El monstruo que inauguró la era del ozempic
- Escrito por Manuel Peinado Lorca
- Publicado en Opinión
Durante un tiempo —no demasiado largo, pero sí lo suficiente como para que nadie pueda fingir que no ha pasado— medio planeta empezó a pincharse una hormona. No era insulina, aunque lo parecía. No era exactamente un medicamento para adelgazar, aunque adelgazaba. Y no era, desde luego, algo discreto: su nombre aparecía en conversaciones, revistas, programas de televisión y, sobre todo, en ese termómetro moral contemporáneo que son las redes sociales. Se llamaba Ozempic.
Había algo ligeramente inquietante en todo aquello: la idea de que el hambre, esa fuerza primitiva que había empujado a la humanidad a inventar la agricultura, a cruzar océanos y a domesticar medio planeta, podía reducirse a una inyección semanal. Como si, después de miles de años, alguien hubiera encontrado el interruptor que apagaba el apetito.
Lo curioso es que esa historia —como tantas otras en ciencia— no empezó en un laboratorio brillante ni en una gran multinacional farmacéutica. Empezó, más bien, en un lugar improbable: el desierto. Y con un animal aún más improbable.
El protagonista de esta historia no es elegante. No es rápido. Ni siquiera es particularmente simpático. El monstruo de Gila —Heloderma suspectum— es un lagarto grueso, de movimientos lentos, piel moteada y mirada indiferente, como si hubiera decidido hace millones de años que no merecía la pena darse prisa por nada. Vive en los desiertos del suroeste de Estados Unidos y el norte de México. Puede pasar semanas sin comer, enterrado bajo la tierra, esperando. Cuando por fin se mueve, lo hace con una parsimonia que parece una provocación evolutiva. No necesita correr: tiene veneno.
Pero ni siquiera eso lo hace espectacular. Su mordedura no es fulminante. No es una cobra ni una serpiente de cascabel. Es, por decirlo de algún modo, un veneno poco ambicioso: doloroso, desagradable, pero raramente mortal. Un arma más bien torpe para un animal que, en general, parece haber prosperado sin necesidad de impresionar a nadie. Y, sin embargo, escondido en esa saliva viscosa, había algo extraordinario.
La historia científica que conduce a Ozempic no empieza realmente con el lagarto, sino con un problema. En los años ochenta, varios investigadores —entre ellos nombres que hoy aparecen en artículos y premios— estaban estudiando una hormona humana llamada GLP-1. Era, en esencia, una señal: cuando comemos, el intestino la libera para decirle al páncreas que produzca insulina. Además, le susurra al cerebro algo aún más interesante: “ya es suficiente”.
Era un sistema elegante. Demasiado elegante, quizá. Porque tenía un defecto fatal: el GLP-1 desaparecía casi tan rápido como aparecía. En cuestión de minutos, el cuerpo lo destruía. Era como intentar construir una terapia sobre un mensaje que se autodestruye antes de llegar a destino. El cuerpo humano, en otras palabras, tenía la solución… pero no sabía conservarla.
Durante un tiempo, aquello fue poco más que una curiosidad fisiológica. Interesante, sí, pero difícilmente utilizable. Y probablemente habría seguido siéndolo de no ser por una decisión muy concreta, casi caprichosa, que alguien tomó en algún momento: mirar en un lugar donde nadie estaba mirando: la saliva de un reptil venenoso.
Fue allí donde apareció el exendin-4. El compuesto, aislado en el monstruo de Gila, hacía algo sorprendente: imitaba la acción del GLP-1 humano, pero con una diferencia crucial. No desaparecía en minutos. Permanecía activo durante horas. Era, por decirlo de forma simple, la misma señal… pero con eco. De repente, lo que en humanos era fugaz se volvía utilizable. Lo que era un susurro se convertía en una voz sostenida. Y eso lo cambiaba todo.
No es frecuente que la industria farmacéutica le deba tanto a un animal que parece diseñado por un niño enfadado, pero ahí estaba. Un lagarto lento, venenoso y bastante poco carismático había resuelto un problema que llevaba años atascado en laboratorios mucho más sofisticados. Por supuesto, la historia no fue inmediata. La ciencia casi nunca lo es.
