Cañones USA, mantequilla China (II). Pekín y Moscú dicen apostar por un mundo igualitario, multilateral y diverso
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Como apuntábamos en la crónica anterior sobre la cumbre Trump-Xi Jinping celebrada en Pekín, en la que pusimos el acento en la presumible exigencia del presidente estadounidense a su anfitrión chino para que rompa su alianza euroasiática con Moscú, ha faltado poco, tan solo cuatro días, para que Vladimir Putin llegue a la capital china donde, sin duda, pidió a su anfitrión información sobre lo tratado. Tanto él, como Xi, como el propio Trump, se juegan mucho con la respuesta que el líder chino haya devuelto a su anterior huésped norteamericano. Si la alianza ruso-china se rompiera o debilitase, la hegemonía estadounidense, pese a su declinar, retardaría su caída, mientras que China, que cuenta con un fuerte impulso superpotencial, pasaría a la condición de gran potencia, subalterna al respecto de la superpotencia real estadounidense.
Empero, no parece que haya tal, dado el cariz de la Declaración Conjunta que Xi y Putin han suscrito al finalizar su encuentro, rubricado por una reafirmación rotunda de la alianza ruso-china basada en el respeto de ambos a la multilateralidad y asentada en “un nuevo tipo de relaciones internacionales que contemple la apertura global a la cooperación interestatal inclusiva y mutuamente beneficiosa”. La declaración aboga por la atención al principio de seguridad “indivisible e igualitaria”, la “democratización de las relaciones internacionales”, así como “la mejora del sistema de gobernanza global”.
Aboga igualmente y defiende el derecho de cada Estado y de las asociaciones interestatales de “elegir libremente sus socios extranjeros” además de sus modelos de interacción mutua. “Ningún Estado ni grupo de Estados debe controlar los asuntos internacionales, ni dictar el destino de otros países, ni tampoco monopolizar las oportunidades de desarrollo”, establece la Declaración. Establece como metas “la igualdad soberana, el estado de derecho internacional, la centralidad en el ser humano”, con una apuesta rotunda por “el multilateralismo como principal herramienta para resolver los problemas globales complejos y multifacéticos”. Propone además “evitar el debilitamiento de la Organización de Naciones Unidas, cuya Carta fundacional es considerada por Xi Jinping y por Vladimir Putin como norma fundamental de las relaciones interestatales, prevalente sobre las normas desarrolladas dentro de un círculo reducido de Estados.
Ninguna civilización es superior a los demás
Otro de los aspectos suscritos e incluidos en la Declaración Conjunta ruso-china subraya que “todas las civilizaciones humanas son iguales en sí mismas, no se dividen en altamente desarrolladas y subdesarrolladas, fuertes o débiles. El sistema espiritual y moral de ninguna civilización puede considerarse exclusivo o superior a los demás”, añade, mientras preconiza que todos los países “deben abogar por una visión de la civilización basada en la igualdad, el intercambio mutuo de experiencias y diálogo” así como “la protección de la diversidad cultural”.
En otro apartado del documento, se remarca que “es necesario oponerse resueltamente al uso de los Derechos Humanos como pretexto para la injerencia en los asuntos internos de otros Estado, así como a la instrumentalización y politización de tales cuestiones”. En este aspecto, la diferencia entre el mero derecho positivo estatal y la universalidad de los Derechos Humanos merecería un debate específico aparte en torno a la percepción de que entrañan.
Por otra parte, el texto declarado señala igualmente el texto que “la religión es importante vehículo para la cultura humana como constructora de vínculos entre los pueblos”, mientras estimular los intercambios interreligiosos.
Cabe sintetizar el contenido de esta importante declaración en la condena de las tendencias neocoloniales negativas y de la ley de la selva a la que guía el hegemonismo en el que se mueven Estados que no respetan la legalidad internacional. Aunque no se le menciona en el texto de este acuerdo de principios chino-ruso, su enunciado es un jarrón de agua fría sobre Donald Trump, que abandonó Pekín sin declaración conjunta de ningún tipo y que en el acuerdo de principios de la potencia euroasiática bicéfala aparece cabalmente retratado como ejemplo de lo que no cabe hacer en las relaciones entre los Estados del mundo. Hay una condena sin paliativos contra el unilateralismo de la Administración estadounidense actual, pero se elude la denuncia directa precisamente como propósito de inaugurar una nueva etapa basada en los principios formalmente benevolentes que postula.
