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La oposición en las democracias representativas


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A mediados de la década de los setenta del siglo pasado, un jurista y politólogo francés, Roger-Gérard Schwartzenberg, habló del dilema de la oposición en las democracias occidentales: o renuncia a singularizarse y se distingue poco de los partidos del Gobierno o, por el contrario, cultiva con intransigencia su particularismo y se despega de parte del cuerpo electoral (Sociologie politique. Élements de Science Politique, París, 1974, pág. 354). Poco antes, otro jurista y politólogo francés, Maurice Duverger, expuso la distinción entre la lucha política en el régimen y la lucha política sobre el régimen, siendo la primera propia de las democracias asentadas con consensos generales, en tanto que en la segunda (propia de países con partidos antisistema, fascistas y comunistas) hay partidos que niegan legitimidad y rompen el consenso (Sociología política, Barcelona, 1970, págs. 246-249).

Vienen a cuento estas reflexiones al ver la deriva del Partido Popular en España. Sin negar explícitamente la legitimidad del régimen democrático, cada vez se sitúa más al margen del mismo por su carrera desbocada contra el Gobierno al que ya niega toda legitimidad. Esa pendiente hacia la deslegitimación del sistema político (porque no lo domina) tiene consecuencias muy graves para el propio sistema democrático, porque empuja a una parte del electorado hacia la deslegitimación del sistema en su conjunto.

La democracia representativa se levanta sobre el dogma de la alternancia entre partidos, pero la idea de alternancia conlleva una idea medular que es la legitimidad de los gobernantes adversarios. Si se niega esa legitimidad se acepta también otra idea subyacente: que para derribar al Gobierno valen todos los medios, acordes o no acordes con el ordenamiento constitucional. En esa clave de confrontación, el adversario (el Gobierno) es el enemigo a derribar por cualquier medio, pues carece de toda legitimidad.

En ese punto está ahora el Partido Popular de Núñez Feijóo y de Díaz Ayuso. En la concentración del domingo 30 de noviembre ambos personajes hablaron ya de la cárcel para el Presidente Sánchez. Por un lado, sorprende la banalización de cuestiones muy graves, aunque no debe extrañar porque Núñez Feijóo y Díaz Ayuso son dos políticos frívolos e inconsistentes que no miden el significado de sus mensajes. Pero, por otro lado, llama la atención el odio que revela esa petición de cárcel. La cárcel (cuando no algo peor), es la constante de la derecha española contra sus enemigos desde el absolutismo de Fernando VII, la primera Guerra Carlista y la Década Moderada hasta Franco, con hitos relevantes en el siglo XX como las instrucciones de Mola y la represión iniciada el 18 de julio de 1936 y acabada el 27 de septiembre de 1975. La derecha española sólo entiende el Gobierno con represión y no hace falta recordar, como vimos hace una semana, la participación de Miguel Ángel Rodríguez en la denuncia contra Polanco por los decodificadores de Canal Plus, que esperaban culminar con el empresario encarcelado. Por eso, Núñez Feijóo y Díaz Ayuso traspasaron, una vez más, las líneas rojas. Destilan odio y rabia y ni una cosa ni la otra van a desaparecer a lo largo de la legislatura.

Otra cosa es la eficacia de ese modo de hacer oposición. El episodio de la semana pasada en el que Núñez Feijóo pidió a la patronal catalana ayuda ante Junts es un caso notable que recuerda mucho los movimientos sin rumbo del gallo descabezado antes de derrumbarse. ¿Se da cuenta Núñez Feijóo del mensaje que está lanzando a los que le apoyaron en su combate contra la Ley de Amnistía? ¿Cómo se lo explica a los finos juristas que (cipayos unos, tránsfugas otros) se prestaron a darle argumentos falaces contra la Ley que, implícitamente, ahora dé por buena al pedir ayuda a Junts que representa a los amnistiados? Y para rematar el ridículo, Núñez Feijóo se desdijo al día siguiente declarando que quiere gobernar mediante elecciones y no con una moción de censura. ¿En qué quedamos?

Pero si lo de Barcelona es sólo un ejemplo del ridículo en que cae Núñez Feijóo, más grave es la concentración en Madrid para pedir, otra vez, la convocatoria de elecciones. Lo vio bien El País en su editorial del 2 de diciembre (“Censura sin moción”): el dirigente conservador lleva siete manifestaciones contra el Gobierno, sin que ninguna de la siete haya hecho tambalear al Gobierno, al que ayuda porque contribuye a entender quién es Núñez Feijóo, un vendedor de mercancías falsas que va fracasando una tras otra vez. Además, ese tono guerracivilista, zafio y duro legitima el lenguaje de la extrema derecha y cada discurso del Presidente del Partido Popular desplaza votos populares hacia Vox. Es verdad que no es una cuestión exclusivamente española, pues en media Europa los partidos conservadores, rompiendo con el pacto del Estado del Bienestar, están aproximándose a grupos fascistas y demás partidos de extrema derecha.

Igualmente grave ha sido la investidura de Pérez Llorca en Valencia. Con ese acto el Partido Popular ha ganado por corto tiempo el Gobierno, pero ha perdido las próximas elecciones que ganarán el PSOE o Vox, pero nunca el partido de Núñez Feijóo, cuyo servilismo hacia Vox ha sido comprendido por todo el mundo. Las grandes lecciones de estrategia de Núñez Feijóo.

En la política el control de las emociones y el control del tempo son los instrumentos más necesarios para triunfar. El Presidente del Partido Popular no controla su frustración y su rabia, y se le nota a distancia. Tampoco controla el tiempo y no sabe que ahora toca explicar a los españoles su programa. Núñez Feijóo no aguanta más, vive frustrado y rabioso y así no se hace política ni se ganan elecciones.

Es con todo positivo conocer el grado de rabia y de odio que mueve al Partido Popular y el poco aprecio que tiene por la democracia. Es bueno saber lo que quieren hacer con los actuales gobernantes (como Trump) y cómo quieren marginar a media España. Por eso, no se entienden algunos análisis fundados en la equidistancia, como si fueran iguales los agresores y los agredidos, como si fueran iguales rusos y ucranianos. En España hay un Gobierno legítimo que ha sido combatido, agredido y desestabilizado por la derecha, por lo que no cabe el discurso que proclama de que somos todos culpables. De la misma manera, no hay un conflicto entre el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial: hay maniobras de desestabilización y de derribo contra el Gobierno que ha movido la derecha judicial conforme a las instrucciones de algunas personas, que es muy distinto.

Subsecretario de Cultura y Deporte, Director general de Reclutamiento y Enseñanza Militar en el Ministerio de Defensa, Subdelegado del Gobierno en la Comunidad de Madrid, Secretario General Técnico de los Ministerios de Vivienda, Presidencia y Relaciones con las Cortes, Delegado de España en la primera reunión Intergubernamental de expertos sobre el anteproyecto de convención para la salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial, organizada por la UNESCO, en los años 2002 y 2003.

Fue fundador y director del anuario Patrimonio Cultural y Derecho desde 1997. Hasta la fecha ha sido también vicepresidente de Hispania Nostra, Asociación para la defensa y promoción del Patrimonio Histórico.


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