El primer paso fue transformar aquel hallazgo en un medicamento. Así nació la exenatida, aprobada a mediados de los años 2000. Funcionaba. Ayudaba a controlar la glucosa en pacientes con diabetes tipo 2. Era, en cierto modo, la prueba de que la idea era válida. Pero también era solo el principio, porque lo que vino después fue una carrera silenciosa por mejorar aquella molécula: hacerla más estable, más eficaz, más cómoda. Reducir la frecuencia de las inyecciones. Ajustar su comportamiento en el organismo. Convertir un hallazgo curioso en una herramienta precisa.
Décadas de química fina, de ensayo y error, de pequeñas modificaciones invisibles para cualquiera que no lleve bata de laboratorio. Y en esas estaban, dándole vueltas y mas vueltas al magín, hasta que apareció la semaglutida, la molécula que actúa imitando una hormona natural que reduce los niveles de glucosa, administrándose mediante inyección semanal (Ozempic, Wegovy) o pastilla diaria (Rybelsus).
Ozempic no es, pues, el veneno del lagarto. Es su versión refinada, destilada, domesticada tras años de ingeniería molecular. Un descendiente lejano, pero reconocible. Como esas historias familiares en las que alguien acaba en un lugar completamente distinto al de sus antepasados, aunque conserve algo esencial de ellos.
Y entonces ocurrió algo que nadie había planeado del todo. El fármaco no solo controlaba la glucosa. También reducía el apetito. De forma clara. Persistente. Medible. Los pacientes comían menos. Y adelgazaban. Aquí es donde la historia deja de ser exclusivamente médica y se vuelve cultural. Porque tratar la diabetes es una cosa. Alterar el hambre es otra muy distinta.
Durante siglos, el apetito había sido algo casi sagrado en su inevitabilidad. Se podía resistir, domesticar, disimular, pero no apagar. Formaba parte de la condición humana como el sueño o el miedo. Y de repente, no.
Ozempic —y los fármacos que vinieron después— no obligan a comer menos. Simplemente hacen que la necesidad desaparezca. Como si alguien hubiera ajustado el volumen interno del cuerpo. No es difícil entender por qué eso capturó la imaginación colectiva.
Como ocurre con tantos descubrimientos, nadie estaba buscando exactamente esto. Los investigadores querían entender mejor la fisiología del intestino, mejorar el tratamiento de la diabetes, explorar nuevas vías terapéuticas. No pretendían, al menos no al principio, cambiar la relación de millones de personas con la comida.
Pero así funciona a veces la ciencia: avanza en línea recta y acaba en un lugar inesperado.
Hoy, el fenómeno Ozempic es algo más que un medicamento. Es un símbolo de una nueva etapa. La idea de que procesos profundamente humanos —el hambre, el deseo, incluso ciertos comportamientos— pueden modularse con precisión farmacológica. Es, en cierto modo, el inicio de una medicina del comportamiento disfrazada de endocrinología.
Y todo empezó, de forma bastante improbable, con un lagarto. Uno que pasa la mayor parte del tiempo escondido bajo tierra, que se mueve despacio y que no parece especialmente interesado en el destino de la humanidad. Un animal que no sabe —ni necesita saber— que su saliva ha contribuido a redefinir la relación entre el cuerpo y la voluntad.
Hay algo ligeramente irónico en eso. Durante siglos, la humanidad ha buscado soluciones en los lugares más evidentes: en sí misma, en sus propias capacidades, en su disciplina. Al final, una parte de la respuesta estaba en un rincón polvoriento del desierto, en la boca de un reptil que, visto de cerca, no parece especialmente prometedor.
Quizá esa sea la lección más duradera de esta historia. No que hayamos encontrado una forma de controlar el apetito, sino que las soluciones importantes rara vez aparecen donde esperamos. A veces llegan despacio, con la calma de un lagarto. Y cuando por fin lo hacen, cambian más cosas de las que habíamos previsto.
Manuel Peinado Lorca
Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.
En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.
Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).
En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.
En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.