Des-democratización USA
Estados Unidos, guste o no guste, es una superpotencia herida de muerte por un proceso interno con enormes repercusiones externas. Veamos de qué se trata. Uno de los efectos más evidentes y políticamente más dañinos a escala hemisférica occidental es el derivado de la des-democratización de la política estadounidense, ceñida a procesos electorales paulatinamente cada vez más vulnerables; y lo son tanto por vías telemáticas como por procedimientos de inteligencia artificial, estos basados siempre en meras, aunque elaboradas, presunciones estadísticas. El evidente vaciamiento de las prácticas y usos democráticos en la política interior y exterior de los Estados Unidos de América, con su tóxica influencia sobre numerosos otros Estados, por romper el equilibro entre legalidad y legitimidad, sustrato ineludible de la estabilidad política, va a erigirse en principal causa aceleradora de conflictos internos en el país norteamericano y externos a escala mundial así como en segura antesala de nuevas guerras.
La democracia no es una simple mecánica electoral a secas, sino que es también y sobre todo, una dinámica social que demanda su interiorización y exteriorización como pauta de vida y referencia de valor supremo capaz de hacer viable la convivencia social al fortificar la cohesión comunitaria y al corregir la desigualdad derivada de la distribución desigual del poder, de la propiedad e, incluso, de la identidad.
Reaparece la diplomacia secreta
Efecto altamente nocivo del ahuecamiento del contenido democrático de las sociedades americanas y europeas y de sus prácticas estatales va a ser la reaparición de la diplomacia secreta, co-causante de la Primera Guerra Mundial y alentadora de la segunda gran conflagración. Cuando los sistemas y controles democráticos del poder estatal se debilitan, como en la actualidad sucede en la escena estadounidense y europea, los Estados se autonomizan y comienzan a desplegar desaforadamente actividades secretas. La diplomacia suele ser la afectada en mayor medida por esta deriva y una de las más desencadenantes de la conflictividad interestatal, pese a revestirse de cierta capa de eficiencia.
De la diplomacia secreta suele surgir el dirigismo a las guerras de los pueblos, convenientemente traicionados, por parte de quienes han recurrido a aquellas prácticas secretas. La diplomacia secreta es la expresión más depurada de la actuación del ególatra Estado para-sí, en contraposición el Estado en-sí concebido éste como el garante social de las libertades y derechos de la ciudadanía, frente a aquel, que antepone como prioridades particulares la tenencia, esgrima y pervivencia de/en el poder por encima y en contra de los intereses colectivos, democráticos de la mayoría social.
La asociación del secreto a la diplomacia, concebida ésta como mecanismo supremo de interacción estatal, acarrea dificultades sin cuento a la fluencia política, como el despliegue de la actividad de los servicios secretos, con prácticas habitualmente abocadas a contrariar la moral social y el Derecho, facilitando de ese modo su descontrol político, incluso frente al Estado mismo, emancipación tan peligrosa para las democracias.
Con la enorme agenda de contenciosos de envergadura con los que litigan Estados Unidos y China, a todos los niveles, decirnos hace días que no hay casi nada de nada tras un encuentro de tal entidad permite pensar que la cantidad de conflictos potenciales irresueltos que les enfrenta es tan abultada que está a punto de dar un salto cualitativo hacia la guerra –la cantidad se transforma en cualidad, nos enseña la Lógica-. En todo caso, el magro desenlace de la cumbre chino-estadounidense encuentra elocuente superación en la enjundiosa declaración chino-rusa, que implica respeto a la opinión pública mundial a la que se ofrecen garantías y esperanzas de sensatez mutua entre las dos potencias de Eurasia, pertenecientes a nuestra vecindad geográfica continental, frente a quienes toman a los pueblos del mundo por imbéciles, sumisos e indignos de satisfacer su derecho a la información.
