y creencias enlazadas de modo tal, que inoculan la creencia de que no se puede afrontar una resolución satisfactoria. Esto, por el nivel de enconamiento al que se ha llegado. Fruto de la negligencia de unos, el fundamentalismo de todos y la mentira como norma.

Además, sumados a los actores en juego, tenemos a un mayoritario conjunto de españoles que permanecen en la más absoluta inopia, por voluntad propia, o por esa deserción ciudadana que la lleva a ser cómplice del poder de turno. Estamos en presencia de una confrontación que está librando una batalla mediática, con repercusiones mundiales. En tal caso, el aparato gubernamental se empeña a fondo en destacar parte de la verdad, en un gran mensaje plagado de falacias. Si creía que este conflicto le daría rédito electoral, mucho me temo que no ha valorado adecuadamente las consecuencias. El partido mayoritario de esta coalición de gobierno, en Francia tiene su espejo.

Aún se puede. Es el tiempo de moderar las creencias en beneficio de la razón y que gobierne la verdad.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.

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