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Felipe no se acuerda


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El expresidente del Gobierno, Felipe González durante el evento "Iberoamérica ante el Nuevo Orden Mundial" celebrado este pasado martes en la Universidad Autónoma, en Madrid. EFE/David Fernández El expresidente del Gobierno, Felipe González durante el evento "Iberoamérica ante el Nuevo Orden Mundial" celebrado este pasado martes en la Universidad Autónoma, en Madrid. EFE/David Fernández

La visión apocalíptica y sumamente crítica que Felipe González suele transmitir sobre la situación actual del PSOE y del gobierno de Pedro Sánchez supone que no se acuerda –o no quiere acordarse– de sus últimos años de Gobierno. Años en los que estaba sometido a una crítica destructiva por los sectores más reaccionarios y tardofranquistas, que veían con preocupación los éxitos de su gestión, y temían que en España se consolidara un período dilatado de gobiernos socialdemócratas como en Noruega, en Suecia o en la Alemania de Willy Brandt.

Hay que recordar las palabras de uno de los implicados en la operación anti Felipe, que años después reconoció que fue tal el furor crítico que se llegó a poner en riesgo “la estabilidad del propio Estado” y de sus instituciones.

Ascenso y caída de Felipe González

Felipe González se incorporó al PSOE durante el último período del franquismo en el seno del grupo sevillano que lideraba Alfonso Guerra. Jóvenes que intentaban que el PSOE tuviera mayor vitalidad en el interior de España. Con tal propósito, varios líderes de aquel grupo (Alfonso Guerra, Felipe González y Guillermo Galeote), en conexión con otros sectores socialistas, sobre todo vascos y asturianos, y los jóvenes del exilio, se incorporaron a la Comisión Ejecutiva en el XXV Congreso en el exilio celebrado en Toulouse en agosto de 1972.

Sin embargo, las cosas no fueron bien y varios integrantes de aquella Comisión Ejecutiva, entre ellos los sevillanos (excepto Felipe González, que entonces era menos relevante), decidieron abandonar la Ejecutiva para impulsar una iniciativa renovadora en el Congreso celebrado en Suresnes (Francia) en octubre de 1974.

La dureza de los acosos sufridos por Felipe González y los numerosos casos judiciales que se instrumentalizaron durante su última etapa de gobierno fueron similares o peores que los que está viviendo el PSOE en estos momentos.

En aquel ínterin, las intervenciones de Felipe González en la Ejecutiva le granjearon cierto prestigio entre varios de sus miembros, entre ellos los vascos (Ramón Rubial, Nicolás Redondo, Enrique Múgica y Eduardo López Albizu –el padre de Patxi López–). Estas simpatías sumadas a otras del interior y del exilio (Carmen García Bloise, los hermanos Martínez Cobo, etc.), explican la “sorpresiva”, o al menos no prevista, “elección” de Felipe González como Primer Secretario (no Secretario General aún) del PSOE en Suresnes. Elección que tuvo lugar en contra de la “previsión” de elegir a Nicolás Redondo Secretario General de esa Comisión Ejecutiva. Fue precisamente Nicolás Redondo el que después de una brillante intervención de Felipe González propuso que fuera elegido Felipe y no él para liderar el PSOE renovado.

Es decir, en el arranque del liderazgo del PSOE por Felipe González hubo un doble gesto de generosidad política y personal: por un lado, de Nicolás Redondo, que acotaba su papel al plano sindical, y de Alfonso Guerra, que asumía desempeñar un papel más secundario dando su apoyo a Felipe González. Desde aquel momento hasta la pérdida (por solo un punto de diferencia y 15 diputados) de las elecciones de 1996, hay una historia de éxitos importantes y de acosos hirientes que no hay que olvidar.

La década del cambio

El triunfo aplastante del PSOE en las elecciones generales de octubre de 1982 fue el hito final de procesos políticos que no fueron fáciles.

Desde Suresnes hasta octubre de 1982 la vida interna del PSOE y la historia de España pasaron por vicisitudes que posibilitaron que el PSOE cumpliera un papel central en la Transición Democrática, en general, y en la modernización de España, en particular.