Aliados de China, en peligro
Además de intentar erosionar la alianza ruso-china, Estados Unidos ha liquidado a un aliado energético y comercial de primera magnitud para China como lo era Venezuela, cuyo Presidente ha sido secuestrado manu militari por Donald Trump, que alentado por Nethanyahu, el frío genocida enloquecido, intenta decapitar a otro, el Estado iraní, aliado energético y comercial decisivo para Pekín. Asimismo, Donald Trump trata de hacerse con el control pleno, el control a secas ya lo tiene, del océano Ártico, presionando a Canadá y amenazando a Groenlandia, que China necesita vitalmente para desestrangular sus exportaciones e importaciones comerciales y energéticas, abocadas a transitar por el angosto Estrecho de Malaca y a la espera de lo que suceda siempre en el Estrecho de Ormuz, co-fiscalizado por la Flota estadounidense.
Por otra parte y contraviniendo el espíritu resultante del fin de la Guerra Fría, que abrió las venas del mundo a la globalización y permitió el libre comercio mundial al desbaratar las rígidas zonas de influencia entonces demarcadas y que aquella pugna capitalismo-socialismo trazaba, Estados Unidos, según su última Directiva de Seguridad Nacional del pasado mes de septiembre, se arroga ahora para sí todo el hemisferio occidental cortocircuitando las posibilidades comerciales y las expectativas de China en América del Sur. Pese a que nada ha trascendido desde hace tiempo sobre África, es casi seguro que el gran continente meridional, por la riqueza y potencial de sus recursos de todo tipo, haya sido abordado, presumiblemente disputado, por Xi y Trump en su cumbre pequinesa.
Los cuatro puntos de Roosevelt, más uno
Como recordaba reciente el jurista Joan Garcés, los cuatro puntos definidos por Franklin Delano Roosevelt el 1 de marzo de 1945 en declaraciones a The New York Times como causantes de las guerras mundiales, se dan hoy abruptamente incontrolados como un inquietante ritornelllo. El presidente estadounidense señalaba entonces que las acciones unilaterales, las guerras de agresión, las zonas de influencia y el denominado equilibrio de poderes hegemónicos habían causado las principales conflagraciones en la Historia contemporánea. Olvidaba Roosevelt la diplomacia secreta y su tóxica estela desencadenante también de las peores guerras.
Si observamos la conducta seguida ahora por la Presidencia de Estados Unidos, vemos cómo proliferan los actos unilaterales –amenazas a Cuba, Canadá y México; las guerras de agresión –secuestro a mano armada del presidente de Venezuela y ataque combinado estadounidense-israelí contra Irán-; regreso a las zonas de influencia, al arrogarse unilateralmente Washington la plena hegemonía del hemisferio Occidental-; y la búsqueda, mediante la diplomacia secreta, de los equilibrios interhegemónicos de poder a su antojo y fuera del control democrático de terceros países y de las propias Cámara de Representantes y del Senado para ejecutar todas estas transgresiones del statu quo ante.
La inhibición de tales flagelos y su inaplicación desde hace 77 años en que nació la Organización de Naciones Unidas, regidas por el Derecho Internacional, ha permitido a grandes rasgos mantener cierta paz a escala mundial, que no local, desde el fin de la Segunda guerra Mundial hasta nuestros días. Pero, si contemplamos hoy la escena internacional violentada por Estados Unidos y su aliado Israel, vemos la reaparición de aquellos cuatro vectores, más el quinto, la diplomacia secreta, que tanto dolor causaron a la Humanidad, ensangrentada por la locura insaciable de la guerra.
Precisiones conceptuales
En cuanto a China y Rusia, la adscripción al autoritarismo que tantas veces se les asigna ha de demandar precisiones conceptuales, habida cuenta de que muchos componentes de la sinofobia y la rusofobia heredados de la Guerra Fría permanecen vigentes en los imaginarios occidentales. Una cosa es que tales regímenes sean autoritarios, que lo son por motivaciones internas que nadie explica y otra cosa es que en las relaciones internacionales se muevan o no por principios de Derecho Internacional.
