Ketman y Taquiya, dos bazas iraníes
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Dos conceptos clave singularizan el universo psicológico y moral del chiísmo, la religión mayoritaria en Irán. Ketman y taquiya. Ambos se refieren a distintas formas de ocultación, de seguridad, en su dimensión defensiva o, potencialmente también, agresiva. Ketman implica callar lo que el individuo considera verdad propia, por extensión, sus bazas e intenciones, pero que oculta, con miras a conseguir una ventaja relacionada con la autoestima, el orgullo, la identidad o la fuerza. Taquiya, en cambio, se refiere a la apostasía aparente de la propia fe, para evitar su destrucción, la de la comunidad o la del individuo.
Todo permite pensar que ketman y taquiya están siendo empleados hoy por los dirigentes iraníes supervivientes de los asesinatos perpetrados por Israel contra la cúpula político-militar de la República islámica de Irán. Porque sendos conceptos, que implican sus prácticas correspondientes, resultan extremadamente útiles para afrontar la abrumadora avalancha de fuego que cae sobre Irán desde el comienzo de la fase de la guerra iniciada por Israel y Estados Unidos el pasado 28 de febrero, así como para impulsar las copiosas remesas de drones y misiles que Irán lanza contra bases estadounidenses en su contorno árabe y sobre el distante, pero accesible, territorio de Israel, donde hacen impacto.
Teocracias
Dentro del ideario del chiísmo, el Mal adquiere la sacrílega forma de todo aquello capaz de oponerse al designio divino, cuya manifestación política más evidente es la arrogancia. Y ello porque ésta suele implicar un antropocentrismo que desplaza a Dios de la centralidad universal, es decir, el teocentrismo. ¿Asistimos hoy a un combate allí entre antropocracia y teocracia? ¿O, más bien, la teocracia chií de la República islámica, afronta hoy la ofensiva combinada del antropocentrismo de los machos-alfa Donald Trump-Pete Hegseth-J.D.Vance y la teocracia del pueblo elegido por Jehová que inspira el sionismo del Gran Israel? Tal parecería ser el sustrato combativo ideológico que mueve esta fase de la guerra. El denominado fundamentalismo islámico chií tendrá, según esta versión, su correlato en otro fundamentalismo, en esta caso judío, que impregna ya la política israelí donde “Israel es el Estado-Nación del pueblo judío”, con todo lo que esto implica, según los cambios, de alcance constitucional, introducidos por el Gobierno en su ley del Estado-Nación promulgada en 2018.
Sin embargo, los teóricos de la denominada realpolitik se inclinan a pensar que lo que verdaderamente está en juego con esta guerra es el propósito de Benjamín Nethanyahu por zanjar de modo definitivo la dependencia energética europea occidental del potencial petrolero, gasístico y por ende, geopolítico de Irán. Y se propone lograrlo al modo en que Estados Unidos decidió hacer lo mismo con la dependencia alemana del gas ruso, cuando tuvo que autorizar, si no inducir directamente, la voladura con explosivos del geseoducto submarino Nord Stream 2 y 1 bajo las aguas del mar Báltico, en septiembre de 2022.
Aquel sabotaje, por cierto, se encuentra en el origen de la crisis económica que padece Alemania desde entonces –que dañará sin duda a Europa casi entera- y que ha espoleado poderosamente el ascenso a los aledaños del poder de la extrema derecha nacionalista germana, Alternativa por Alemania (AfD); y ello no solo en el Este del país sino ya también en el propio Berlín, donde la coalición democristina y socialcristiana de derechas, regida por el pusilánime Canciller Friedrich Merz, comienza a tambalearse frente a AfD ante las urnas.
Defensa no, Guerra
Volviendo a la escena bélica, ¿qué cabe columbrar del curso de esta guerra? Los hechos revelan que la política militar de Estados Unidos está en manos del Secretario de Guerra –se negó a llamarla de Defensa- Pete Hegseth, principal impulsor de esta contienda desde el área estadounidense, seguidista a pies juntillas de lo que ordena el primer ministro israelí Benjamín Nethanyahu. El tal Hegseth que hace alarde de ser supremacista blanco, esto es, racista, además de reconocerse como furibundo evangelista (convoca en el Pentágono oficios religiosos obligatorios), así como probadamente machista, se muestra políticamente insensato: en plena guerra abierta contra Irán, ese tipo olvida la máxima ignaciana, “en tiempo de desolación, nunca hagas mudanza”: así, destituye al máximo líder militar, Randy George, Jefe del Estado Mayor Conjunto; impide la promoción al generalato de meritorios altos rangos del escalafón; y, para colmo, segrega a mujeres y afroamericanos de cargos militares, como revela la destitución, sin explicación alguna, de la almirante de cuatro estrellas Lisa Franchetti, la primera mujer en servir en el Estado Mayor Conjunto, para arreglarlo, Hegseth promovió la remoción del jefe del Comando sur, el afroamericano general Alvin Hosley, que discrepó de la policialización militar del Caribe, suplantando al potente servicio de Guardacostas y obligado por Hegseth a bombardear lanchas motoras supuestamente transportadoras de droga, sin pruebas de tal transporte y, en ocasiones, sin atender a los supervivientes náufragos.