Aunque se ha analizado este período en varios libros, es preciso resaltar el papel de Felipe González, Alfonso Guerra y otros líderes para lograr la modernización y puesta al día del PSOE como partido capaz de cumplir un papel histórico.

Felipe González fue fundamental en los acuerdos sobre la Constitución, en la resolución de la crisis interna sobre “el marxismo”, y en la gestión de su gobierno, especialmente durante el período conocido como la “década del cambio”.

Su intervención en el XXVIII Congreso (1979) en momentos de crisis organizativa y política, con su famoso “hay que ser socialistas antes que marxistas”, permitió alcanzar la credibilidad necesaria para ganar las elecciones generales de 1982 con la solvencia suficiente como para llevar a cabo las políticas de cambio que situaron a España al mismo nivel que otros países europeos.

Aquel Felipe era un líder de notables cualidades políticas, de discursos brillantes y con mucha capacidad para sintonizar con los de- seos y necesidades de los españoles. Era un líder que encabezaba una Ejecutiva capaz, que tenía un proyecto positivo, y que desplegaba una labor didáctica y organizativa que despertó el entusiasmo necesario para llevar a cabo tal tarea.

El mejor Felipe González fue el que lideró un equipo equilibrado en el que Alfonso Guerra desempeñaba un papel crucial como cerebro analítico, gestor de proyectos, y baluarte defensivo en la protección de Felipe González ante los envites que todo gran líder recibe.

Felipe González sintió tal grado de identificación de su persona con el PSOE que llegó a apropiarse de su institucionalidad, llevando mal que fuera sucedido por otros Secretarios Generales, a los que siempre ha pretendido supervisar y/o controlar. 

Desde dentro de la Comisión Ejecutiva

Aunque desde mediados de la década de los setenta yo había colaborado con Felipe González, con Alfonso Guerra y con Carmen García Bloise en diversas tareas de la dirección del PSOE, sobre todo en la creación y coordinación del ITE (Instituto de Técnicas Electorales) y en la formación de especialistas en esas materias desde los últimos años del franquismo, tras las elecciones de 1982 yo estaba centrado en mi trayectoria académica.

Por eso, cuando en enero de 1988 en el XXXI Congreso me propusieron incorporarme como Secretario de Formación a la Comisión Ejecutiva, me sorprendió tanto que inicialmente no acepté y propuse a otra persona para ocupar aquella responsabilidad. A lo que Txiqui Benegas, como Secretario de Organización, me respondió con mucha gracia –y toda la razón– diciéndome que las propuestas para la CEF las hacían ellos y no yo.

Después de varias horas de presiones y de cavilaciones, acabé aceptando la propuesta, al tiempo que me disculpaba por mi arrogancia inicial y la falta de solidaridad con aquellos que ya estaban sufriendo las primeras embestidas de una crítica feroz.

Yo entonces estaba en un mo- mento crucial de mi vida. Después de “ganar”, como se decía entonces, una Cátedra de Sociología en la Universidad de Santiago de Compostela (con 36 años), ante un Tribunal que no me lo puso fácil, había logrado “ganar” también una segunda Cátedra de Sociología en la UNED (Madrid), a la que aspiraban algunas de las principales figuras de la Sociología de entonces.

En la UNED había sido nombrado Decano, con el cometido de poner en marcha una nueva Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Al mismo tiempo, dirigía la Fundación Sistema, que publicaba la revista Sistema e impulsaba los Encuentros de Jávea sobre el futuro del socialismo. Contaba asimismo con un equipo de colaboradores muy cualificados con los que realizaba investigaciones sociológicas de primer nivel.

Todo aquello lo tenía en la cabeza cuando asistí a la primera reunión de la CEF en la sala de la cuarta planta de Ferraz. Hay que recordar que entonces la CEF estaba integrada por 23 miembros (y 9 la “permanente”); por lo que la interacción en los debates y los análisis era muy intensa.

Aunque me cueste reconocerlo, entonces yo estaba un tanto creído de mi trayectoria intelectual: era un joven Decano en Madrid, había escrito varios libros de éxito sobre materias cruciales (sobre clases medias, sobre estructura social en España, sobre el trabajo, etc.), y tenía contactos con algunos de los sociólogos internacionales más reputados… En definitiva, acudí a aquellas primeras reuniones sin sentimientos de pudor y/o inferioridad. Además, conocía y había asesorado a varios miembros de aquella Comisión Ejecutiva.