En el orden interno, es fácil olvidar que las dimensiones de ambos países euroasiáticos, sus respectivas demografías y los fundamentos nacionales, culturales y doctrinales de sus respectivos Estados poseen raíces comunitarias de índole bien distinta a la evolución política y doctrinal del denominado Occidente. ¿Cabe concebir el individualismo como arco de bóveda ideológico en un país de 1.400 millones de moradores como los que tendrá China en apenas dos décadas? Evidentemente, no. ¿Cabe postular lo mismo para la Federación Rusa, mucho menos poblada, pero surgida hoy de ocho décadas de comunismo soviético asentado en un pasado histórico comunitarista de los pueblos rusos, previo a la revolución soviética de 1917? No parece, tampoco.
Ergo, una cosa será el centralismo estatal federativo, obvio en Estados de tamañas dimensiones –recordemos la perpetuación de la pena de muerte en Estados Unidos- y otra el autoritarismo como única práctica institucional que tan gratuitamente se atribuye a ambas grandes potencias euroasiáticas. La disidencia secesionista en el Tibet de los lamas o en el Sinkiang de los musulmanes, tan aventada contra el poder central de China, o la encarnada por unos cuantos oligarcas rusos milmillonarios, empeñados en hacerse con todos los recursos de la Federación Rusa y a los que el Kremlin puso coto, ¿son impedidas mediante prácticas autoritarias o son adoptadas y palmariamente necesarias por razones de sentido común político? Tales cuestiones serían objeto de interesantes debates, dejando a un lado los residuos sinófobos y rusófobos tan enraizados en las visiones que nos han sido impuestas por los aparatos mediáticos de siempre. Lo que más nos preocuparía ahora sería que China y Rusia, ambas potencias nucleares, se dedicaran de lleno a enardecer la agresividad de Donald Trump en vez de mostrar, como acaban de hacer en su declaración conjunta, prácticas sensatas y comprensibles para todos en sus relaciones mutuas, como parecen seguir hasta ahora, en contraposición a la errática trayectoria de su contraparte estadounidense. Ya es hora de abandonar las inercias del pasado y encararlas argumentadamente, puesto que eludir su tratamiento solo puede dar bazas a quienes, en realidad, permanecen instalados en la mentira y en el autoritarismo que dicen criticar.
Todo ello nos lleva a proponer, frente a la des-democratización hoy imperante, una redemocratización no solo en el ámbito interno, intraestatal, sino en además y sobre todo en la regulación de las interacciones interestatales y a los contenidos de las instituciones internacionales, necesitadas asimismo de una democratización que demandará el abandono del derecho de veto con el que las superpotencia y las grandes potencias cuentan.
De momento, antes de que Estados Unidos cancele la sede de Naciones Unidas en Nueva York, los soñolientos dirigentes de esta Europa sin pulso a la que nos están guiando, podrían barajar qué ciudad europea -¿porqué no Madrid?- puede albergar la nueva ONU, desprovista ya del lastre del desigualitario y hegemonista derecho de veto, veto objetivo que Estados Unidos tiene sobre la OTAN, que hay que cancelar igualmente.
El alcance simbólico de este traslado constituiría un aviso de la inminente necesidad de recobrar para Europa un poder arbitral entre la superpotencia transatlántica, Estados Unidos, y la gran potencia euroasiática, China, como enclave geopolítico equidistante de tres continentes, dotado de un patrimonio civilizacional, económico, diplomático, institucional, militar, cultural y geopolítico de primerísimo orden y un poder de interlocución con el Sur global, rebasado ya el eurocolonialismo, a tener en cuenta.
Un apunte en clave española
La reciente imputación del expresidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero pone de relieve la injerencia de los servicios secretos estadounidenses en la política interior española. Que en la grabación telefónica ilegal por parte de una agencia estadounidense de una conversación de un venezolano se nombre al ex presidente español ¿es causa para desencadenar la instrucción de un proceso judicial por corrupción? Esperamos explicaciones del juez instructor, aguardando a ver si es capaz de transformar indicios en pruebas, como es su obligación, como lo es el respeto al secreto del sumario, cuya violación por parte de dirigentes de la derecha extrema, un torpe señor gallego y la alocada señorita innombrable, que se jactaban de haberlo violado, constituye una clamorosa demostración de las reiteradas y extrañas sintonías entre el ámbito del Poder Judicial y los de siempre.
