La furia del elefante herido
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
La furia mostrada por Donald Trump ante la evolución del voto popular en las elecciones de Estados Unidos resulta muy elocuente. No concibe algo distinto de su propia reelección. Tal vez, si la tendencia del voto se confirmara para determinar su salida de la Casa Blanca, se ve a sí mismo ante los tribunales por haber eludido al fisco, como recientemente informaba la Prensa de Nueva York. Y ello le enfurece rabiosamente. Pero, fuera de sus percepciones personales, él no parece ser consciente de los efectos que su resistencia a abandonar el poder, como todo indica que va a oponer, puede acarrear en el gran país norteamericano. Y a escala mundial. Dos datos: 320 millones de habitantes disponen allí de 400 millones de armas cortas y automáticas, que circulan –y aumentan- libremente entre la población estadounidense.
Es imposible disociar todo lo sucedido en los Estados Unidos de América de la tremenda impronta individualista aplicada por Donald Trump a su propia conducta privada y pública en estos sus cuatro años de mandato presidencial. A la Casa Blanca llegó alzado contra quienes, a su juicio, nublaron el sueño americano: el Partido Demócrata; las élites académicas, las cúpulas universitarias y los periódicos de la Costa Este; la belicista Hillary Clinton; las multinacionales más proclives a externalizar los negocios fuera de las fronteras estadounidenses; el mundo petrolero de los Bush y cía.; el arrogante Norte que mira por encima del hombro al Sur rural y provinciano…
Aupado por un fuerte rechazo popular contra esa élite, Trump se propuso a sí mismo como rescatador del mito según el cual en América –en realidad su América- cualquier ciudadano puede llegar a la cúspide si se lo propone (aunque silenciaba que, para lograrlo se necesita inevitablemente hacerse millonario). Los votos que le encumbraron al poder procedían de quienes achacaban a las élites demócratas la imposibilidad de disfrutar de las fantasías oníricas de prosperidad ilimitada, de poder irrefrenable, de autonomía personal irrestricta que Hollywood ofrecía en cada metro de celuloide, los medios de información en cada columna de opinión, todo producto comercial en los anuncios de sus soportes publicitarios…. Poco a poco, se fue abriendo paso la figura de Donald Trump. Él mismo se ofrecía como ejemplo de lo que debiera resultar posible lograr a cada norteamericano pero, según denunció reiteradamente, la plutocracia, las élites correctas, corruptas y bien-pensantes, el apolillado mundo académico, los antipatrióticos inversores que llevaban a China sus negocios, más la Prensa arrogante y hostil, vetaban al ciudadano medio acceder a tal sueño. Hollywood y los reality show habían propalado durante décadas el ritual mitológico del individualista-estadounidense-campeón, incluso cuando se sabía ya que la proclamada prosperidad norteamericana había entrado en barrena, tras numerosos avisos y anteriores vicisitudes, con la crisis financiera y económica de 2008. La tasa de ganancia del capitalismo financiero no halló otros caladeros para encontrar réditos más que en la frenética y compulsiva venta de hipotecas-basura, cuyos agentes financieros -facha-brokers se les denomina por aquí-, sabían que más temprano que tarde la pirámide pseudo-bancaria por ellos creada se desplomaría estruendosamente, como así fue, devastando el tejido económico-financiero de medio mundo.
Neoliberalismo fascistoide
En la estela de aquella tremenda sacudida del capitalismo financiero, se fue asentando una extrema derecha rabiosamente enfrentada no solo al Partido Demócrata sino, también, el propio Partido Republicano de los Bush y sus compañías petroleras, mediante un denominado Tea Party que recurría al fundamentalismo ideológico, para recobrar los “valores fundacionales de la Nación”; eso sí, sin alterar los principios capitalistas de hacer dinero como sea, privatizar los beneficios de la riqueza creada colectivamente y de dejar claro que quien manda en la sociedad es el que resulta ser dueño del capital. Luego, Donald Trump, alejado del Tea, se vería asesorado por tipos de baja estofa ideo-política como Steve Banon, teórico del ultra-populismo de derechas, que le confeccionó buena parte de su agenda. Así llegó Trump a la Casa Blanca, con un inesperado respaldo de votos procedentes de la clase obrera industrial y rural. Una vez despedido del entorno presidencial de Trump –nadie duraba a su lado más que unos meses- Banon se dedicó a exportar sus recetas neoliberal-fascistoides en Italia, Grecia y España, donde apadrinó a las extremas derechas locales.
