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Progreso frente a reacción


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

¿Por qué hay una campaña total y furibunda en contra del actual Gobierno? ¿Por qué todas las descripciones canónicas y clásicas del lawfare y del golpe blando se ven constatadas y perfectamente ejecutadas en la política española? ¿Por qué hay una persecución ad hominem concebida para destruir vidas y reputaciones en el seno de la familia del presidente Sánchez?

La respuesta a esta tres preguntas es la misma: porque hay un proyecto político de progreso para España encarnado por el PSOE y que liderado por Pedro Sánchez es capaz de suscitar apoyos populares y mayorías parlamentarias para ostentar la gobernabilidad.

Cuando finalice la presente legislatura, serán nueve los años en los que un presidente socialista haya ocupado la primera magistratura ejecutiva del país, consiguiendo unos cambios y unas transformaciones, tanto en el ámbito interno como en el de la proyección internacional, que configuran una etapa brillante y exitosa en el camino de nuestra sociedad por desprenderse de las rémoras históricas que en el pasado han impedido su desarrollo y progreso colectivo.

Si a esta realidad le sumas la cada vez más evidente posibilidad de continuar esta etapa otros cuatro años para llegar más allá de la década de los treinta del siglo XXI, se podrá comprender mejor el actual estado de cosas en la política patria. Los partidarios de la reacción son los primeros que más claro lo han visto y por eso organizaron el engrase de sus maquinarias con motivo del arranque de este mandato, hace ya tres años. El temor por una nueva victoria de Pedro Sánchez es el origen del golpe blando que caracteriza al tiempo presente.

Como bien explicó Santos Juliá en los primeros capítulos de su libro Demasiados retrocesos, la dialéctica histórica nacional, no muy distinta de la europea pese a lo que en ocasiones se diga, gira en torno a la lucha de las fuerzas del progreso para abrir nuevos caminos frente a las de la reacción, partidarias de taponar esas nuevas vías y cortar las aspiraciones de cambio.

Liberalismo frente absolutismo, democracia frente a caciquismo, derechos laborales frente a dominación-explotación del capital, paz frente a guerra, libertades frente a dictadura, Europa frente a nacionalismo, igualdad frente a privilegios, tolerancia frente a discriminación. Desde fines del siglo XVIII, estos ejes de discusión y pugna han configurado la construcción histórica de nuestra sociedad. Solo en dos breves periodos del siglo XIX y primera mitad del siglo xx y durante los últimos cincuenta años, esa pugna se ha librado en democracia.

Básicamente, esta contienda tiene su explicación histórica en las resistencias de las partes más poderosas de las sociedades en asumir la tendencia racional e irrefrenable que les obliga a ceder parte de su poder político y económico con el objeto de establecer unas sociedades más justas, más iguales y más libres. Así ha sido desde el surgimiento de los primeros liberales, pasando por las luchas del movimiento obrero, el compromiso de los republicanos, la resistencia antifranquista y los esfuerzos transversales de los demócratas.

Bien sabemos el coste pagado por generaciones de progresistas a lo largo de dos siglos y medio para poder disfrutar de los sistemas políticos actuales, sujetos a crítica, revisión y mejora, pero infinitamente mejores que los sistemas conservadores del pasado.

Pero, ¿qué problemas causa ese proyecto político de progreso para España encarnado por el PSOE y que liderado por Pedro Sánchez es capaz de suscitar apoyos populares y mayorías parlamentarias para ostentar la gobernabilidad? Para los reaccionarios, al menos tres.

Primero. Pedro Sánchez y el PSOE son la barrera más infranqueable en toda Europa y en buena parte del mundo para impedir que la extrema derecha, que es incompatible con la democracia, pueda formar parte del gobierno central como ya lo es de numerosos gobiernos autonómicos. En un momento donde el pacto reaccionario es propulsado por los populares conservadores hasta el punto de no poder distinguir las políticas y los discursos de unos y otros, las fuerzas progresistas, especialmente la socialdemócrata, son la única garantía para taponar esa vía hacia la claudicación de nuestros principios y valores. Como bien señala, Johann Chapoutot en su obra Irresponsables, el pacto de autoritarios con ultras es la gran traición a la democracia.

Segundo. Pedro Sánchez y el PSOE han llevado a cabo una gran labor de modernización y transformación económica y social durante los últimos ocho años. Respondiendo a la perfección a la dinámica histórica descrita, el actual gobierno ha optado siempre por la justicia social, la redistribución fiscal, el fortalecimiento del estado del bienestar y la adquisición de nuevos derechos. Para los reaccionarios, este salto cualitativo y evolutivo es una afrenta incompatible son su modelo cercenador y neoliberal. Solo imaginarse cuatro años más de avances sociales y conquistas ciudadanas les genera una fibrilación endémica y patológica.

Y tercero. Pedro Sánchez es un líder europeo y mundial destacado e influyente. Nunca antes, la aportación española al concierto internacional había tenido no solo una voz propia, sino una voz pionera, una voz respetada y secundada. Desde la defensa del pacto verde europeo, pasando por el reconocimiento del estado palestino a la oposición radical de las guerras ilegales de Trump y Netanyahu, Sánchez ha construido las bases de una nueva idea moral de la política global. Los reaccionarios, partidarios de los fuertes, de Trump y del movimiento tecnoautoritario, no pueden soportar otros cuatro años de un político que los cuestiona y los desenmascara en la presidencia del gobierno.

Por estas razones y por una última no menos importante, la del miedo al resultado electoral, España vive hoy un lawfare, un golpe blando, consecuencia de la desproporción de los medios empleados y personas involucradas en el mismo. Pero, como hemos visto en el sucinto repaso por nuestro pasado, esto no es nuevo, ya ha pasado antes. La dialéctica histórica nos enseña que la lucha entre progreso y reacción es desigual porque siempre los poderosos están del lado de la reacción. Pero también nos muestra que en democracia esa desproporción se reduce gracias al poder popular que constituye un parlamento y forma un gobierno. Finalmente, también nos enseña que los sueños del progreso acaban imponiéndose a los miedos de la reacción.

Diputado del Parlamento Europeo por España.


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