Pero vayamos un poco más lejos. Marco Rubio, secretario de Estado norteamericano, alardeaba no ha mucho, tiempo atrás y públicamente ante algunos castellanoparlantes, que su departamento se proponía emitir un Reward, un Se Busca sobre la persona que hoy, qué curioso, afronta una imputación judicial con indicios dentro de un texto imputatorio que se muestra escrito en términos ya condenatorios, de sentencia previa. Sospechar no es condenar.
Objetividad, señores togados, objetividad. La justicia española no está en condiciones de ver, una vez más como algunos signos apuntan, que sus instructores yerran por haber visto churras donde solo había merinas. Muchos togados no parecen percatarse de que el daño en la reputación de un ser humano sometido a una imputación sin pruebas contundentes es psicológicamente tan dañino como para devenir en irreversible y precipitada condena general. La honorabilidad ínsita en la presunción de inocencia es una garantía propia de sistemas democráticos y su vulneración, un síntoma de derivas totalitarias por venir, si no se han aposentado ya en determinados poderes en nuestro atribulado país.
¡Ah! y en cuanto a los letrados, tengan en cuenta que si el secreto del sumario se hubiera violentado, como parece evidente y la injerencia de una potencia extranjera quedara aquí probada- recordemos la información procedente de Estados Unidos al respecto, hay razones legales suficientes para pedir la suspensión del proceso y su pleno replanteamiento.
Los mentores de las conjuras suelen perseguir matar varios pájaros de un tiro: aquí, cabe especular con que, en primer lugar, intentaban aniquilar los nexos del Estado español con un país hermano, Venezuela, al que el previo estrangulamiento al que fue sometido por Donald Trump le impedía adquirir hasta fármacos o alimentos, así como exportar su petróleo del que el país suramericano vive. Si un ex presidente español fuera convocado para movilizar su ascendiente y ayudar a un Estado del área hispana en estado de necesidad, ¿tiene fuero el señor Marco Rubio para impedirlo por su mero capricho, por su mero ordeno y mando? No. En ningún caso. Este cubano autoexiliado debe estudiar lo que es la soberanía, personal y política. De la primera, se olvida, sometiéndose a las disforias bipolares de su boss; y la segunda solo la tiene en cuenta cuando satisface los apetitos imperiales del país al que él mismo emigró y que humilla a sus compatriotas pobres.
El segundo objetivo imperial era vengar, junto con Israel, (no olvidemos sus malandanzas con los teléfonos y el sistema Pegassus) la valentía del presidente Pedro Sánchez allavar la cara a Europa y al llamar genocidio a las matanzas de niños e inocentes en Gaza. Por ende, tratando de romper el apoyo cardinal que Rodríguez Zapatero le brindaba. Lo sucedido va, curiosamente, en esa dirección. Y el tercer propósito de los conjurados, que los hay, es echar del poder legítimo a Pedro Sánchez, que no hocica ni se humilla ante la insensatez que se ha instalado por segunda vez en la avenida de Pennsilvania. Errores habrá cometido, qué duda cabe. Errores puede este escribidor cometer esgrimiendo una lógica hipotética que mientras no se demuestre lo contrario, seguirá siendo, hipótesis, fundada, desde luego en la observación de muchos, muchos precedentes, jurisprudencia diríamos en clave procesal. Pero el temor a que la judicatura incurra en otro bluff como tantos otros previos, hace predecir que la confianza en la justicia en España pueda desaparecer por completo, rejón de muerte de toda democracia, lo cual nos hará alcanzar cotas insuperadas de inseguridad, antesala de los peores augurios.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.
La Redacción recomienda
- No saber perder. ¿Por qué las derechas españolas no aceptan sus derrotas en las urnas?
- Pedro Sánchez: “Materialicemos entre todos un Pacto de Estado frente a la emergencia climática”, que nos permita estar “más prevenidos y más preparados”
- El Gobierno presenta la Red de Refugios Climáticos en el marco del Pacto de Estado frente a la Emergencia Climática
- Elma Saiz reivindica la reforma del incentivo al empleo del IMV para que trabajar sea la mejor vía de inclusión
- Transportes aprueba un plan de inversiones de más de 1.500 millones de euros en los puertos españoles para 2027