Sin embargo, quedé impresionado por el nivel de análisis y la capacidad de comprensión de aquel grupo de dirigentes políticos, con el que era un privilegio poder compartir mesa y trabajo.

Felipe González y Alfonso Guerra, con un tono de neta proximidad, se alternaban y se complementaban en los análisis y las propuestas. A lo que se añadía la bonhomía del Presidente Ramón Rubial, la sagacidad estratégica de Txiqui Benegas, los análisis incisivos de Enrique Múgica, el rigor de Francisco Fernández Marugán, la sensibilidad social y sindical de Nicolás Redondo como Secretario General de la UGT, la elocuencia de Miguel Ángel Martínez y de Antonio García Miralles. Todo ello junto a Catedráticos tan ilustres como Abel Caballero o José María Maravall, sin olvidar a Matilde Fernández, a Carmen García Bloise y otros líderes de primera.

En definitiva, un auténtico lujo. Sobre todo, lo más importante era ver en vivo y en directo cómo se enfocaban los problemas de España, con gran amplitud y altura de miras, y un afán de objetividad que no podía sino generar confianza en lo que podía salir de aquella mesa.

Los debates sobre el Programa 2000, impulsados desde la Secretaría de Formación y coordinados por Manu Escudero, lograron una gran movilización, llegando a implicar a cerca de un millón de personas.

Las tareas de gobierno avanzaban positivamente, de forma que desde la Fundación Sistema y la Secretaría de Formación realizamos un ciclo de conferencias para analizar todo lo que se estaba llevando a cabo en aquella “década del cambio”. Con ese título, Alfonso Guerra y yo editamos un libro (de 800 páginas) en el que colaboraron los principales responsables de la Comisión Ejecutiva, los ministros más destacados del Gobierno y algunas figuras de gran relevancia académica1.

Felipe González se ha esforzado en llevar al PSOE por caminos de “derechización”, excluyendo a los tres principales grupos socialistas más progresistas: a Izquierda Socialista, a los Ugetistas y a los “guerristas”. 

La ruptura

Si todo parecía tan perfecto y tan bien orienta- do, ¿qué fue lo que hizo cambiar la situación?

Cuando se convocaron las elecciones de 1993, el clima en el PSOE había empezado a cambiar, sobre todo después del estallido del caso FILESA. La reacción inicial de Felipe González fue de malestar y enfado. Yo creo que sincero. Mi percepción es que entonces Felipe era una persona de una gran honradez personal e institucional. Algo que algunos valoramos más que el propio carisma.

Aquello enrareció el ambiente y empezó a introducir cambios en el buen funcionamiento del PSOE, tal como podía apreciarse desde dentro y desde fuera.

Bajo un acoso explícito y con tensiones internas y externas, en las elecciones de 1993 el PSOE obtuvo el 38,8% de los votos y 159 diputados, respecto a un 34,8% y 141 diputados de un Aznar cada vez más beligerante y un 9,6% y 18 diputados de un Julio Anguita crecientemente hostil hacia el PSOE.

Aunque previamente se habían producido desencuentros importantes, para el PSOE aquellos resultados no eran despreciables, demostrando lo difícil que era derrotar a aquel viejo-renovado partido político en las urnas; a las que se concurría con la ventaja de tener un excelente equipo electoral encabezado por Alfonso Guerra, al que la derecha más reaccionaria había tomado como al enemigo principal a batir.

Antes de las elecciones y del XXXII Congreso del PSOE (noviembre de 1990), Felipe nos había reunido a cenar en Moncloa a Alfonso Guerra, a Manu Escudero y a mí con el tema del Programa 2000 encima de la mesa. Y todo discurrió con una normalidad positiva después de las modulaciones que habíamos introducido en la versión final de dicho Programa. Es decir, en la versión que se presentó en el Congreso para su aprobación. Algo que se hizo con el apoyo de una clamorosa mayoría.

Sin embargo, a la salida de dicho Congreso, Carlos Solchaga declaró a los medios de comunicación social que “había perdido el Congreso”. Lo que resultaba sorprendente, ya que en ningún momento había presentado ni objetado nada sobre dicho Programa.

