Razones de una visita
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
La visita a España de León XIV, jefe espiritual de la cristiandad católica y jefe del Estado más pequeño del mundo pero ideológicamente más influyente pese a sus cuarenta y cuatro hectáreas de extensión, marca un hito importante en la escena social y política española. Y ello porque sobreviene aquí en una situación de máxima polarización interna, frente a la cual la visita parece aportar una cierta idea de tregua, siquiera simbólica, muy necesaria en nuestros atribulados lares.
Los asuntos relacionados con la religión son extremadamente delicados, como lo es el mundo de las creencias. Las guerras de religión ensangrentaron Europa durante siglos y se conocen menos los efectos causados en otros continentes, que sin duda los hubo. Por este motivo, quien esto escribe tratará de evitar causar daño alguno, sin renunciar a describir de forma pretendidamente objetiva una situación singular como la que la visita papal a España implica.
El Pontificado tiene dos dimensiones, una espiritual, que se sustancia en un liderazgo moral atribuido al Papa por la condición de su ministerio y por la grey de fieles, y otra dimensión temporal, relativa a la organización eclesiástica. La primera se rige por el dogma. La segunda lo hace por pautas pragmáticas, de jerarquía, ordenación, prioridades… compartidas por y concernientes a muchas otras instituciones.
Sobre el liderazgo espiritual y moral no quiero extenderme, por entender que forma parte de lo creencial. Pero sí recordar, como me explicaron en el colegio religioso donde estudié, que los católicos deben dar testimonio de su fe mediante su conducta ejemplar, guiada por pautas de amor al prójimo. Es decir, que exige adoptar pautas de vida acordes con ese principio. Recurdo que en la única ocasión en que Jesucristo justifica el suicidio es cuando dice que alguien arrebata la inocencia a un niño.
No sirve pregonar una fe si los actos no la avalan. Pasa algo parecido con la democracia. Hay quienes se dicen demócratas y se limitan a votar, pero las normas de comportamiento, benevolencia, respeto a la minoría y atención a las decisiones mayoritarias en tantas ocasiones se incumplen de manera flagrante, sobre todo en España donde quienes han alardeado durante siglos de encarnar esos valores cristianos han seguido trayectorias, egoístas, discriminantes e inhumanas sin nada que ver con tales principios. La democracia es una forma de vivir en sociedad, no una mera mecánica electoral.
Respecto a la dimensión administrativa, la organización del clero español ha seguido pautas propias. Históricamente, por razones de distinto tipo, en medio de una espantoa crisis económica que estremeció a Europa a partir de 1929, la jerarquía de aquel clero se desgajó paulatinamente del sentir social mayoritario y abdicó de su ascendiente moral siquiera para arbitrar y tratar de impedir una conflictividad devastadora que de cuando en cuando se adueña de nuestro atribulado país por distintos motivos signados por pasiones cainitas. El precio pagado por aquel error fue tremendo, pero más tremendo fue el que pagó una España ensangrentada por una guerra civil aterradora, donde las gentes de buena voluntad, que siempre las hubo, echaron en falta un arbitraje de cuya responsabilidad, la jerarquía eclesiástica de entonces declinó para insertarse de lleno en el bando beligerante.
Nada justifica la furia homicida desatada contra numerosos sacerdotes, desde luego. Pero las hostiles percepciones vigentes entonces, en sectores sociales que habían sido golpeados durante siglos por la explotación material de los señores del dinero y de la tierra, justificada, cuando no bendecida desde tantos púlpitos que olvidaron el precepto del amor al prójimo, convirtió desdichadamente en irreversible aquellos sangrientos desmanes. Luego, pocas voces se alzaron desde los púlpitos contra la represión salvaje acometida por el franquismo durante la larga y cruenta posguerra, cuyos efectos vemos cada semana al desenterrar cientos de cadáveres de las fosas comunes.
Empero, hubo un sector muy minoritario pero real de la jerarquía eclesiástica, que reparó en lo sucedido y cruzó el pasillo desde la justificación del autoritarismo hasta las filas de la democracia. Ningún demócrata debería olvidar la figura de Vicente Enrique y Tarancón, 116º cardenal Primado de España durante la etapa crucial de tránsito hacia la democratización del país, al calor de las luchas de masas que inflamaban la conciencia antidictatorial desde las fábricas, las aulas, las calles y, también, desde algunos templos de titulares valientes. Los jóvenes quizá desconozcan que hubo en Zamora una prisión especial para sacerdotes desafectos de aquel régimen liberticida.
