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Mientras unos achican, otros meten agua


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Qué decir cuando nos acercamos al año de pandemia y las cifras son descorazonadoras; qué decir cuando muchos de nosotros nos encontramos confinados en nuestras zonas básicas de salud, o en nuestros municipios; qué decir cuando se sigue viendo a una parte de la ciudadanía que se toma a beneficio de inventario las normas contribuyendo a alargar la situación más allá de lo tolerable.

Tengo que deciros, mis queridos lectores, y algunos me conocéis más de cerca, que no soy persona a la que se la mine fácilmente el ánimo, pero en este caso la situación actual lo está consiguiendo.

Me siento como si viajara en un barco que hiciera agua, en el que mientras una parte de la tripulación se dedica a achicarla para que no se hunda otra con la misma velocidad, la va metiendo el líquido elemento, como si fuera un endiablado juego.

Esta sociedad que nos hemos dado se sujeta porque existen normas, reglas, que nos permiten convivir pisándonos el callo lo menos posible. Es cierto que siempre han existido quienes pasan dichas normas por la peineta, pero cuando se trata de conductas que afectan a unos pocos, no nos hacen mella siempre que no nos perturben.

Convivimos con quienes tiran basura en las papeleras que están a dos metros de un contenedor de basura; con quienes aparcan en los lugares reservados a personas con discapacidad; con quienes, si pueden y les dejan, se saltan su turno en las filas des súper; con los que no respetan los límites de velocidad, o aparcan en doble fila, y les importa un higa tener a alguien esperando, mientras se toman tan a gusto un café; con los que pisan el césped de los jardines comunitarios por no dar una pequeña vuelta en vez de atravesarlos; con los que no recogen los excrementos de sus mascotas; con los que…. En fin, la lista sería interminable si quisiéramos enunciar todas aquellas acciones llevadas a cabo por nuestros conciudadanos y que repercuten de manera negativa en nuestra convivencia.

Entonces, con este suelo abonado, nos sobreviene el Covid19, que nos obliga a normas mucho más restrictivas en opiniones de algunos, como son las que ahora vivimos. No hace falta incidir en que para algunos la obligatoriedad de la mascarilla, del toque de queda, del no hacer reuniones ni juntarse con quien no convive, no va con ellos.

Mientras la mayoría sufrimos estoicamente el cumplimiento de esas normas, al mismo tiempo, nos vemos impotentes ante la irresponsabilidad de otros, ante las cifras de contagios y fallecidos que no bajan.

Si a este panorama unimos que el barco antes referido está capitaneado por alguien que hace mucho ha perdido la brújula y nos obliga a los madrileños y madrileñas a navegar en un círculo endiablado, apaga y vete.

Solo nos queda esperar que las vacunas se conviertan en esa tierra prometida que nos saque de este maldito viaje, de esta condena de achicar, y achicar el agua para no ser subsumidos por la tercera ola, porque fiarnos de la responsabilidad de cierto prójimo, ya lo estamos viendo, no funciona.

Nos hemos convertido en una parodia del Titánic. Aunque el barco se está hundiendo, hay quien prefiere que los músicos sigan tocando y no acabe la fiesta. ¡Qué pena!

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid. Tiene doce libros publicados entre narrativa y poesía.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Actualmente forma parte del gobierno municipal de Rivas como Concejala (PSOE) de PATICIPACIÓN CIUDADANA Y BARRIOS.

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