Lo importante fue que, después de haberse mostrado en desacuerdo con la propuesta programática aprobada por el Congreso, continuó ocupando el puesto de Ministro de Economía y Hacienda. Lo que suponía un cuestionamiento a la soberanía del Congreso. Es decir, el Gobierno del PSOE tenía un Ministro –de Economía, además– que no estaba de acuerdo con la política económica que postulaba el Congreso del PSOE. ¿Cómo se podía entender tal contradicción?

La anomalía pronto se extendió hacia otros ámbitos, como era la misma conformación de la Comisión Ejecutiva del PSOE salida de dicho Congreso que, aunque era bastante continuista respecto a la anterior, pronto fue calificada como “guerrista”; lo que acabó derivando en no pocas confusiones y confrontaciones internas. Llegándose incluso a “delicadas” votaciones internas “forzadas”, que vulneraban los límites del sentido de la responsabilidad.

Es decir, se produjo un proceso de tensión y diferenciación interna, con esfuerzos explícitos para amplificar una confrontación abierta entre Felipe González y Alfonso Guerra. Añadida a la que ya había surgido con otro de los líderes fuertes del PSOE de la Transición, Nicolás Redondo, y con la UGT en su conjunto.

Achicando espacios

La confrontación del gobierno de Felipe González con el mundo sindical explosionó con la huelga general del 14 de diciembre de 1988, que había venido precedida de discrepancias internas con Nicolás Redondo y otros líderes de la UGT.

Los motivos no fueron solo algunos aspectos de la Ley de Empleo Juvenil, sino también diversas cuestio- nes presupuestarias. Lo que suscitaba preocupación en los sectores del PSOE que valoraban las relaciones históricas del PSOE con su organización hermana, la UGT, a la que todos los afiliados del PSOE estábamos obligados a pertenecer. De hecho, en muchos lugares las sedes del PSOE y de la UGT estaban en los mismos locales, no siendo pocas las coincidencias entre ambas Comisiones Ejecutivas, empezando por la Ejecutiva Federal, de la que formaba parte, por disposición estatutaria, el Secretario General de la UGT.

Con tales preocupaciones como trasfondo, Alfonso Guerra y Antón Saracíbar intentaron llegar a un entendimiento de última hora para evitar el choque que se veía venir. Alfonso Guerra nos explicó a algunos los acuerdos “razonables” que habían alcanzado, y que tendrían una repercusión presupuestaria mínima y asumible. Así que en la primera reunión del Consejo de Ministros, y previo acuerdo con el Presidente, Alfonso Guerra explicó el acuerdo que podía cerrar un contencioso tan peligroso. Tras su intervención, pidió la palabra el Ministro de Economía –Carlos Solchaga– que se opuso al acuerdo alegando razones de autoridad que exigían no ceder a las presiones sindicales y sus exigencias económicas y presupuestarias, por mínimas que fueran.

Después de la intervención de Solchaga, Felipe González zanjó la cuestión con un simple “Pasemos a otro tema”.

¿El resultado? Una huelga General que paralizó España por completo y que exigió acuerdos ulteriores con los sindicatos que supusieron la retirada del Plan de Empleo Juvenil y otras medidas con un monto total mucho mayor que el acuerdo que habían alcanzado los interlocutores “sensatos”.

Pero lo peor fue lo que vino después. Felipe González y los que le apoyaban –no solo Solchaga– impusieron un corte sindical total. La Comisión Ejecutiva del PSOE organizó una gira de los ministros y miembros de la CEF por todas las provincias explicando las razones de aquella ruptura con la UGT. Yo tuve que intervenir en varias Asambleas provinciales en las que vi a muchos afiliados socialistas (y ugetistas) con lágrimas en los ojos debatiendo sobre una ruptura que acabó con el abandono, por unos o por otros, de los locales hasta entonces comunes (según los titulares de los contratos de alquiler o propiedad).

Venganzas económicas y políticas

La ruptura con la UGT acabó con una venganza adicional que prefiero no calificar, y que supuso que la cooperativa de viviendas de la UGT quedara “colgada” con unos créditos avalados con su patrimonio histórico. Lo que llevó a la UGT de entonces a la quiebra económica.