Es en ese eslabón histórico donde los demócratas y progresistas españoles pueden insertar esta visita papal. Los mejor intencionados interpretan la visita de León XIV a España como un intento de corregir aquella beligerancia letal de hace 90 años y retomar un arbitraje moral que rebaje las tóxicas tensiones que envenenan la vida social y política española mediante una polarización que alcanza niveles insoportables y preludian los peores escenarios concebibles.
Mas el propósito arbitral del Pontífice no puede ser trastocado por una cierta jerarquía eclesial local con tendencia a regresar al alineamiento de entonces, que parece disfrutar sobremanera metiendo los dedos en los ojos de la izquierda gobernante, con especial regodeo cuantos más embates recibe por sus errores y por los inventados por sus adversarios. Y ello, además, mientras una parte de los líderes de la derecha, supuesta grey de esa jerarquía, los más incultos, por cierto, parecen fascinados con corrientes pseudorreligiosas heterodoxas del cristianismo católico, propias de un supuesto evangelismo que ha arrasado países enteros de Iberoamérica, Centroamérica y Norteamérica con un mensaje de odio, políticamente muy reaccionario. El mismo mensaje que con su simplismo traducido a la escena ideológica y política, aúpa al poder a individuos de la catadura moral de Donald J. Trump, Jair Bolsonaro o el mendaz carcelero Nayib Bukele, que ha convertido su país, El Salvador, en un terrible presidio.
Del pseudoevangelismo
Da la impresión de que este Papa trata de enmendar errores de algún antecesor suyo cuando, proscribiendo la Teología de la Liberación de manera inmisericorde, abrió las compuertas a ese pseudo-evangelismo, que de evangélico parece tener bien poco, tan letal para la convivencia democrática, que separó a la grey católica de su compromiso con la paz, la benevolencia y el amor al prójimo.
No se entienda lo escrito como una crítica a la libertad de creencias, por favor. Se trata de precisar que la utilización artera de la buena fe de creyentes decepcionados por la oclusión del mensaje humanista de Cristo, se traduce en términos políticos, señaladamente electorales, en un componente muy manipulable, como vimos en Brasil, Estados Unidos y América Central, por quienes allí carecen de cualquier tipo de creencia distinta de la del más descarnado poder.
En cuanto a la anfitrionía española de esta visita papal, muchos, supuestamente ubicados en la otra zona ideológica, la considerarán oportunista y quizá tengan razón. Pero atender a la voluntad visitadora del visitante, el Papa, prima sobre toda otra consideración. Su intención pastoral ha sido respetada al máximo.
Un lenguaje común
Los políticos más inteligentes, que los hay todavía pese a todo, saben que el catolicismo era un lenguaje común de los españoles, que sobrenadaba por encima de la fragmentación territorial e ideológica impuesta por la geografía peninsular, la cultura y la clase social. En consecuencia, conciben la visita papal como un elemento cimentador de la convivencia y apuestan por los efectos presumiblemente beneficiosos del viaje del Pontífice a España, hoy muy necesarios según la óptica estatal que les lleva a actuar en consecuencia. No obstante, no viene mal recordar a los que mandan que España se define como un Estado aconfesional y el laicismo debe ser plenamente respetado. Sin el impulso laicista y librepensante, no cabe olvidarlo, la democracia hubiera sido prácticamente inaccesible en España.
Por cierto, ya que de amor se habla en el mensaje cristiano, hay un joven pensador español, Jesús Figueres Cañadas, que aparte de su cualidad de preclaro historiador descriptivo de la Economía, ha teorizado con extremada brillantez sobre el amor humano como factor productivo de primera magnitud, en su reciente libro El reino de los hombres. Opinables son sus recelos políticos sobre la democracia formal y sobre el Estado, quizás enmiende sus yerros al respecto ya que es aún muy joven, pero vale la pena reflexionar sobre su propuesta, según la cual, es pertinente la pregunta sobre si la causa última de la prosperidad residiera no en la esfera objetiva, mercados, leyes, decisiones, sino en la recóndita interioridad del ser humano donde, dice, el amor reside.
Ojalá que la visita papal remanse las mentes y los ánimos españoles y el diálogo, el consenso y la concordia recuperen el lugar que nunca debieron perder.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.
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