El caso ha sido que con esos mimbres ideológicos y con una cierta capacidad personal de Trump para convertir en arte el simplismo expresivo y gestual -tan grato en un país mayoritariamente infantilizado como el suyo– se fue inflando desbocadamente una burbuja económica basada en una concepción comercial –y telemática- de la vida política, descarnada a golpe de twits de toda dimensión social y realmente comunicativa. La política, según Trump, dejaba atrás miles de farragosas reglas parlamentarias, convenciones internacionales, usos y costumbres para diluirse en un mercado desigual donde el tiburón más dentado –los Estados Unidos de América- merendaría a su antojo los miles de pescados y pececillos que navegan por las procelosas aguas de la globalización. Su apuesta dejaba atrás la atención hacia las energías fósiles y se centraba en la telefonía solapada con la informática. Presupuestos astronómicos para el complejo militar-industrial, más de 700.000 millones de dólares y copiosos suplementos adicionales, pero nada de aventuras militares abiertas en el extranjero.
Tras un período de cierta bonanza económica consecutiva a los síncopes cíclicos del capitalismo agónico, con tasas elevadas de empleo –entre los trabajadores blancos, no entre las gentes de color condenadas per se al desempleo y la marginación- el globo de espuma liquida reventaría con tasas insólitas de paro, con los consabidos efectos sobre el bienestar del pueblo, trocado ahora ya en profundo malestar como estamos contemplando. El detonante abrupto de una nueva fase de la inexorable crisis del capitalismo financiero lo ha sido un patógeno microscópico y epidémico, con el cual una serie de científicos experimentan, desde hace décadas, interacciones que luego no controlan en sus laboratorios secretos distribuidos por doquier entre las grandes potencias. El caso es que ha puesto patas arriba todo el sistema. La indefensión de la llamada primera democracia del mundo frente a la pandemia Covid 19 -ya van 10 millones de contagiados y 250.000 muertes- ha puesto de relieve la liviandad institucional del país norteamericano, cuyo Estado federal se muestra incapaz de brindar una protección sanitaria eficaz y generalizada que abarque a toda su población.
El surgimiento de las protestas contra la inquina racial que la Policía ejerce contra la mayor minoría, la de los afroamericanos, sacó a la luz de manera abrupta y violenta los tremendos problemas no solo coyunturales sino, sobre todo, estructurales, de confrontaciones de clase, que registra la sociedad estadounidense. Los gestos cripto-supremacistas de Trump, su inocultable antifeminismo de macho alfa, su negacionismo respecto de la pandemia, echaron más leña al fuego de la confrontación, de la crispación latente que parece haberse instalado en la sociedad norteamericana, dando pie a un reagrupamiento de sus cada vez más numerosos enemigos.
Hoy, el voto de castigo a Donald Trump ha surgido de los mismos sectores que le encumbraron pensando que traía consigo una receta contra el fracaso inducido por los demócratas. Los votos parecen demostrar que la propia receta anti-fracaso propuesta por Trump, ha fracasado con él. Pero él, provisto de un ego arrollador, disfórico, dominado por un frenesí irrefrenable que le lleva de la euforia a la irritabilidad en apenas fracciones de segundo, que no admite duda alguna en su entorno y que fulmina al que osa contradecirle, no parece dispuesto a admitir su derrota en las urnas. En democracia, todo resultado electoral implica un consenso ulterior sobre su desenlace. Pero el populismo de derechas de Donald Trump, replicado también aquí por quienes se muestran incapaces de aceptar el veredicto de las urnas, preludia una crispada y sostenida conflictividad social que proyecta su alargada sombra sobre el futuro del gran país norteamericano. Numerosos analistas aseguran que la sombra de la guerra civil planea sobre el gran país de Franklin, Jefferson y Lincoln.