La exclusión de la UGT fue la segunda acción perpetrada por Felipe González contra los sectores de izquierda del PSOE, después de la liquidación práctica de Izquierda Socialista, que entonces contaba con líderes muy conocidos, como Luis Gómez Llorente, el Catedrático de Economía Francisco Bustelo (que luego fue Rector de la Universidad Complutense), Pablo Castellanos, Ignacio Sotelo y varios más.

 Felipe González acabó confluyendo e identificándose con grandes núcleos de interés económico, con los que ha establecido amistades y con los que ha venido colaborando y “trabajando”.

La tercera exclusión contra los sectores de izquierdas –que no “izquierdistas”– del PSOE fue posiblemente la que más impacto causó. Fue la que llevó a la ruptura con el sector calificado como “guerrista”. Una ruptura que se inició con el cese de Alfonso Guerra como Vicepresidente del Gobierno. A lo que siguieron otras exclusiones, de la que la más sorprendente fue la de prescindir de él y de su equipo en las tareas electorales, en las que Alfonso Guerra había llegado a ser un experto consumado.

Antes de la fase de rupturas y exclusiones, Felipe González había explicado varias veces en la Comisión Ejecutiva su “teoría” de los “cortes paulatinos”. Para lo que utilizaba un símil peculiar: “Si nosotros queremos cortar un buen trozo de un salchichón, o un lomo, o un chorizo, lo que tenemos que hacer para que no se note es cortar láminas muy finas, una tras otra, poco a poco, y así –explicaba– al final tendremos lo que queremos sin que nadie se haya dado cuenta”. Y siempre acompañaba esta explicación con ademanes corporales de “ir cortando algo”.

De esta manera, poco a poco, durante su última etapa al frente del PSOE Felipe González se dedicó a tales menesteres. Con las consecuencias que ello implicó en el devenir ulterior del PSOE. ¿Por qué? y ¿Para qué?

¿Quo Vadis Felipe?

La verdad es que yo nunca llegué a comprender la razón de tal proceder, sobre todo en el último paso de prescindir de Alfonso Guerra y su entorno, teniendo en cuenta la lealtad y generosidad que Alfonso Guerra tuvo con él, y su disposición a hacer de escudo protector ante los ataques.

Creo que aquel fue un proceso complejo de cambios, rupturas, reafirmaciones y tensiones psicológicas e ideológicas que en algún momento me gustaría analizar en profundidad. De hecho, durante los siete años en los que fui Secretario de Formación en la CEF –en los que tuvo lugar el cambio de Felipe González–, fui realizando anotaciones sobre lo que ocurría en unos cuadernos que no he vuelto a abrir desde que dejé de ser miembro de aquel órgano.

Felipe González fue cambiando –no solo de talante– a medida que las críticas contra él y su gobierno iban haciéndose más acerbas. Y, sobre todo, al compás de ciertos problemas y elementos críticos que se trasladaban a la esfera pública y judicial.

Recordando aquellos años, que viví de cerca, tampoco entiendo determinadas manifestaciones y comentarios recientes de Felipe González. Mi impresión es que todo lo que se sufrió entonces y mucho de lo que ocurrió en realidad fue peor que lo que está pasando en nuestros días.

Amén de los graves problemas y divisiones internas, hubo un momento en el que el Director General de la Guardia Civil –Luis Roldán– se había fugado llevándose fondos reservados, al tiempo que el Gobernador del Banco de España era detenido y juzgado2. Años en los que el Ministro del Interior, José Barrionuevo, y su número dos, el Secretario de Estado para la Seguridad, Rafael Vera, entraron en la cárcel acompañados por miles de afiliados del PSOE encabezados por el mismísimo Felipe González.

Años en los que, en la sede del PSOE en Ferraz, y durante varias horas, se registraban múltiples despachos, prohibiendo a todos los que allí estábamos “tocar ni un papel”, bajo graves admoniciones.

Eran los años del GAL, de múltiples fraudes, del caso del Ministro Asunción (al que se le escapó Roldán), de los casos San Cristóbal, Manglano, Amedo, Domínguez, Damborenea, Filesa, Corcuera, etc. Y todo ello con unos medios de comunicación social volcados en las críticas más radicales y demagógicas. Y en muchos casos con imputaciones que no tenían ninguna fundamentación veraz.