Esto es parte del panorama. Los militares estadounidenses detestan ejercer funciones policiales, como las que este Secretario les ha impuesto desplegar en feudos señaladamente demócratas. A diferencia de sus mandos políticos hoy en el poder, los uniformados norteamericanos suelen observar los mapas y conocen, perfectamente, que tanto la línea litoral iraní sobre el Golfo Pérsico es extraordinariamente escabrosa para acceder a ella sin un elevadísimo coste en bajas, como que un espinazo orográfico de 1.500 kilómetros, los montes Zagros, desde el Kurdistán norteño hasta el mismo Ormuz, compone el espaldar inabordable de la costa pérsica, potencial refugio de una resistencia armada y artillera perpetua.
Conquista terrestre inviable
Ambos hechos determinan que la conquista militar territorial de Irán, por esta zona, resultaría prácticamente imposible y que sin ella, el sojuzgamiento político del país, como pretende el arrogante Nethanyahu, resulta del todo inviable. Pero las decisiones tetosterónicas del menda extraño encaramado en la Secretaría de Guerra por entrar de pechos en Irán, hoy por hoy, priman, hasta que alguien que conserve la cabeza por aquellos lares, le pare los pies a él y a su voluntariamente alocado presidente.
Por otra parte y además, el ketman iraní, aplicado a la situación, revela que la baza secreta de Irán en esta contienda se ocultaba en torno al Estrecho de Ormuz, por donde cruza no solo el petróleo de Arabia Saudí exportado desde el puerto oriental de Ras Tanura, sino también el de Qatar, Bahrein, Kuwait, Irak y los Emiratos Árabes, que han visto ahora de cerca el precio de coquetear con los pactos de Abraham promovidos por Israel y el que implica la sumisión a admitir sin rechistar bases estadounidenses en su territorio, bases bombardeadas desde Irán, que tiene capacidad para ampliar su radio de acción a los territorios de sus vecinos árabes.
También Ormuz controlaba el tráfico de fertilizantes agrícolas, decisivos para el conjunto de la agricultura mundial, además de un grueso manojo de cables submarinos por donde la fibra óptica mundial discurría sin problemas hasta que al tal Benjamín Nethanyahu se le ocurrió agitar el avispero iraní y llevar a la guerra, cogido del ronzal, a Donald Trump, acompañado por el cripto(¿)nazi de Pete Hegseth, que lleva tatuado en el pecho el lema “Dios lo quiere”, que estampaba la piel de los cruzados.
Frente a ellos, no sería de extrañar que aquellos interlocutores que Trump dice haber hallado dentro de Irán para su paz impuesta, se estén acogiendo a la taquiya, mostrando credenciales cívicas y laicas, cuando en sus corazones arde muy presumiblemente la flama del Islam acosado, que llama al creyente a la Yihad Manaaf, la disposición subjetiva al combate supremo. El ketman lo reservarán para la diplomacia, combinado con la audacia de invitar a negociar, uno por uno, a cada Estado que quiera que sus barcos transiten por Ormuz.
El delirio
Lo más grave sería que el presidente de los Estados Unidos de América, aleccionado por el tal Hegseth y compañía, en su delirio, se decida atajar la erosión política que sufre por sus promesas incumplidas de acabar la guerra en unos días y lo haga recurriendo a lo que ya hizo Harry Salomón Truman sobre un Japón derrotado, pero imposible de conquistar territorialmente, como hoy Irán: lanzando dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, con 180.000 muertos en apenas unas horas, aquel infausto 6 de agosto de 1945, que avergüenza aún a la Humanidad.
Aquel crimen rubricó al acceso de Estados Unidos a la hegemonía mundial. Por eso Harry S. Truman lo perpetró. Tal fue su principal propósito, aquí mando yo, vino a gritar al mundo. Su grito terminó cuando espías comunistas británicos pasaron a la URSS los secretos atómicos de Estados Unidos y la amenaza unilateral sobre el mundo se conjuró mediante el equilibrio nuclear entre ambas superpotencias, alumbrando la Guerra Fría.
No quiera el cielo que hoy, ese tipo amoral que rige el poderoso país trasatlántico, decida hacer algo semejante contra Irán, en la creencia de que podrá atajar así el clamoroso declive de su discurso hegemónico, basado ya meramente en el titubeante dólar y en el de su obligadamente desnortada nación, regida por desquiciados que aceleran cada minuto su caída.
Regresar ahora a la Luna con el mundo en llamas es una muestra propagandística destinada a distraer nuestra atención de la gravedad de las implicaciones de esta y de la futura guerra que trama Donald Trump contra China, como prueba el intento de acopiar los recursos energéticos, minerales y alimenticios del Hemisferio occidental, desde Venezuela a Groenlandia, hemisferio declarado por aquel nuevo lebensraum, espacio considerado vital por el imperio y con presumibles apetencias de hacer lo mismo con el gas y el petróleo iraníes; y ello, si acaso consigue Donald Trump impedir que el genocida Nethanyahu arrase el negocio del todo, como parece proponerse.
Mientras, el pueblo iraní gime bajo la cortante cizalla de dos filos: el de un régimen reaccionario, arcaico, ahora obligadamente resistente, y el de un coloso imperial en caída libre, jaleado por un enano arrogante, Israel, que arrastran consigo todo cuanto tocan, Europa y sus aliados incluidos, mientras expanden por doquier el fuego destructor de la guerra; hoy, sobre el país de los persas, ¿y mañana?
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.
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