Sin descartar una sorpresa final, del estilo de un vuelco del voto de los compromisarios, una anulación o congelación de los resultados del voto por correo por parte de un Tribunal Supremo afecto a Trump o una serie de revueltas y confrontaciones civiles a mano armada, la suerte del propietario de la patente de Miss Universo como presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, habrá llegado a su fin.
Preguntas a Joe Biden
Una cascada de preguntas surge por doquier. En caso de que Joe Biden acceda a la Presidencia de los Estados Unidos, ¿cómo será, para los trabajadores estadounidenses, una Administración presidida por él? ¿Atajará el paro generado tras la pandemia, con medidas sensatas alejadas del negacionismo de su predecesor? ¿Romperá la tónica de Donald Trump, de no iniciar directamente guerras por doquier, ni en Iberoamérica, África o el Medio o Extremo Oriente, como tanto gustaba emprender a algunos precedentes presidentes demócratas correligionarios suyos? ¿Restablecerá el pacto antinuclear con Irán y los acuerdos contra el cambio climático, suscritos por medio mundo y suprimidos por Trump? ¿Proseguirá la guerra arancelaria con China, que abrió su antecesor? ¿Acometerá una política agresiva contra Moscú y Pekín, o mareará la perdiz como ha hecho Trump con respecto a Putin? ¿Mantendrá el equilibrio inestable acordado con Corea del Norte? ¿Será capaz de tomar distancia de las petro-monarquías árabes y de Benjamín Nethanyahu, con los cuales el showman del tupé rubio se embarcó tan a ciegas? ¿Podrá Joe Biden restañar las heridas abiertas entre Estados Unidos y Europa por la actitud anti Unión Europea de Trump hacia el Reino Unido, al que tanto aleccionó para separarlo del continente? ¿Qué se propondrá hacer Biden a propósito de la OTAN? ¿Seguirá desplegando tropas en la frontera occidental de Rusia? ¿Volverá Estados Unidos a los foros internacionales de los cuales Trump los sacó? ¿Aventará éste ante los tribunales las anómalas prácticas comerciales del hijo de Joe Biden en Ucrania, cuyas denuncias casi llevan a Trump al impeachment, por condicionar ayuda oficial estadounidense al presidente ucraniano a cambio de obtener información para erosionar al candidato demócrata?
La tarea que se cernirá sobre Biden, si llega a la Presidencia, es demoledora, por el legado de desafueros heredado de Trump. Dada la envergadura de los problemas a resolver, parece prácticamente imposible que en un solo mandato pueda Biden destinar sus energías a aplicarse a un programa político propio. Necesariamente, consumirá su tiempo en ir desactivando las bombas de relojería que Donald Trump ha ido sembrando en su imprevisible trayectoria. A los estadounidenses les esperan muchos meses de inestabilidad. Dicen que los elefantes heridos son los más temibles entre todos los animales existentes. Las heridas de Trump pueden llegar a convertirse en heridas de los Estados Unidos. De proseguir la dislocación de la legalidad y la legitimidad observada durante su mandato, la honda fractura social y de clases allí existente puede escalar hacia extremos conflictivos insólitos. Confiemos en que la escala de los problemas que afectan a los Estados Unidos de América genere entre las cabezas más sensatas de aquel país un abanico de soluciones acorde con el tamaño de sus actuales desafíos. Y que los efectos adversos de lo allí sucedido y por suceder, potencialmente tan dañinos, nos afecten lo menos posible.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.