¿Por qué Felipe González no se acuerda o no quiere acordarse de todos aquellos casos?

Pese a todos los esfuerzos de Felipe González para cortar, excluir, “soltar lastre” y “achicar espacios” por la izquierda, a juzgar por la recurrencia e intensidad de los hechos, parecía que él continuaba siendo una persona de poca confianza para aquellos que controlaban el poder económico, financiero, mediático, judicial e institucional. ¿Qué más se podía hacer? Ni sus relaciones estrechas con proto-oligarcas como Slim y otros mandamases mundiales, ni sus buenas gestiones con círculos mundiales del poder, lograban rebajar la crítica contra el PSOE de entonces.

De aquellos problemas, intercambios y encuentros se derivaron los cambios sustanciales de aquel Felipe, sometido a tensiones psicológicas tan traumatizantes que plausiblemente le llevaron a pulsaciones de traslación y proyección, transitando por recovecos complicados de la psique humana, como los que han llevado a veces a determinadas víctimas a acabar casi identificadas y transmutadas con sus propios verdugos.

Tal evolución, junto a la asunción de nuevos roles y posiciones económicas internacionales, y sus relaciones con grandes figuras de las élites económicas mundiales, pueden explicar la obsesión crítica, y un tanto despectiva, que Felipe González siempre ha dedicado a los que le sucedieron en la Secretaría General del PSOE. Asunto en el que parece que no ha tenido mucha suerte en “sus” apoyos. De hecho, “su” candidato perdió frente a Josep Borrell, que también procedía de sus equipos económicos y tenía importantes apoyos electorales. Entonces Borrell intentó ser amable con él en un mitin en el que le agradeció que se hubiera resistido a “entregar su cabeza” a los que se la pedían en su momento. A lo que Felipe respondió por lo bajinis desde la primera fila: “¡Cómo me arrepentí!” (de no entregarles tu cabeza); mientras las cámaras de televisión recogían y transmitían la escena por las ondas.

Ni al propio Almunia Felipe le “perdonaba” haberle sucedido, dedicándole “regañinas” paternalistas incompresibles. “¡Date a conocer Joaquín!”, le decía. “¡Que la gente no te conoce!”, “Si te conocieran, ¡te votarían!”. Y similares.

Con José Luis Rodríguez Zapatero las cosas no fueron mejor, siendo abundantes sus desaires y co-mentarios desabridos.

Con Pedro Sánchez las críticas han sido especialmente duras, desde aquellos comentarios de sus amigos de El País cuando, antes de ganar las elecciones, decían de Pedro Sánchez que “no es un líder cabal, sino un insensato sin escrúpulos que no duda en destruir el Partido antes que asumir sus derrotas”; hasta las diversas descalificaciones y peticiones de dimisión que ha ido soltando durante los años de Gobierno de Pedro Sánchez, habiendo llegado a afirmar taxativamente en los últimos días que Pedro Sánchez y su gobierno “nunca han asumido responsabilidades”. Algo que resultaría incomprensible en el Felipe de los años setenta y ochenta, del que apenas queda nada después de su “mudanza de bando”.

Hay quien sostiene que las actitudes y pronunciamientos de Felipe González –no solo su cambio de ideología, de amigos y de intereses– tiene una naturaleza freudiana, conectada a los síndromes del poder y su ejercicio. Como les ocurría a los monarcas absolutos que se sentían seres únicos y cuasi-divinos, pensando que nadie estaba a su mismo nivel y altura.

Es difícil saberlo. Pero sus alineamientos y sus comportamientos revelan cuáles son sus intereses y sus posiciones políticas actuales, cada vez situadas más netamente en las antípodas de lo que ha sido el PSOE. ¿Por qué? Esa es la cuestión.


1 Vid., Alfonso Guerra y José Félix Tezanos (eds.), La década del cambio. Diez años de gobierno socialista. 1982-1992. Editorial Sistema, Madrid, 1992.

2 Como broma, algunos decían que “el Jefe de los guardias civiles huyó con el dinero, y el dueño del dinero acabó entre dos guardias civiles”.

 

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.

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